Creo firmemente que, cuando uno quiere a alguien de verdad, espera algo muy simple a cambio: que lo quieran igual, que ese querer sea recíproco, que si uno fue bueno, le toque algo bueno. Casi todos lo creemos, aunque no lo digamos, y por eso nos lo tomamos tan a pecho cuando no sucede.
Hay gente que da todo y recibe poco, ya sean otros o nosotros. A Selena Quintanilla, por ejemplo, y como lo sabe toda la comunidad hispana, le mataron a los veintitrés. Le había dado a mucha gente una voz con la cual sentirse acompañada, y la mató alguien que trabajaba para ella y en quien ella confiaba. Mucha gente lloró como si la conociera porque, a fin de cuentas, era imposible aceptar que el golpe había venido de la persona a la que se le había abierto la puerta.
Algo parecido, a otra escala y sin periódicos o fanfarria, le pasa a la protagonista de nuestro cortometraje, quien descubre que su cariño sirvió para dañarlo. De eso trata Marga en el DF, y de lo que viene después: qué hacemos cuando todo ya pasó.
Marga en el DF empieza con unas manos. Al bajar de un avión que aterriza en la capital mexicana, un grupo de monjas le toca la panza a una desconocida embarazada y la interroga como quien revisa un equipaje: cuántas semanas, a qué viene, quién la espera. Es el último momento en que Marga Salinas será, para los demás, solamente una promesa de maternidad. Antes de que termine el día habrá cambiado su mundo por completo: habrá oído en la radio de un taxi que mataron a Selena Quintanilla justo ese día, habrá encontrado dos cepillos de dientes donde debía haber uno, y habrá dicho, frente a su marido y a la mujer que lo besa, una frase de cuatro palabras que contiene su corazón entero hecho pedazos: “Tú odias la playa”.
Escribo sobre este cortometraje porque me conmovió de una forma ejemplar, porque no se conforma con una idea bien ejecutada: deja la sensación de que transcurrió un fin de semana completo, con su sueño, su comida picante, su rabia y su café de la mañana. Y porque, mientras lo veía, me di cuenta de que lo más interesante no está en la revelación inicial: lo que importa es lo que Marga hace con las horas que vienen después.
Quiero seguir ese tiempo. Voy a recorrer el cortometraje casi en el orden en que ocurre, porque su forma es la de un trayecto y porque sus mejores decisiones están en las transiciones: de la radio al departamento, del silencio de la noche a la ciudad de la mañana, de una mesa llena a una mesa vacía.
A donde sea que vaya, Marga responde con una docilidad cortés. Marga es una buena persona. Veintidós semanas, dice, viene a ver a su pareja, él es colombiano y ella dominicana, él hace una especialidad en la UNAM, y ella llega de sorpresa. Fíjense en cómo se organiza la respuesta: lo primero que ofrece de sí misma es el estado de su cuerpo, y lo segundo, la carrera de otro. Para explicar su presencia en una ciudad ajena primero pone al otro, primero ensalza al otro, primero se enorgullece de los logros de quien ama.
La monja cierra la escena con una medalla de la Virgen. Es un gesto de bendición y también, sin que nadie lo diga, de vigilancia: la imagen de la madre dulce, paciente, sufrida, queda colgada sobre el cuerpo de Marga como una instrucción de uso. Hay además un detalle que me parece más hondo de lo que aparenta. Marga es dominicana, Rodrigo es colombiano, y la ciudad donde ocurre todo no es de ninguno de los dos. Es el DF (actualmente la CDMX). No hay familia, no hay vecinos que conozcan a la pareja desde antes y no hay una madre que les llame por teléfono. La Ciudad de México funciona como un territorio sin testigos, y esa ausencia hace posible la historia: una mujer puede venirse abajo, o reconstruirse, o ambas cosas, sin que nadie la mire o repare en su existencia. Gabriela Ortega, la mente maestra detrás de este cortometraje, ha dicho que su punto de partida fue preguntarse qué significa derrumbarse sin público, en una época anterior a que el duelo se narrara en redes como ya tenemos bien acostumbrado. El corto toma esa pregunta en serio desde la primera escena, porque la persigue en forma de espacio: el departamento es un lugar al que Marga entra sola y del que, de cierta forma, sale sola.
