Columna TURISMO Y TIEMPO LIBRE
Por Rocío Salazar Sánchez*

La vida puede cambiar en un segundo. A veces, ese instante es suficiente para recordarnos que todo puede terminar y que ningún momento está garantizado. Hay experiencias que nos marcan porque nos obligan a reflexionar sobre nuestras circunstancias, sobre aquello que aún no hemos alcanzado y sobre ese tic‑tac silencioso que avanza sin detenerse. Conozco historias de personas que, después de lograr metas profesionales enormes, vieron su vida apagarse de pronto. Todo terminó en un segundo.

En medio de esas reflexiones aparece un recurso del que hablo constantemente: el tiempo. La vida está llena de finales que, en realidad, son comienzos disfrazados. Cuando oscurece, termina el día; cuando amanece, termina la noche. El nacimiento marca el fin de la gestación; la cosecha marca el cierre de un ciclo; la primavera sucede al invierno; incluso cuando un árbol cae, los retoños anuncian que algo vuelve a empezar. Todo parece terminar, pero en realidad todo renace. La vida es un ciclo que se reinicia una y otra vez, y creerlo así nos da esperanza. Siempre existe la oportunidad de recomenzar.
Mientras escribo estas líneas —son las 2:31 a.m.— siento esa necesidad urgente de plasmar lo que llega como un dictado del cielo, como un susurro que me despierta para teclear cada palabra. Anoche, en una reunión familiar, canté una canción que me encanta: Un brindis para mí. Habla de lo que vivimos, de lo bueno y lo malo, y de cómo al final siempre hay algo que agradecer. Pronunciar un “gracias” abre una nueva perspectiva. Nos recuerda que no todo es negativo, que incluso aquello que llamamos “fracaso” puede transformarse en una lección si lo analizamos con honestidad. Arrepentirse no es malo; es reconocer que hoy sabemos algo que antes no sabíamos. Quizá la palabra “fracaso” debería desaparecer y convertirse en “aprendizaje”.

Thomas Edison lo explicó con claridad cuando le preguntaron cómo pudo soportar 999 fracasos antes de inventar la lámpara incandescente. Él respondió que no fueron 999 fracasos y un éxito, sino un invento en mil pasos. Esa visión nos invita a mirar los desafíos con otros ojos y a comprender que cada circunstancia puede elevarnos si sabemos aprovecharla.

“Con el diario del lunes”, como dicen en Argentina, todo se ve distinto. Hoy me detengo para dar gracias por esta oportunidad de vivir, de escribir y de compartir con ustedes mis pensamientos, muchos de ellos profundamente personales. Cada recuerdo grato deja una huella que trasciende el tiempo. Decir “gracias” nos permite reconocer que todos los días podemos volver a comenzar, que cada amanecer es una nueva oportunidad.
Depende de nosotros decidir cómo la vemos: si como arena que se escapa entre los dedos por la ansiedad de retenerla, o como un reloj de arena que nos invita a disfrutar cada grano mientras cae lentamente. Cada grano puede ser tan valioso como la semilla de mostaza que menciona la Biblia: pequeño, pero capaz de transformarlo todo. Podemos darle vuelta al reloj con alegría, iniciar otro ciclo con esperanza y construir una huella positiva en cada persona que encontramos.

La vida siempre nos ofrece dos perspectivas: ver el vaso medio lleno o sentir angustia porque el tiempo se acaba. La elección es nuestra.

Gracias, estimado lector, por permitirme llegar a sus ojos, a su mente y, ojalá, a su corazón. Deseo que cada artículo mueva algo en su interior y que, al pensar en todo lo que tiene para agradecer, una sonrisa se dibuje en su rostro. No permita que nada ni nadie le robe la fe ni la esperanza de que algo bueno siempre está por venir. Usted es el creador de su destino y cada día tiene la maravillosa oportunidad de volver a empezar.
Cambie el rumbo si es necesario, pero siga adelante. Que nada lo detenga. Y que al llegar al atardecer pueda pronunciar un “gracias”, porque cuando lo hace, su vida vuelve a iluminarse.

* Lic. en Turismo




