Columna: CANDELABRUM
Por: Ximena Monroy*
Mucho hay de fascinante en este planeta vivo. Cosas que, siendo observadas con meticulosidad, son dignas de asombro.
El vuelo de las aves, por ejemplo, ha sido un elemento crucial de observación detallada a lo largo de la historia de la humanidad. El deseo de desentrañar sus misterios empujó a Leonardo Da Vinci a profundas meditaciones, varias de las cuales dejó escritas en sus diarios, entremezcladas con precisos diagramas, dibujos de aves (poniendo especial énfasis en las alas) y cálculos matemáticos que han servido de cimiento para las ciencias aeronáuticas modernas.

Diseñó, así mismo, artilugios voladores de diversas formas y mecanismos, cuyo funcionamiento no tuvo ocasión de comprobar debido a las limitaciones de su época y a los múltiples proyectos en que siempre se vio envuelto, y que, recién en los siglos XIX y XX fueron construidos, dejando al mundo boquiabierto porque un hombre nacido centurias atrás fue capaz de imaginar máquinas avanzadas que efectivamente podían transportar a los humanos por largas distancias a través de los aires.

Pero el hombre, en consonancia con su inseparable inquietud, su búsqueda, su deseo de descubrimientos, no sólo ha soñado con volar o nadar en aguas profundas, sino con crear vínculos con los animales que sí poseen estas vigorosas habilidades, en provecho de su propia especie.
Prueba de ello es la cetrería, un arte fascinante que excede los límites de lo común.
La cetrería es pues, el arte de entrenar aves rapaces –como lo son halcones, águilas, azores o gavilanes –para volar y cazar en lugar del ser humano pero junto a él, palmo a palmo y en igualdad de condiciones.

Es preciso decir que ésta relación hombre-ave no se basa en la dominación total, ciega y servil sino en la mutua confianza y cooperación. El ave jamás deja de ser esencialmente libre y sin embargo siempre vuela de regreso porque así lo elige. Es, con ciertas licencias, algo parecido a un vínculo humano basado en el amor: no se puede obligar a nadie a amar, el que ama lo hace por elección.
El arte de la cetrería surgió de la observación paciente de la naturaleza, de un conocimiento extensivo del entorno.
Se cree que surgió hace más de 4,000 años entre los pueblos nómadas de Asia Central, en regiones que hoy corresponden a Mongolia, Kazajistán y zonas aledañas. En un principio, era una práctica de supervivencia, pues era preciso conseguir alimentos en lugares poco más que retadores: las estepas y los desiertos.

Con el tiempo, la travesía de aquellas personas las empujó hacia China y también al mundo persa, donde ésta elegante forma de cazar se hizo popular. Pero no fue sino hasta su llegada al mundo árabe que esta práctica alcanzó su esplendor. Los pueblos del desierto -cuya forma de vida difícilmente podemos concebir los nacidos en occidente- la hicieron suya de un modo extraordinario. Con el paso siempre imperturbable del tiempo, se convirtió para ellos en un símbolo de nobleza y honor, una expresión suprema de disciplina y paciencia. Incluso hoy, la cetrería juega un papel primordial para el orgullo cultural de Arabia Saudita, Qatar y los Emiratos Árabes Unidos, donde se realizan competencias de gran prestigio. Allí, solo está el hombre con su ropaje de desierto y su ave.

Cuando estallaron las Cruzadas, tuvo lugar un intercambio cultural sin precedentes entre oriente y occidente.
Europa se vio influenciada de un modo fulminante por el mundo islámico.
De modo que en la Edad Media, la cetrería se volvió un deporte aristocrático, elegante, refinado, un método inigualable para hacer alarde de una buena posición.
Federico II Hohenstaufen fue uno de los gobernantes más fascinantes y poco comunes de la Edad Media, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, rey de Sicilia y rey de Jerusalén. Por su curiosidad intelectual, algunos de sus contemporáneos lo llamaban “Stupor Mundi”, “la maravilla del mundo”.

Fundó la Universidad de Nápoles, una de las universidades públicas más antiguas del mundo y escribió un asombroso tratado al que llamó De Arte Venandi cum Avibus, que significa “El arte de cazar con aves”, una maravilla desafiante para su época pues hacía gala de un primitivo método científico.
El libro es famoso además por sus detalladas ilustraciones de aves rapaces y escenas de caza. Por otro lado, debe decirse que muchas de sus copias están bellamente iluminadas a mano, como era costumbre de la época.
Este hombre poderoso, brillante y valiente se atrevió a esgrimir algo que nadie había sugerido antes: “las cosas deben describirse tal como son”.

Su forma de pensar no hizo más que acarrearle problemas con la entonces omnipresente Iglesia.
En suma, gracias a la curiosidad -esa tan propia de nuestra especie- que ha despertado desde siempre el vuelo de las aves, hubo quienes se metieron en serios problemas, quienes se tomaron la libertad de imaginar que el hombre podía surcar los cielos también, a pesar de sus muchas limitaciones, y quienes descubrieron un modo de sobrevivir en un entorno hostil gracias a ellas, a las aves. Hubo códigos de honor y nobleza surgidos hace cientos de años que se mantienen hasta nuestros días, un legado.
En el año 2010, la UNESCO reconoció la cetrería como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. Para protegerla, para honrarla y porque constituye una herencia que lejos de extinguirse, continúa viviendo.

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