Marga escucha la noticia del asesinato de Selena y se le humedecen los ojos. El taxista le pregunta si está bien, y ella, que va hacia una dirección de Taxqueña, sostiene el llanto con una compostura que ya es un carácter. El cortometraje le regala a Marga una razón pública para llorar, un duelo colectivo, aceptable, compartido con el conductor y con la radio, justo antes de que tenga una razón privada, pero ella parece resistir, ser fuerte. El dolor ajeno funciona como coartada del propio. Cuando suenan las notas de “Dreaming of You”, el duelo por Selena se vuelve una especie de ensayo general: Marga aprende a llorar por una mujer asesinada antes de aprender a llorar por sí misma. (Una nota de crítico quisquilloso: si la memoria no me falla, esa canción habría tardado unos meses en salir al mundo tal como la oímos en el cortometraje, así que éste la adelanta. No me molesta en absoluto. El cine puede permitirse ese anacronismo cuando lo que necesita es la música exacta del luto. Recordar. Honrar la memoria.)
Marga llega al departamento donde vive Rodrigo, se arregla, hace del baño, se lava las manos. Me gusta que el corto empiece por el cuerpo embarazado en su rutina más ordinaria. Después las pistas se acumulan: Rodrigo no está, hay dos cepillos de dientes, uno rosa y uno azul, y la prenda en la cama no huele a él. Tiene calor, se quita la ropa. La televisión repite la noticia del asesinato y ella la apaga. Quiere hacer sola su propia averiguación, sin el coro de la historia colectiva.
Y entonces, dentro de un cajón, aparece el portarretratos con el ultrasonido de su bebé, enterrado al fondo, donde nadie lo vea. La prueba del engaño no es la otra mujer, que todavía es una conjetura; es el escondite. Rodrigo guardó la imagen de su propia hija como se guarda un secreto, como se guarda algo que apena a la vista pública. Lo que Marga encuentra no es un amante sino un borrón: el embarazo, ese hecho enorme que la define ante las monjas y ante el mundo, ha sido ocultado por el hombre que lo causó, el hombre que será padre. Ahí la película desplaza el centro de la traición. Es menos una historia de infidelidad que una historia de ausencia.
La espera es una pequeña obra maestra de economía. Marga se queda dormida en el sofá, con los pantalones desabrochados por la comodidad que exige el cuerpo, con un regalo envuelto al lado. Es la imagen perfecta de una sorpresa que ya fracasó antes de producirse. Y cuando por fin llega Rodrigo, besándose apasionadamente con otra mujer, con arena todavía en el cuerpo, lo que hay entre ellos y ella es un pasillo. Unos simples pasos de distancia. Marga los mira desde ahí, y dice su frase. Lo que me conmueve (y me da rabia, honestamente) es que no insulta ni grita. Demuestra que lo conoce. “Tú odias la playa” es un reproche, pero sobre todo una declaración de conocimiento íntimo: yo sé quién eres, y por eso sé que mientes.
Lo siguiente es todavía mejor: Se presenta con el apellido del hombre y con la cortesía de una invitada. La etiqueta es su arma. El título aparece después de esto, como si la película hubiera tenido que esperar a que ocurriera lo irreparable para empezar. Es una decisión audaz y elegante: todo lo anterior es un prólogo y Marga en el DF propiamente dicha comienza cuando la herida ya está abierta.
La conversación de esa noche la vemos sin oírla. Sabemos, por los gestos de Rodrigo, que le pide perdón, que ruega, que se explica… o intenta hacerlo. Marga escucha o no escucha. Prescindir del sonido es una forma de ética: Ortega no nos da las razones de Rodrigo, ni sus justificaciones ni sus clichés de arrepentimiento, y al negárnoslos nos obliga a mirar con los ojos de Marga, para quien esas palabras ya son ruido de fondo, ruido sin chiste. El discurso del que traiciona suele ser un género en sí mismo, previsible y repetitivo, y darle voz es darle un poder que no merece.
A la mañana siguiente Rodrigo ya está vestido y le informa que cambió las sábanas, por si ella quiere descansar. Es una frase casi cómica: él intenta expiar con una lavandería. “Margarita, por favor”, le dice, usando su nombre completo, el nombre de la intimidad. Marga responde que está bien durmiendo en el sofá y que va a salir. Él pregunta adónde. Ella dice: “por ahí”. Una mujer que no tiene destino y que lo declara como si fuera un derecho.
