Columna CIENCIA
Por: Raymundo Sánchez Orozco*
Cada vez que nos duchamos, lavamos la ropa o utilizamos el agua en una industria, generamos un recurso que suele desaparecer por las tuberías: el agua residual. Durante mucho tiempo, la solución ha consistido en conducirla y descargarla después de algún tratamiento. Sin embargo, ante la presión creciente sobre ríos, lagos y acuíferos, surge una pregunta importante: ¿y si el agua que desechamos pudiera utilizarse nuevamente? La respuesta es sí. El agua residual puede tratarse para recuperar parte de su calidad y aprovecharse en actividades agrícolas, industriales, urbanas e incluso, bajo condiciones rigurosas, como fuente de agua potable. Pero existe una condición fundamental: no toda el agua tratada tiene la misma calidad ni puede utilizarse para cualquier propósito.
Del drenaje a un nuevo recurso

El agua residual contiene una mezcla de sustancias cuya composición depende de su origen. Las descargas domésticas pueden contener restos de alimentos, detergentes, materia orgánica y microorganismos. Las industriales, por su parte, pueden incorporar metales, disolventes y otros compuestos que requieren tratamientos específicos. Cuando estos contaminantes llegan sin un control adecuado a los cuerpos de agua, pueden deteriorar los ecosistemas y afectar la salud humana. Por ejemplo, el exceso de nutrientes favorece el crecimiento desmedido de algas, mientras que determinados microorganismos pueden transmitir enfermedades. El tratamiento permite reducir estos riesgos y recuperar agua para nuevos usos. Además, puede disminuir la presión sobre las fuentes naturales, especialmente cuando el agua recuperada sustituye agua de mejor calidad en actividades que no necesitan condiciones de potabilidad.
¿Cómo se limpia el agua residual?
El tratamiento no consiste en aplicar una sola técnica, sino en combinar procesos que eliminan diferentes tipos de contaminantes. La selección depende de la composición del agua y del uso que se le quiera dar. En una primera etapa, el tratamiento preliminar retira residuos grandes, arenas y otros materiales que podrían dañar los equipos. Después, la sedimentación permite separar parte de los sólidos suspendidos.

En el tratamiento biológico intervienen microorganismos capaces de degradar la materia orgánica. En muchas plantas, estos organismos se mantienen en tanques con aireación, donde transforman los compuestos presentes en el agua. Otros procesos pueden ayudar a retirar nutrientes como el nitrógeno y el fósforo. Cuando se necesita una calidad superior, es posible incorporar filtración avanzada, membranas, carbón activado, oxidación y desinfección. Algunas tecnologías eliminan partículas muy pequeñas; otras reducen determinados compuestos químicos o inactivan bacterias, virus y otros agentes infecciosos.
No obstante, ninguna tecnología elimina automáticamente todos los contaminantes. Los medicamentos, los productos de cuidado personal y ciertos compuestos industriales pueden requerir procesos adicionales. Por eso, el tratamiento debe diseñarse a partir de los contaminantes que se pretende controlar y de los riesgos asociados al uso final.
¿En qué podemos utilizar el agua tratada?
Una de las aplicaciones más extendidas es el riego de áreas verdes, el lavado de calles y determinados usos industriales. También puede emplearse en procesos productivos, siempre que cumpla con los requisitos de calidad correspondientes.

En agricultura, por ejemplo, el agua recuperada puede contribuir al suministro para riego. Sin embargo, es necesario considerar la presencia de microorganismos, sales y sustancias potencialmente tóxicas, así como el tipo de cultivo y la forma en que se aplica el agua. En la industria, el reúso puede reducir la demanda de agua de primer uso en actividades como el enfriamiento de equipos o ciertos procesos de fabricación. En las ciudades, algunos edificios pueden aprovechar agua tratada para descargar sanitarios o realizar tareas de limpieza, mediante sistemas diseñados para evitar conexiones con la red de agua potable.
También es posible producir agua potable a partir de aguas residuales, pero requiere un nivel de control mucho más exigente. La Organización Mundial de la Salud (OMS), establece que estos sistemas deben incorporar una gestión rigurosa de los riesgos, medidas de control y vigilancia de la calidad.
El desafío invisible: los contaminantes que permanecen
Que el agua parezca transparente y no tenga un olor desagradable no demuestra que sea segura. Algunos contaminantes no pueden identificarse a simple vista y requieren análisis especializados. Por eso, los programas de reúso deben evaluar tanto los riesgos microbiológicos como los químicos. También necesitan verificar el funcionamiento de los equipos, vigilar la calidad del agua y establecer procedimientos de respuesta ante fallas.
En México, el tratamiento y el reúso deben ajustarse a las disposiciones y normas aplicables según el tipo de descarga y el destino del agua. La calidad necesaria para regar un área verde no es necesariamente la misma que se requiere para un proceso industrial o para producir agua destinada al consumo humano.
¿Es una solución para la escasez de agua?
El reúso puede ayudar a reducir la demanda de agua dulce y aprovechar un recurso que, de otro modo, podría perderse como fuente útil. Sin embargo, también implica costos de infraestructura, energía, mantenimiento y monitoreo. Por ello, cada proyecto debe valorar sus beneficios ambientales, sus costos y los riesgos que necesita controlar.
Quizá la transformación más importante sea cambiar nuestra manera de entender el agua residual. No tiene que ser necesariamente el final de su recorrido: puede convertirse en el inicio de un nuevo ciclo de aprovechamiento. La pregunta, entonces, no es únicamente si podemos limpiar el agua que desechamos, sino cómo hacerlo de manera segura, eficiente y sostenible. Porque, en un mundo donde el agua dulce es indispensable y limitada, aprender a recuperarla puede ser tan importante como evitar desperdiciarla.

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