Columna: TURISMO Y TIEMPO LIBRE
Por Rocío Salazar Sánchez*
Hace muchos años, cuando mi papá decía que debíamos “ir por tierra de monte”, yo sentía que me estaba regalando una aventura. Era la primera en abrir la puerta del carro y correr hacia la oscuridad del bosque. Aún puedo ver esas curvas rumbo a Acambay, el pequeño espacio donde él se estacionaba y el cerrito que elegía para ascender. Para mí, que desde niña trepaba árboles con facilidad, internarme en lo espeso de esos gigantes del norte del Estado de México era fascinante. Siempre he creído que los árboles son seres mágicos: su tronco revela su edad, sus raíces muestran su fortaleza, sus ramas y nidos cuentan historias. Cada uno tiene personalidad propia, como si guardaran en silencio la memoria de quienes han pasado frente a ellos.

Recolectar tierra era otro placer. Esa humedad que se guarda bajo las hojas secas tiene un aroma inconfundible, casi sagrado. Entre ramitas, lombrices y bichitos que escapaban de los costales, yo sentía que llevaba a casa un pedacito del bosque, un fragmento vivo de ese mundo que tanto me maravillaba. Hoy sé que esa práctica ya no es común por razones ambientales, y en los supermercados encontramos tierra de composta con marca y origen. Pero yo no iba sólo por tierra: iba por la experiencia completa, por la sensación de libertad, por el contacto directo con la naturaleza y por ese tiempo compartido con mi papá que, sin saberlo, sembraba en mí un amor profundo por la tierra.
Supongo que él disfrutaba llevarnos porque me daba libertad para correr, observar las copas de los árboles y buscar algún valle desde lo alto. También me encantaban las flores silvestres. Muchos reconocerán el cerrito de El Calvario, en Atlacomulco. Me contaron que, de niña, cruzaba su sendero para visitar a unos tíos y siempre llevaba un ramito de flores silvestres. Mi tía Queta recuerda, entre risas, que incluían Peistó —o Chilaco Blanco—, una planta amarga usada para malestares biliosos. Yo no lo sabía; sólo seguía lo que mi corazón dictaba: llevar un detalle a quien amaba. A veces pienso que esos pequeños gestos espontáneos dicen más de nuestra esencia que cualquier gran acto planeado.

En casa de mis abuelitos había un árbol enorme que recientemente fue talado por seguridad. Mis bisabuelos vivieron más de 90 años en Atlacomulco y, según cuentan, cuando llegaron ese árbol ya era grande. Dio sombra a varias generaciones; bajo él jugamos, reímos y crecimos. En otoño veíamos caer sus hojas y a mi tía batallar con la escoba para mantener el patio limpio. Una de mis primas suele decir: “Si ese árbol hablara…” Y yo siempre pienso que, si pudiera hacerlo, contaría historias de infancia, de reuniones familiares, de secretos compartidos, de amores jóvenes y de despedidas silenciosas. Los árboles son testigos discretos de la vida humana.
Y es cierto: si los lugares hablaran, ¿cuántos libros escribirían? ¿Cuántas historias guardamos sin contarlas? ¿Cuántas “patoaventuras” de la infancia, pequeñas travesuras o lecciones valiosas dejamos perderse en la memoria? A veces creemos que nuestras vivencias no son extraordinarias, pero lo extraordinario está precisamente en lo cotidiano, en lo que sólo nosotros podemos narrar desde nuestra mirada única.

Escribir nos permite revivir lo vivido: el tiempo, el espacio, los aromas, los colores, los sonidos. Todo aquello que hace maravillosa nuestra existencia. Ponerlo en palabras es un acto de preservación y también de cariño hacia quienes vendrán después. Escribir es detener el tiempo por un instante y decir: esto fui, esto sentí, esto aprendí.
Me considero afortunada de haber nacido en Atlacomulco. Gracias al amor de mis padres por la tierra, pude disfrutar amaneceres en la milpa del ejido de Tecoac: echar abono al maíz, arrancar la mala hierba, cosechar en familia. Quienes conocen ese rumbo saben del aroma de las madrugadas húmedas, del ardor de las espinas en los pies cuando el sol ya salió, o del corte filoso de una hoja de maíz seca. Qué tiempos aquellos, cuando la vida en el campo se disfrutaba sin prisa: mazorcas extendidas en el patio, señoras escogiendo hoja para tamales, comida compartida después de la cosecha. Eran días sencillos, pero llenos de sentido, de comunidad y de una conexión profunda con la tierra.

Hoy quiero invitarle, querido lector, a hacer un ejercicio sencillo: si algo de lo que leyó despertó un recuerdo, no lo deje ir. Grábelo, escríbalo, cuéntelo a los suyos o compártalo con quien lo valore. Y si lo desea, también puede compartirlo conmigo. Será un honor leer sus memorias, porque cada historia que usted conserve y transmita confirma que esta hermosa locura de escribir tiene sentido.
Además, escribir nuestros recuerdos es una de las maneras más hermosas, profundas y enriquecedoras de aprovechar el tiempo libre: nos conecta con quienes fuimos, con quienes somos y con quienes amamos, y deja un legado para quienes vendrán después. En un mundo que nos empuja a la prisa, escribir es una forma de volver a nosotros mismos, de honrar nuestra historia y de darle un lugar en el presente.

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