Columna CANDELABRUM
Por: Ximena Monroy

“Cuando la muerte se precipita sobre el hombre,

la parte mortal se extingue;

pero el principio inmortal se retira y se aleja sano y salvo.”

Platón

Uno llega sin demasiada dificultad a la conclusión de que la muerte es el enigma de los enigmas.

Hojeando ciertos libros que había tenido la fortuna de leer tiempo atrás, me topé con la insólita introducción de “Ladrona de libros”, de Markus Zusak, cuyos padres vivieron aterradoras experiencias en Alemania y Austria durante la Segunda Guerra Mundial. Su libro, un cuidadoso homenaje a ellos.

Inicia colocando al lector de cara a la muerte con un título apabullante: La muerte y tú.

Primero los colores.
Luego los humanos.
Así es como acostumbro a ver las cosas.
O, al menos, así intento verlas.
UN PEQUEÑO DETALLE: Morirás.

Nos dice la muerte que a todo el mundo le cuesta creer esta verdad, por mucho que se esfuerce en insistir, que puede tener muchas virtudes pero nunca la de la simpatía. Nos recomienda calma ante todo porque tarde o temprano se presentará ante nosotros con la mayor cordialidad; seguramente nos encontrará tumbados, pues rara vez encuentra a la gente de pie.

Corazones fatigados, pulmones heridos.

No es presuntuosa ni violenta ni perversa: simplemente es lo que tiene que ser.
Poco a poco desgrana su experiencia, una que rara vez tenemos deseos de leer. Indica que a veces llega demasiado pronto y que hay gente que se aferra a la vida más de lo esperado.

La parte más bella de su trabajo es cuando –a pesar de todos los colores que se entremezclan –suele atisbar un eclipse cuando muere un ser humano, y ha visto millones de ellos, más de los que le gustaría recordar.

Informa de sus múltiples bolsillos, en los cuales conserva una pequeña legión de historias, cada una de ellas extraordinarias a su modo; historias que cuenta una y otra vez, pues son un intento, un extraordinario intento de demostrarle que nosotros –y la existencia humana –valemos la pena.

Después cuenta la dolorosa historia de una chica menuda que robaba libros y que conocía muy bien el abandono.

La muerte se encuentra hundida en el profundo lago del desconocimiento y de la incertidumbre. Las vivencias que se tienen al sumergirse en ese lago, no pueden ser relatadas, por ende, a lo largo de la historia, las distintas civilizaciones han urdido complejas tramas para aliviar la falta de explicaciones.
Resulta fascinante que los ríos helados, siniestros y cubiertos de bruma comparten protagonismo con los –asimismo siniestros –seres que auxilian a las almas en su particular viaje acuático al mundo siguiente.

Ya en la mitología griega, llama poderosamente la atención la fantasmal presencia de Caronte, o como solían llamarlo con cierto dejo de temor, el barquero.

Según las fuentes clásicas, es hijo de Érebo, la personificación de la oscuridad, y de Nix, representante de la noche. Ambos padres son deidades primordiales que estuvieron presentes en el nacimiento del Universo, inmutables desde los caprichosos tiempos del Caos Primordial. 

Los antiguos escritores mencionan que su aspecto es intimidante y descuidado, y que una desordenada pila de andrajos cubre su cuerpo. No obstante, posee una fuerza vigorosa que le permite manejar la pértiga sin dificultad.
Por supuesto que Caronte no hace favores. Al morir –como pensaban los antiguos griegos y posteriormente los romanos –uno despierta en una lúgubre playa, todavía sin saber muy bien qué ha pasado, y descubre que no es el único, hay una larga fila de almas que han llegado primero. A todas les llegará su turno de cruzar el río Aqueronte siempre y cuando estén dispuestas a pagar un óbolo, tan solo una moneda de plata de bajo valor.

La Ley del Óbolo es inviolable, de lo contrario cien largos años habrán de pasar para que el barquero, fastidiado de ver las mismas caras suplicantes durante tanto tiempo, acceda a llevarlos gratis.

Para que tuvieran forma de pagar el pasaje, se procuraba enterrar a los muertos con una moneda debajo de la lengua o sobre los ojos. 

Miles de kilómetros al occidente, miles de años después, los aztecas hablaban de un río caudaloso, ancho, turbio y de corrientes sumamente violentas llamado Chiconahuapan, que significa “río de las nueve corrientes”. Demasiado desafiante para que cualquier hombre o mujer pudiera cruzarlo por sí mismo, exigía cierto tipo de ayuda, una que evitara el fracaso de las almas en el primero de nueve niveles hacia el descanso eterno.

En esta ocasión no hay barcas sino un perro sin pelo al que los aztecas dieron el nombre de Xoloitzcuintle, animal sagrado y extensión del dios Xólotl.
Las almas, recién despiertas a su nueva realidad, aun tratando de acostumbrarse a la ligereza, se percatan de la presencia de una gran cantidad de perros tumbados en la ribera del río. Una visión tan sorprendente que uno seguramente sospecha que se trata del inicio de una aventura sin precedentes.

Cada perro reconoce entonces al alma que debe ayudar a cruzar, y es preciso aferrarse con fuerza a su cuello para que con la más absoluta serenidad sea depositado en la otra orilla.

Pero quien en vida ha maltratado a un perro, tiene razón en temer, pues se negarán a auxiliarlo y permanecerá varado ahí para siempre.

El primer juicio moral de un alma recién llegada se basa estrictamente en la forma en que trató a los animales en vida. La sabiduría ancestral es muy clara a este respecto: no hay mejor forma de medir la belleza interior.
Todas las tradiciones hablan de ríos de muerte y de historias fabulosas que ocurren sobre sus aguas. En estos ríos, la vegetación no posee su exuberancia habitual, por respeto a los dolientes –me atrevo a asegurar.

Lo cierto es que la muerte y el agua nos descolocan como nada más puede hacerlo. Nos dejan empapados y tambaleantes, resoplando, buscando la forma de mantenernos cálidos y de volver a sentirnos llenos, aunque sean torpes intentos.

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