Columna ANECDOTARIO DE MI PUEBLO*
Cuentan que, a finales del siglo antepasado, vivía en Bombatevi un hombre llamado Juvencio, quien tenía fama de ser trabajador, pero también de carácter áspero y mal genio. Su esposa y sus tres hijos conocían bien sus arranques de ira, aunque su madre, una mujer de edad avanzada, todavía intentaba hacerlo entrar en razón.

Una tarde de sábado, Juvencio salió de su humilde hogar con la intención de reunirse con unos amigos. Antes de que cruzara la puerta, su esposa le pidió unas monedas para comprar alimentos para los niños.
—No tengo dinero —respondió él de mala gana.
La mujer sabía que su esposo llevaba algunas monedas en los bolsillos y que, seguramente, terminarían convertidas en varios litros de pulque. Ante los reclamos de ambos, la madre de Juvencio salió a interceder.
—No te vayas, hijo. Tu esposa necesita ayuda y la niña está enferma. Tiene apenas diez meses y la fiebre no le baja.
Pero Juvencio, cegado por el enojo, rechinó los dientes, lanzó insultos contra su madre y su compañera, y se marchó violentamente hacia el pueblo.
Sus amigos lo esperaban. Entre bromas, conversaciones y vasos de aquel blanquecino licor de maguey, pasaron las horas sin que él recordara las necesidades de su familia.
Cuando el sol comenzó a ocultarse, Juvencio decidió regresar a casa. Uno de sus compañeros se ofreció a acompañarlo, pero él se negó, asegurando que conocía perfectamente el camino.
Se despidieron entre risas y cada quien tomó rumbo a su hogar.
Juvencio llevaba en el bolsillo una cajetilla de cigarros de hoja que le había regalado su compadre Chinto, quien acababa de regresar de la capital. Encendió uno y comenzó a caminar bajo el cielo cada vez más oscuro.
La luna apenas lograba abrirse paso entre las nubes.
El camino viejo
Juvencio tomó el camino viejo, convencido de que era más seguro. Sin embargo, al llegar al conocido Callejón del Diablo, recordó las historias que se contaban en el pueblo.

Decían que por aquel sendero aparecía una criatura extraña, envuelta en una capa negra, capaz de transformarse en perro, cabra o caballo. Algunos juraban haber visto sus ojos encendidos como brasas; otros aseguraban que sus cuernos eran tan grandes que podían derribar las ramas de los árboles.
Juvencio intentó convencerse de que todo eran supersticiones. Aun así, apresuró el paso.
Los árboles parecían gigantescos bajo la luz mortecina de la luna. Sus sombras se extendían sobre el camino como brazos dispuestos a atraparlo.
De pronto, sintió un mareo. La cabeza le daba vueltas y el estómago se le revolvía. Se detuvo junto a unos troncos y, después de sostenerse como pudo, cayó pesadamente al suelo.
El alcohol le había cobrado la factura.

Permaneció tendido durante varios minutos. Cuando despertó, descubrió que la luna iluminaba con mayor claridad el sendero. A lo lejos alcanzó a distinguir el pozo del manantial conocido como Las Fuentes.
Tenía sed.
Se puso de pie y caminó hasta el brocal. Pero, justo cuando se inclinaba para beber, el agua comenzó a agitarse.
Primero fueron unas pequeñas ondas. Después, un movimiento cada vez más intenso.
Juvencio retrocedió.

Del fondo del pozo comenzó a surgir una figura blanca. Una mujer envuelta en telas vaporosas emergió lentamente, como si el agua la estuviera entregando al mundo de los vivos.
El hombre sintió que un escalofrío le recorría la espalda.
Quiso correr, pero sus piernas no respondieron.
La mujer avanzó hacia él.
El lamento
Al llegar a la orilla, la aparición inclinó la cabeza y dejó escapar un lamento desgarrador, tan profundo que pareció estremecer hasta las raíces de los árboles.
Juvencio se cubrió los oídos y gimoteó:
—¡Diosito Santo, líbrame de esta alma en pena!
La mujer levantó lentamente el rostro.
Sus ojos parecían mirar más allá de él, como si buscaran algo perdido hacía mucho tiempo. Después, comenzó a flotar en su dirección.