Marga entra a un mercado de artículos tradicionales, habla con una niña con una ternura sin condescendencia, “con transparencia hacia su inocencia”, como la describiría yo: sin pedagogía ni sentimentalismo, con la transparencia de una madre, vamos. En el parque, un organillero toca y a su lado un joven artista de pelo esponjado y largo, muy guapo, la observa con interés. Marga tiene las cosas en el regazo y no se nota mucho el embarazo. Él se sienta, fuma, le ofrece un cigarrillo. Ella dice que no puede. Él responde que es una forma curiosa de decir que no, y ella confiesa lo que oculta la ropa. Él apaga el cigarrillo al instante y aclara que no le miraba la panza sino la cara. Que tiene linda cara.
Esta frase contesta a la primera escena. Las monjas miraban el vientre; este desconocido mira el rostro. En veinte minutos, el corto ha dibujado dos modos de atención: el que ve a la mujer como madre y el que ve a la persona que, aunque madre, no deja de ser mujer. Vaya enredo de palabras que elegí escribir…
La comida que comparten es una pequeña antología de preguntas que se hacen quienes no van a volver a verse. Colores favoritos. Qué tomarían si ella no estuviera embarazada. Cómo se llamará el bebé: ella sabe, pero no se lo dice, y me encanta esa reserva, ese secreto que protege como un territorio propio. Cuál es el peor consejo que les han dado: él responde “Sé tú mismo”, y es una ironía deliciosa en una película que trata exactamente de cómo ser uno mismo cuando no se sabe qué hacer. Cuántas veces se han enamorado: él, tres; ella, una sola. Y el último pedido, que le cuente algo que no le haya dicho a nadie.
La respuesta de Marga es reveladora. Su mejor recuerdo y el peor de su madre son el mismo: un museo de arte contemporáneo donde se perdió durante cinco horas. La madre quería matarla, y ella era feliz. Perderse es, entonces, la experiencia ambigua que organiza la vida de Marga: lo que aterra a quien la cuida es lo que la hace sentir libre. El joven contesta que la capital es un buen lugar para perderse. En la entrevista, la directora lo planteó como una destreza que el celular ha ido borrando, la de perderse en una ciudad casi para encontrarse.
En este momento, Marga está y no está: su cuerpo responde, pero ella parece estar en otra parte, y le dice a su compañero una indicación que, más que un deseo compartido, suena a un impulso lanzado hacia algún lugar interior. ¿Es un deseo, una venganza imaginada, la comprobación de lo que su cuerpo puede hacer cuando nadie lo registra? Las decisiones más honestas de una persona herida nunca tienen una explicación limpia.
Cuando cae la noche, Rodrigo está en la sala, preocupado, o tal vez, arrepentido. Se levanta con un ramo de flores. Marga no dice nada. ¿Por qué diría algo? Él pregunta por su día y ella no contesta; empieza una frase, “Margarita, yo...”, y ella se acerca, con rabia, con ganas de llorar, y lo besa mientras le golpea el pecho una y otra vez.
Marga no perdona, pero tampoco rechaza: el beso, el golpe y el abrazo son una misma acción. Se desvisten con violencia, como si ella lo odiara y le recriminara con la piel, y tienen sexo. Lo importante es que el corto se niega a convertir a Marga en una víctima. Tiene deseo, rabia, voluntad, y los ejerce en direcciones contradictorias: se besó con un desconocido por la tarde, se acuesta con el marido por la noche. La película la deja ser una persona, con todas sus dimensiones.
Después, recostados en el sofá, Rodrigo dice que nadie es como ella. Marga responde: “Yo sé”. Es una frase deslumbrante. La amé. Rodrigo la ofrece como halago-disculpa, un intento de comprar el perdón con elogios, y ella la recibe como un hecho, sin gratitud ni coquetería. Sabe lo que vale y sabe quién es ella. Es cierto, y no le sirve a él de nada. “Yo sé” cierra la puerta que la frase de él quería abrir.
Quiero detenerme en cómo está filmado todo esto, porque la fotografía de María Secco, en 16 mm es una postura. Todas las escenas están compuestas con una elegancia que exalta la belleza de la intimidad sin miedo a mostrarla en la luminosidad del día ni en la penumbra de la noche. Esa luz generosa le da dignidad a un cuerpo que, en la primera escena, era tratado como propiedad pública. Los planos detalle de rostros, manos y gestos hacen del cuerpo de Marga un territorio narrativo, y en lugar de pelearse con el pudor, lo ennoblecen. Es un cortometraje delicioso de ver, si es que se me permite esa elección de palabras.
