Columna OPINIÓN
Por Manuel Nájera*
Lo cierto es que muchos electores jóvenes quizá no alcanzan a dimensionar lo que significó que el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas, pudiendo haber vivido sin sobresaltos por ser hijo de un expresidente, decidiera convertirse en opositor entre 1986 y 1988.
En aquel México, enfrentarse al régimen no era un gesto simbólico ni una simple diferencia política. Era desafiar a un sistema autoritario, férreo, en el que todo el aparato del poder podía volcarse en tu contra.
Sin endiosar al ingeniero, considero invaluable su participación en la transformación de la vida política del país: contribuyó decisivamente al debilitamiento del viejo régimen priista y a un proceso histórico que terminaría convirtiendo al PRI en lo que hoy es: un partido testimonial.
Su lucha también abrió el camino para la transición democrática que, años después, capitalizaría Vicente Fox con la alternancia del año 2000.
Pero la historia no terminó ahí. Décadas después, MORENA logró colocar en el centro del debate público una aspiración que encontró eco en millones de mexicanos: la de un gobierno que anteponga el bienestar de la gente a los intereses del capital y de los grupos de poder que lo representan.
Que ese proyecto sea o no auténticamente de izquierda es otro debate.
Lo que no deberíamos perder de vista es que la democracia mexicana también se construyó con el valor de quienes, pudiendo estar cómodamente del lado del poder, decidieron enfrentarlo.

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