Columna: TODO TERRENO
Por: Octavio Díaz García de León*
La misión Artemis II circunnavegó recientemente la Luna. La última presencia humana en nuestro satélite había ocurrido hace 54 años, con la misión Apolo 17. Para quienes atestiguamos aquella etapa de la exploración espacial, parecía entonces que las travesías espaciales se volverían algo cotidiano. Se pensaba que quizá nosotros, pero, con mayor certeza nuestros hijos, veríamos viajes regulares hacia la Luna e incluso hacia otros planetas. La visión de Stanley Kubrick en su película 2001: Una Odisea del Espacio reflejaba ese futuro posible, al tiempo que advertía sobre los riesgos de una inteligencia artificial desquiciada. El abandono del programa Apolo Sin embargo, ese impulso se detuvo. El fin del programa Apolo no obedeció a una falta de capacidad técnica, sino a la pérdida de su justificación política, económica y estratégica. Las misiones eran muy costosas y, una vez cumplido el objetivo de imponerse en la carrera espacial frente a la Unión Soviética, pasó el interés por seguir enviando humanos a la Luna y el proyecto fue cancelado en 1972. El nuevo contexto geopolítico y tecnológico Hoy el interés ha resurgido. Por un lado, la competencia geopolítica ha vuelto a colocar al espacio como un ámbito estratégico. Estados Unidos no puede ignorar el avance de otras potencias, particularmente de China, que desarrolla su propio programa lunar. Por otro lado, el surgimiento de empresas privadas ha transformado profundamente la industria. Compañías como SpaceX y Blue Origin han demostrado que es posible reducir de manera significativa los costos mediante la reutilización de cohetes y procesos más eficientes. Esto ha permitido a la NASA modificar su papel: ya no es la única entidad que diseña y construye toda la tecnología, sino que puede adquirir servicios y sistemas desarrollados por el sector privado, disminuyendo riesgos y acelerando la innovación. Control estratégico y visión de largo plazo No obstante, tampoco resulta aceptable para el gobierno estadounidense dejar en manos de empresas privadas, sobre las cuales no tiene control total, el rumbo de la exploración espacial, ni mucho menos ceder la iniciativa a otra nación. El programa Artemis no busca únicamente repetir las hazañas del pasado, sino sentar las bases para una presencia sostenida en la Luna, con la posibilidad de aprovechar recursos, desarrollar tecnologías de supervivencia fuera de la Tierra y, en el largo plazo, preparar la llegada del ser humano a Marte. El dilema del gasto público En este contexto, la presidenta Claudia Sheinbaum planteó una pregunta pertinente: si recursos de tal magnitud deberían destinarse a la exploración espacial en lugar de utilizarse para mejorar las condiciones de vida de millones de personas en situación de pobreza. Se trata de un dilema que ya se formulaba en los años sesenta durante el programa Apolo. Y es una inquietud legítima. Siempre habrá necesidades urgentes que compitan por el gasto público. Sin embargo, también es cierto que la inversión en exploración espacial ha generado avances tecnológicos, desarrollo industrial, empleos altamente calificados y ventajas estratégicas para los países que la impulsan. México puede mejorar su gasto Pero si se trata de cuestionar el uso del dinero público, conviene también mirar cómo se utiliza en México. La cancelación del aeropuerto en Texcoco implicó un costo cercano a cinco veces el de la misión Artemis II, sin traerle ningún beneficio al país, sino solo un enorme daño. La refinería de Dos Bocas ha representado entre cuatro y cinco veces el costo de Artemis II, siendo que su producción es limitada y sus pérdidas elevadas. La inversión en el Tren Maya es casi ocho veces el costo del Artemis II y no se espera que sea un proyecto rentable en muchos años. Pemex pierde en un año el equivalente al costo de dos misiones Artemis II. La NASA ha invertido cerca de 90 mil millones de dólares en el programa Artemis, pero la comparación anterior es solo sobre el costo de la misión Artemis II. Por otra, la pobreza ha disminuido mediante incrementos al salario mínimo y programas de transferencias sociales, pero estas políticas dependen de la disponibilidad de recursos fiscales y, esto no se logra sin crecimiento económico (llevamos ya 7 años prácticamente sin crecimiento). Además, incrementos salariales por decreto, sin aumentos en productividad, pueden traducirse en presiones inflacionarias y mayor informalidad. El problema no es cuánto se gasta, sino la eficacia y el sentido de ese gasto. Prioridades y futuro Es válido preguntarse si la exploración espacial debe ser prioritaria frente a necesidades sociales urgentes. Pero también es indispensable reconocer que los países que lideran la innovación científica y tecnológica son los que aseguran su desarrollo futuro. Quizás, antes de cuestionar si otras naciones deben invertir en llegar a la Luna, valdría la pena preguntarnos si en México estamos utilizando de la mejor manera posible nuestros propios recursos.

*Contacto: odglasilla@gmail.com
*X: @Octaviodiazg