Al día siguiente Marga va al salón de belleza y dice que tiene cita con Julia. Se presenta como Selena. Primero hay que reconocer la audacia de ese nombre falso. Marga le pone a su encuentro con la otra mujer la identidad de la cantante asesinada, la reina del tex-mex, a cuyo dolor colectivo estaba pegada la historia. El duelo por la cantante es, entre otras cosas, el duelo por una traición cometida desde la cercanía. Que Marga use ese nombre para sentarse frente a la amante de su pareja la convierte, por un instante, en la sobreviviente simbólica de una violencia íntima, aunque la suya sea de otra escala.
Julia la reconoce al instante y se congela. Marga, tranquila, pide un cambio de esmalte y se somete al procedimiento, es decir, deja que la rival le tome las manos durante todo el tiempo que dure. Esas manos que la tocan son, por inversión, las de las monjas del avión: otra vez alguien sujetando su cuerpo con una función ritual, pero ahora es ella quien conduce la situación. Julia llora a medias. Marga no le quita la mirada de encima.
Screenshot
“¿Tú sabías?”, pregunta. “No”, responde Julia. “Mírame a los ojos.” Julia la mira, arrepentida: “Lo juro, lo juro”. La película no nos dice si miente, y no es necesario. Lo que cuenta es la pregunta que viene a continuación: si él le dice “corazón”. Con ese vocablo la rivalidad se disuelve en reconocimiento. No importa si Julia sabía o no. Importa que ambas han sido llamadas con la misma palabra, que la ternura de Rodrigo es un repertorio reutilizable, un guion que sirve para dos mujeres distintas. La crueldad de la ternura es su intercambiabilidad.
También me importa lo que la escena no hace: no hay pelea de mujeres, ni humillación, ni gritos. Con un esmalte nuevo, Marga ha demostrado que una mujer puede enfrentar a la otra sin destruirla y sin dejar que la destruya. Es una forma de solidaridad extraña, hecha de dureza, que al corto le cuesta sólo un par de minutos y que enriquece todo lo que hay a su alrededor.
La siguiente escena nos lleva al Museo de Antropología e Historia. Marga está frente a la Coatlicue, la de la falda de serpientes, con su collar de manos y corazones, que el imaginario mexica cargó de dualidad: diosa de la fertilidad y de lo temible. Escucha una audioguía que explica que lo sagrado y lo temido conviven, que todo nace del vientre de la tierra y todo regresa a él. Marga se conmueve. El público nos conmovemos.
Marga en el DFpone en boca de una voz didáctica lo que ya había sugerido con imágenes, pero la escena se sostiene por el rostro de quien la recibe, y sobre todo por cómo dialoga con el concepto de ser mujer y madre. En el avión, una Virgen: la madre amable y abnegada. En el museo, una madre de piedra, monstruosa y sagrada a la vez, a la que se le permite dar vida y causar espanto. Marga está entre las dos. La gran liberación de la película es descubrir que no tiene que elegir la dulzura; que la maternidad puede contener la rabia del beso que golpea, que también es una forma de amor y de duelo.
Ortega ha explicado que ese vínculo no es casual: la Coatlicue le sirve para pensar un lazo con la divinidad femenina taína, con Atabey, de su propia isla. Una mujer dominicana, embarazada, en un museo mexicano, reconoce en una diosa ajena algo propio. La ciudad prestada se vuelve un espejo.
La penúltima secuencia es un restaurante. Marga y Rodrigo comen algo picantísimo para ver quién aguanta más, se ríen de que no resisten, aunque ella, en realidad, resiste más. El calor, que ha sido un motivo discreto del corto, la ropa que se quita, el ventilador, la ola de calor que anuncia la radio al final, aparece aquí como juego. Ella saca el regalo que había traído y le pide que lo abra: un estetoscopio. Llegan unos cantantes, entonan Las Mañanitas, y Marga se une al coro para felicitar a “Rodri”. Le traen un pastel. Toda la gente aplaude.
