Columna LA LIBRETA DE JACK
Por Jacobo Gregorio Ruiz Mondragón*
Era una mañana de noviembre, había una tenue neblina enredada entre las cruces del cementerio, y el viento, viejo pregonero de las despedidas, barría los senderos como quien intenta borrar las huellas de una historia mal contada.

En eso, la Catrina sentada sobre una lápida, contemplaba su guadaña. Durante siglos, aquella hoja de acero había sido la frontera entre el último latido y el primer silencio; cortaba por igual, la soberbia del rey que la humildad del pobre. Pero esa mañana, miraba su instrumento de trabajo, con el tedio de un reloj que ha contado demasiadas horas y ha olvidado para qué sirve el tiempo.

- ¡Renuncio!, anunció, arrojando su guadaña al suelo.

Un esqueleto de anteojos redondos, en funciones de secretario, preguntó: ¿Renuncia a su oficio?, y ella, dijo: Renuncio a la rutina, querido. La eternidad es muy larga para soportar demasiada tontería. Y tenía sus razones, había visto hombres sepultar su dignidad por un puñado de monedas; mujeres enterrar sus sueños bajo el peso de los días; pueblos enteros caminar sobre las cenizas de sus esperanzas, mientras los poderosos les vendían, envuelta en papel dorado, la misma miseria de siempre.

La <<Flaca>> conocía de cerca el silencio, comenzaba a sospechar que el ruido de los vivos era una forma más refinada de la sepultura. Decía: yo me llevo sus cuerpos, pero ellos se encargan de enterrar sus sueños, sus afectos y hasta su dignidad mucho antes de que yo aparezca. Hay quienes siembran rencores en jardines ajenos y luego se sorprenden al cosechar espinas en el suyo. Por eso, debo irme antes de que mi trabajo resulte innecesario.

Sin decir más, se quitó el uniforme, se puso un hermoso vestido de color café, tomó un sombrero y acomodó sobre él, una flor de cempasúchil y decidió salir a recorrer ese extraño mundo de los que respiran. Entró a una cantina. Ahí, el cantinero preguntó: ¿Qué le sirvo güerita?. Ella contestó: Algo que me devuelva la fe en la humanidad.

- Aquel hombre se rascó la cabeza y respondió: Eso no lo manejamos, pero tenemos tequila del bueno.
- Sírvelo doble. Quizá la esperanza se parezca al alcohol: primero calienta el corazón y con frecuencia nos obliga a decir la verdad.

Durante cinco días, la Catrina bailó, bebió y escuchó las confidencias de mujeres y hombres, que sólo se atreven a contarle a la noche, descubriendo que muchos corazones eran panteones sin cruces.

Al sexto, el mundo era un caos; una procesión de sombras que caminaban sin saber hacia dónde.

Al séptimo, Dios convocó a una reunión extraordinaria.

El Diablo pidió el uso de la palabra, solicitó una auditoría y propuso crear una comisión para investigar las causas de la catástrofe. Los ángeles redactaron un informe de cien páginas, perfectamente encuadernado, que por cierto nadie leyó. Y en un hecho sin precedentes, se pusieron de acuerdo para enviar una delegación a buscar a la «Flaca».

Finalmente, la encontraron cerca del quiosco, sentada en una jardinera, bajo la sombra de un árbol, contemplando el vaivén de la humanidad. ¡Debes regresar! -le dijeron-. Sin ti, el orden se desmorona.

La Catrina sonrió y cuestionó: ¿Orden? ¿Llaman orden a este carnaval donde cada quien se disfraza de alguien que no es? ¡Vamos, señores!, no me hagan reír, que se me desencajan las mandíbulas.

- Regresaré, pero con una condición.
- ¿Qué necesitas?, preguntó uno de los ángeles.
- Un descanso digno, y que el Diablo me explique por qué los humanos temen morir y viven tan poco (Pero, ni siquiera él, que acostumbraba tener una opinión para cada desgracia, encontró palabras para responder esa pregunta).

La «Flaca» regresó al panteón el lunes por la mañana. Colgó su vestido, se puso el uniforme, tomó la guadaña, y de nuevo, estaba dispuesta a recorrer los caminos de su mundo.

Su secretario se alegró de verla, le dio la bienvenida e inmediatamente preguntó:

- ¿Ya terminó sus vacaciones filosóficas?
- Ella contestó: Sí.
- ¿Y qué aprendió de los vivos?
- Que son criaturas extraordinarias para complicarse la existencia. Inventan fronteras para separarse, monedas para medirse, títulos para distinguirse y excusas para no pedirse perdón. Se pasan la vida buscando la felicidad como quien busca las llaves de una casa, sin advertir que las llevan en el bolsillo.
- Entonces, mi Señora: ¿va a renunciar?
- No. Alguien tiene que recordarles que todo termina.
- ¿Y cómo piensa hacerlo?
- Trabajando, como siempre, pero además haré preguntas.
- ¿Preguntas?...
- Sí. A los avaros les preguntaré cuánto oro cabe en una mano cuando se convierte en polvo. A los soberbios, quién recuerda el tamaño de su orgullo después de que terminan los aplausos. A los que posponen el amor, cuántos abrazos creen que caben en un mañana. Y a los que se pasan la vida haciendo daño, les preguntaré si de verdad creen que una disculpa pronunciada al final puede devolver las primaveras que destruyeron.
- El secretario expresó: eso es cruel.
- No, querido. Cruel es dejar que alguien llegue al final sin haber comprendido el principio.

Desde entonces, trabaja de otra manera. Así, cada noviembre, cuando las flores de cempasúchil encienden sus pequeñas hogueras sobre la tierra, la Catrina se sienta a la puerta del panteón, contemplando el desfile de quienes vienen a visitar a sus muertos. Sabe que muchos regresarán a casa para continuar enterrando, día tras día, aquello que hace digna la existencia.

Después se echa la guadaña al hombro y se pierde entre los senderos.

Por eso, cuando la «Flaca» toque nuestra puerta, que nos encuentre vivos, no solamente respirando.

*CONTACTO FB: https://www.facebook.com/Jacko.ruiz.mondragon

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