Columna: El Cinéfilo Latino
Por Héctor Alejandro Serrano Ortiz*
En México, cuando hablamos de dictaduras, censura y represión política, solemos caer en trampas que resultan incómodas: las asumimos como fenómenos ajenos, como noticias que llegan de países remotos donde “esas cosas pasan”. Venezuela está cerca geográficamente, pero la distancia emocional con la que México suele mirar lo que ocurre allá es enorme. Es más fácil indignarse con Maduro que preguntarse en qué se parece su régimen (o, al menos, sus efectos, desde su captura), en sus mecanismos cotidianos de silencio, a ciertos hábitos institucionales propios. El documental “Buscando un Burro”, de Juan Vicente Manrique, sin pretenderlo abiertamente, nos obliga a hacernos esa pregunta incómoda.

Y la pregunta hoy día se ha vuelto más urgente todavía. El 3 de enero del presente año, fuerzas especiales estadounidenses capturaron a Maduro en Caracas y lo trasladaron a Nueva York para enfrentar cargos de narcoterrorismo. Es una noticia que muchos venezolanos esperaron durante años. Pero la realidad que ha venido después es más complicada que sólo la celebración: Delcy Rodríguez, su vicepresidenta, asumió como presidenta en funciones, y el aparato de control político que Maduro construyó durante más de una década permanece, en lo esencial, intacto. Las violaciones a la libertad de expresión continúan. La maquinaria del miedo sigue funcionando. Un régimen sin cabeza visible sigue siendo, en muchos sentidos, un régimen. Para mí, que lo vi tarde, “Buscando un Burro” llegó a mi mundo en un intervalo extraño: durante el derrumbe del símbolo, pero ya mostrando con precisión todo lo que el símbolo sostenía.
Buscando un Burro” es una coproducción México–Venezuela dirigida por Juan Vicente Manrique, cineasta venezolano radicado en nuestra capital desde 2018. El cortometraje de casi diecisiete minutos ganó el Ojo a Mejor Cortometraje Documental Mexicano en el Festival Internacional de Cine de Morelia 2024, el Premio del Jurado en SXSW 2025, el Premio Iberoamericano de Cortometraje Documental en Huesca, y fue selección oficial en Clermont–Ferrand, es festival de cortometrajes más importante del mundo. También fue presentado en una función especial en la Semana de la Crítica de Cannes.

El punto de partida es un hecho real: el 12 de septiembre de 2018, dos bomberos en el pueblo de Apartaderos, en los Andes venezolanos, publicaron en redes sociales un video satírico donde conducían a un burro por las deterioradas instalaciones de su estación, mientras una voz en off lo presentaba como si fuera el presidente visitándoles. El video se volvió viral, obviamente. Esa misma noche, Ricardo Prieto, de 41 años, y Carlos Varón, de 45, fueron detenidos por la Dirección General de Contrainteligencia Militar. Pasaron 48 días en prisión, acusados inicialmente bajo la recién promulgada “Ley contra el Odio”, que establece hasta 20 años de cárcel por incitar al odio o la violencia en medios y redes sociales. Los cargos luego fueron modificados a “difamación del presidente e instigación pública agravada”. Quedaron en libertad con restricciones: prohibición de declarar públicamente y de usar redes sociales. El burro, pareciera que a nadie le importó más. O eso creíamos hasta que llegó Juan Vicente Manrique.

Que esto haya sucedido en Venezuela no significa que sea una historia venezolana solamente. El documental llega a México como una historia venezolana y gana premios mexicanos. “Qué horror lo que pasa en Venezuela”, pensamos. Pero las estructuras que produjeron la detención de dos bomberos por un chiste no son exclusivas de ningún régimen particular. México tiene su propio historial de periodistas asesinados por investigar al poder local, sus propios municipios donde hablar de ciertos temas puede tener consecuencias que no necesitan de ninguna ley formal para materializarse en terror. El director es venezolano y la historia ocurre en Venezuela, pero la película se produce en México, gana sus primeros premios en México, y viaja al mundo desde México. Esa geografía tiene un significado que no debería ignorarse.