Juvencio quiso retroceder, pero cayó de rodillas. Con manos temblorosas buscó el crucifijo de madera que llevaba al cuello y comenzó a rezar desesperadamente.
La aparición se detuvo a unos pasos de distancia.
Entonces, una voz helada rompió el silencio:
—¿Por qué abandonas a los tuyos, Juvencio?
El hombre abrió los ojos, aterrado.
—¿Quién eres? ¿Qué quieres de mí?
La mujer no respondió. Su vestido blanco se agitó, aunque no soplaba viento alguno. Un nuevo lamento escapó de sus labios, y esta vez Juvencio creyó escuchar, mezclados con aquel llanto, los sollozos de un niño.
—¿Por qué no llevaste alimento a tus hijos? —preguntó la voz—. ¿Por qué insultaste a tu madre? ¿Por qué dejaste sola a tu esposa cuando más te necesitaba?
Juvencio sintió que la sangre se le helaba.
¿Cómo podía aquella criatura conocer lo ocurrido en su casa?
Intentó persignarse, pero sus manos temblaban tanto que apenas podía sostener el crucifijo.
La mujer extendió un brazo hacia él.
—¡No te acerques! —gritó—. ¡Por lo que más quieras, déjame vivir!
Pero la aparición continuó avanzando.
En ese instante, Juvencio comprendió que no estaba frente a una simple figura salida de las historias del pueblo. Aquello parecía conocer sus faltas, sus mentiras y cada una de las lágrimas que había provocado.
El hombre se levantó de un salto y echó a correr.

Tropezó con las raíces, cayó sobre las piedras y se arañó los brazos con las ramas que invadían el sendero. A sus espaldas, el lamento de la mujer parecía perseguirlo.
—¡Por Dios, ábranme la puerta! —gritó al llegar a su casa, golpeando con todas sus fuerzas.
Su madre, su esposa y sus hijos despertaron sobresaltados.
Cuando finalmente abrieron, encontraron a Juvencio tirado en el umbral, cubierto de tierra, con la ropa desgarrada y los brazos ensangrentados.
Entró de rodillas.
Llorando como un niño, abrazó a su madre, besó las manos de su esposa y estrechó a sus pequeños contra el pecho.
—¡Perdónenme! —suplicó—. ¡Perdónenme por todo el daño que les he hecho! Les juro que voy a cambiar. Nunca volveré a tratarlos así.
Su madre lo abrazó entre lágrimas. Su esposa guardó silencio por unos instantes, mientras los niños se aferraban a él sin comprender del todo lo sucedido.
Afuera, el viento comenzó a soplar.
Desde la oscuridad del camino llegó un último lamento, largo y doloroso, que se perdió lentamente entre los árboles.
Juvencio levantó la cabeza y miró hacia la puerta.
No había nadie.
Sin embargo, aquella noche comprendió que existen miedos que no nacen de las sombras, sino de la conciencia; que hay deudas que no se pagan con monedas y que el arrepentimiento verdadero comienza cuando uno reconoce el dolor que ha causado.

Desde entonces, cuentan en Bombatevi que, cuando la luna se esconde detrás de las nubes y el viento recorre el camino viejo, todavía puede escucharse un llanto lejano junto al manantial de Las Fuentes.
Algunos dicen que es el alma en pena de una mujer que busca descanso.
Otros aseguran que es un recordatorio para quienes olvidan a los suyos por perseguir sus propios vicios.
Y hay quienes juran que, si uno escucha con atención, entre los árboles todavía resuena aquella pregunta:
—¿Por qué abandonas a los tuyos, Juvencio?
Porque, según cuentan los antiguos, la peor condena no siempre es encontrarse con La Llorona… sino tener que vivir con aquello que uno mismo ha hecho llorar.

*Fuente de la información Libro ATLACOMULCO Familias, personajes, anécdotas, dichos y leyendas de Ma. Dolores Peña Peña / Jorge Luis Orozco Peña.
*imagen portada extraída del libro/Imágenes ilustrativas: generadas con IA/Archivo Revista d’interés




