EL DEPORTE COMO INVERSIÓN INTELIGENTE DEL TIEMPO LIBRE
Columna: TURISMO Y TIEMPO LIBRE
Por Rocío Salazar Sánchez
La educación física forma parte esencial de la formación escolar porque contribuye a la salud integral. Sin embargo, no siempre comprendemos su verdadera importancia hasta que lo vivimos en carne propia. Crecer en una familia donde el deporte es hábito y prioridad es una ventaja; cuando no es así, la práctica suele surgir por decisión personal, al reconocer que el movimiento fortalece cuerpo, mente y emociones. En ambos casos, lo fundamental es entender que el deporte no es un lujo ni un pasatiempo secundario, sino una herramienta que puede transformar nuestra calidad de vida.
Los beneficios son amplios: reduce el estrés, activa sustancias que mejoran el estado de ánimo, mantiene en buen funcionamiento al organismo y nos brinda energía para enfrentar las actividades cotidianas. Además, cada persona puede elegir la disciplina que mejor se adapte a su edad, clima, gustos o incluso a los vínculos que le generan bienestar emocional. Practicar deporte también nos enseña constancia, disciplina y resiliencia, valores que se trasladan a la vida laboral, familiar y social.
Recuerdo a una exalumna que estaba por ingresar a la sub‑17 femenil. En su familia había boxeadores, pero ella eligió el fútbol. Su energía era contagiosa: cantaba, bromeaba, irradiaba alegría. Su historia confirma cómo la familia puede influir en la práctica deportiva y cómo el deporte, a su vez, transforma el bienestar personal. No se trataba solo de talento, sino de una actitud vital que se alimentaba de la actividad física y del entorno que la impulsaba.
En mi caso, crecí rodeada de amigos talentosos en el fútbol: las familias Correa, Mendiola y Navarrete, apellidos que resuenan en Atlacomulco por su destacada trayectoria. También el circuito de Atlacomulco es un punto de encuentro para quienes inician en el atletismo, caminan o hacen senderismo. Cada mañana y tarde, personas de todas las edades convierten ese espacio en un ritual comunitario que embellece el entorno. Ver a niños, jóvenes, adultos y personas mayores compartiendo el mismo espacio con un objetivo común —moverse, mejorar, convivir— es un recordatorio de que el deporte también construye comunidad.
El deporte, además, se disfruta como espectador. Asistir a un estadio, presenciar un maratón o vivir la charrería —tan arraigada en la identidad mexicana— es una experiencia vibrante. La emoción colectiva, los colores, los cánticos y la adrenalina generan un sentido de pertenencia difícil de replicar en otros ámbitos. En mi caso, el patinaje artístico en pareja me provoca una emoción profunda: requiere disciplina, recursos y una pasión extraordinaria. Las olimpiadas y los torneos nacionales nos recuerdan que observar también es participar, porque nos conectan con historias de esfuerzo, superación y excelencia.
Años atrás tuve la oportunidad de coordinar el programa “Domingos Turísticos” del Gobierno del Estado de México, donde se organizaban torneos de básquetbol, fútbol, ajedrez y atletismo, además de actividades culturales para servidores públicos y sus familias. Aquella experiencia me hizo notar la falta de infraestructura deportiva en algunas comunidades. Contar con espacios adecuados es un derecho, y debemos impulsar que gobiernos y ciudadanía trabajen para garantizarlo. La infraestructura no solo permite practicar deporte: también previene enfermedades, reduce conductas de riesgo y fortalece el tejido social.
Hoy, en un mundo donde el tiempo libre suele consumirse frente a pantallas, el deporte se convierte en una alternativa valiosa para reconectar con el cuerpo, con la naturaleza y con los demás. Practicarlo nos ayuda a equilibrar la vida acelerada, a mejorar la concentración y a cultivar hábitos saludables. Incluso actividades sencillas como caminar, estirar o bailar pueden marcar una diferencia significativa cuando se realizan con constancia.
En síntesis, practicar deporte o disfrutarlo como espectador es una excelente forma de invertir el tiempo libre. Invito a cada lector a comenzar por sí mismo, continuar con su familia y extenderlo a su comunidad. Pocas cosas generan tanta satisfacción como saber que hicimos algo bueno por nuestra salud, por los demás y por el lugar donde crecimos. Compartir nuestros talentos y promover actividades que generen bienestar es, en esencia, una manera de vivir plenamente y contagiar felicidad a quienes nos rodean. El deporte, en cualquiera de sus formas, nos recuerda que siempre estamos a tiempo de mejorar, de aprender y de disfrutar la vida con mayor plenitud.