La primera y más brillante decisión de Manrique es la que define todo el documental: en lugar de seguir el rastro de los bomberos, que siguen vivos bajo restricciones legales y no pueden hablar, el director decide buscar al burro. Es una decisión que parece cómica y resulta ser, con el tiempo, profundísima. Al convertir al animal en el protagonista ausente de la búsqueda, Manrique construye una estructura narrativa que protege a las personas que aún están en riesgo mientras mantiene viva la historia. “Me quedaba claro que la situación de los bomberos era delicada y yo no quería perjudicar su proceso ni hacerlos parte de la película”, explicó el director. “De ahí nace la idea de cómo hablar del caso sin hablar de ellos”.
Esta inversión es formalmente elegante y estratégica, y lo que Manrique encuentra buscando al burro es otra cosa: la textura del miedo en un pueblo pequeño. La forma en que la gente baja la voz. Las pausas antes de responder. Las miradas que se van hacia los lados.

El documental está construido, en gran medida, sobre lo que no se dice. Manrique llega a Apartaderos con su cámara y sus preguntas, y la respuesta que recibe repetidamente es una variante del mutismo. Los lugareños guardan silencio no porque no sepan nada, sino porque saben demasiado… y saber cuesta.

La decisión de filmar en un pueblo de montaña también es relevante. Apartaderos no es Caracas. Es un lugar donde la vida transcurre diferente, donde todos se conocen, donde un chiste sobre el presidente puede destruir familias. La escala reducida del escenario hace que la represión se vea más desnuda y más absurda. ¿Para esto se necesitaba la Contrainteligencia Militar? ¿Para un video con un burro?
Manrique es también su propio fotógrafo y eso se nota en la intimidad de las imágenes. No hay una distancia clínica entre la cámara y los sujetos. Los planos del paisaje andino son generosos, casi contemplativos; ofrecen un contrapeso visual al peso de la historia. La montaña no cambia. El pueblo sí, pero despacio y dolorosamente.

En Venezuela, llevan décadas llamando a Nicolás Maduro “Maburro”. No es un insulto sofisticado, ni pretende serlo. Es la clase de apodo que circula en privado, en grupos de WhatsApp, en chistes que los venezolanos se hacen entre sí como una forma de mantener viva la dignidad. El humor subversivo tiene una historia larguísima como forma de resistencia en regímenes autoritarios. Los polacos bajo el comunismo soviético, los cubanos bajo Castro, los españoles bajo Franco, los mexicanos con absolutamente todo: todos desarrollaron una tradición de chistes políticos que funcionaban como afirmación colectiva de que el poder no lo controla todo.
Lo que hizo Venezuela con la “Ley contra el Odio” fue criminalizar ese concepto. El mensaje enviado con la detención de Prieto y Varón no era sólo dirigido a ellos. Era para todos los que habían visto el video, para todos los que se habían reído, para todos los que alguna vez pensaron en hacer algo parecido. La lección era simple: el humor también tiene consecuencias.

Manrique lo entiende y por eso elige el humor como su propio instrumento. “Pienso que el humor es muy poderoso porque con él logras empatizar con distintos puntos de opinión”, dijo en entrevista. El documental no es del todo solemne, y precisamente esa ligereza es lo que le permite llegar a lugares donde un documental más grave no podría.
Una de las cosas más perturbadoras que revela, sin embargo, es la eficiencia con que la represión produce no sólo miedo sino ignorancia activa. Los habitantes de Apartaderos no sólo no hablan del caso: muchos parecen haber decidido genuinamente no saber. Es más seguro no haber formado una opinión, no haber seguido la historia, no recordar con precisión qué pasó. Este mecanismo, que los sociólogos llaman a veces “ignorancia estratégica”, es uno de los efectos más duraderos del autoritarismo. No hace falta censurar todos los libros ni arrestar a todos los periodistas. Basta con que la gente aprenda que saber ciertas cosas “no es bueno”.