La escena se vuelve etérea, distinta, como si todo fuera una ensoñación de Marga. Es la luz o es el aire, o algo imposible de nombrar, pero el espectador siente el cambio de régimen. Es decir, yo sentí el cambio de régimen. Y la siguiente, en la cama, lo confirma: ambos en ropa interior, él ausculta el vientre con el estetoscopio y se asombran de que la bebé patee. Él dice que seguro será futbolista. Ella quiere que se llame Catalina, como una reina, y me gusta pensar que esa reina tiene algo que ver con la otra, la del tex-mex. Catalina Salinas, repite él. Le encanta. La acaricia, le da las gracias.
Marga no responde al agradecimiento. Dice, en cambio: “Tú vas a ser un excelente padre... pero yo no creo que tú puedas ser mi esposo”. Y la película hace algo que admiro: separa dos cosas que la cultura mantiene unidas. Rodrigo no es un monstruo; es un hombre capaz de ser un buen padre y de ser un mal marido, y Marga puede decir las dos verdades en una sola frase, sin revancha. Él mira al techo. Entiende.
Pero el corto no termina ahí. Volvemos al mismo restaurante y está vacío. Un trío le canta La Llorona. Sobre la mesa está el estetoscopio, y la envoltura tirada en la silla de al lado. Los músicos se van uno por uno, el primero, el segundo, el último, hasta que Marga queda sola con la comida servida y sin Rodrigo. Se apagan las luces, como si fueran a cerrar el local, y ella llora más, mucho más, pero en silencio.
No sé con certeza qué es el primer restaurante, pero todo el concepto me fascina. Puede ser una ensoñación, el ensayo de la vida que ella habría querido; puede ser una despedida real que el recuerdo ha dorado; puede ser ambas cosas. Lo que sé es que la repetición del lugar es lo más cruel y lo más hermoso: la misma mesa llena de aplausos y luego la misma mesa sin nadie. Los músicos que se van son, a su manera, los testigos que abandonan la escena. La película que empezó preguntándose qué es derrumbarse sin público se detiene a mirar cómo el público se retira, y cómo, aún entonces, el llanto continúa. Llorar sin sonido, sin espectadores, sin canción: eso es lo que la película quiere que presenciemos, y es lo más cerca de un acto de fe que el corto permite.
La pantalla se va a negro. Una voz informa de una ola de calor en el gran Santo Domingo. Esa frase sola nos cambia de país. Ya no estamos en México, nostálgicos y heridos. Y durante los créditos vemos a Marga bailando, feliz, “Como la Flor”, descalza, en ropa interior, con un ventilador, con una taza de café, con el ultrasonido enmarcado. Rodrigo no está. Se sienta junto a la ventana y toma su café con tranquilidad.
Puede parecer un final feliz agregado a la fuerza, pero no lo siento así. Es la otra mitad natural del llanto. La soledad que llora en el restaurante y la soledad que baila en su casa son la misma soledad, vista antes y después de que la asumamos. Hay una diferencia entre estar abandonada y estar sola, y el corto necesita sus créditos para trazarla. La ola de calor que ahoga a la isla es, para Marga, el calor de su casa.
Marga en el DF es de esos cortometrajes que uno no ve tan seguido. Dura poco más de veinte minutos y se siente como un fin de semana entero. Tiene humor, rabia, luto y hasta baile, y ninguna de esas cosas le estorba a las demás; cada escena tiene algo propio que uno recuerda después. Es difícil encontrar una película, corta o larga, que se atreva a ser tan bella y tan honesta, sin pedir perdón por ninguna de las dos cosas.
Gabriela Ortega merece todo el reconocimiento. Escribió y dirigió una historia que conoce desde adentro, y que ella misma ha dicho que es una carta de amor a su madre, a sus abuelas y a las mujeres que aprendieron a reinventarse mucho antes de que existiera la palabra “contenido”. Se nota. Nada en el cortometraje es formulario. También es un cortometraje con identidad propia: una cineasta dominicana mira la Ciudad de México de 1995 y mezcla en una sola historia a Selena, la Coatlicue, la Virgen, Atabey, acentos del Caribe y canciones de tríos. Podría haber sido un collage y es una película hecha y derecha. No se parece a ninguna otra. Me fascina.
Y la historia de Marga, que empezó con una traición, termina con una mujer descalza y orgullosa, con su café, su música y el ultrasonido, su Catalina, enmarcada. Me conmovió. No sé qué más pueda decir. Que viva la resiliencia humana, y de las madres, que quién sabe de dónde sacan tanta fuerza para seguir adelante por sí solas.