Lo que Manrique muestra al buscar al burro es, en realidad, el mapa de esa ignorancia. Cada persona que no sabe, que no recuerda, que prefiere cambiar el tema, es un punto en ese mapa. Juntos, dibujan una geografía del miedo que es mucho más elocuente que la estadística.
La captura de Maduro podría leerse como el cierre simbólico de esa impunidad. Pero la realidad es más terca. Los organismos de derechos humanos documentan que las violaciones a la libertad de expresión continúan bajo el nuevo gobierno; la “Ley contra el Odio” no ha sido derogada; el aparato de vigilancia que encarceló a dos bomberos por un chiste sigue en pie. La cabeza del régimen cayó. La estructura que le dio sentido, por ahora, permanece.

Desde el asno de Apuleyo hasta el Jolstomer de Tolstoi, pasando por Eo de Skolimowski, la literatura y el cine han usado a los animales como perspectivas desde las cuales observar la irracionalidad humana. El burro tiene una historia particular en ese repertorio. Es el animal de la paciencia, de la carga y del trabajo invisible. Que sea un burro, y no un perro o un gato, el protagonista de esta historia no es accidental.

En el documental, la búsqueda del burro adquiere resonancias casi mitológicas. Es la búsqueda del testigo inocente, del único que estuvo presente en todo y no tiene por qué guardar silencio porque nadie lo escucha. La pregunta “¿qué le pasó al burro?” funciona como metonimia de preguntas más grandes y más peligrosas que nadie puede hacer abiertamente.
Hay algo que el documental hace, que es extraordinariamente hermoso: trata la vida del animal como si importara. No como metáfora, no como símbolo. Los habitantes de Apartaderos que hablan sobre él también hablan con afecto. Dicen que era listo, que tenía hábitos, que esperaban que nadie lo hubiera golpeado. Una de las personas que aparece en el documental menciona la mortalidad de las mascotas con la misma seriedad con la que hablamos sobre la familia.

Maduro ya no está en Caracas. Está en un tribunal federal en Nueva York enfrentando cargos de narcoterrorismo, y mucha gente que lo sufrió durante años tiene razones para celebrar eso. Pero los documentales como este nos recuerdan que los regímenes no son sólo sus líderes. Son las leyes que dejan, los miedos que cultivan y los silencios que normalizan. La captura de un hombre no borra años de bomberos con restricciones judiciales, ni devuelve al burro a su origen, ni hace que los habitantes de Apartaderos vuelvan a hablar libremente de lo que pasó en su pueblo.

El documental, visto ahora, funciona como una cápsula de tiempo involuntaria. Muestra el interior de una maquinaria que todavía está en marcha, aunque su engranaje más visible ya no esté. Para el público mexicano, debería seguir siendo un espejo. No idéntico o literal, pero sí funcional.
Juan Vicente Manrique empezó haciendo videos de skate en Valencia, Venezuela. Yo creo que, en parte, los videos de skate son también documentales: observan a personas haciendo algo difícil y arriesgado y capturan el movimiento real con la posibilidad permanente del fracaso. Son una escuela informal de cine directo. Luego estudió Comunicación Social con énfasis en artes audiovisuales en la Universidad Andrés Bello de Caracas, llegó a México en 2018, el mismo año en que los bomberos eran detenidos en Apartaderos, y trabajó varios años en medios de comunicación antes de confirmar su vocación documental.

Ese recorrido suena a poesía: un hombre que aprendió a filmar cuerpos en movimiento, arriesgándose a caer, y que terminó documentando, con maestría, a un país entero que lleva décadas intentando no caerse.

Ver el cortometraje en YouTube: https://www.youtube.com/watch?v=NPY15kMqXHc

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