Columna CANDELABRUM
Por: Ximena Monroy*
A propósito de la gran fiesta nacional, me ha dado por reflexionar acerca de un particular tipo de amor, aquel amor que se siente por la tierra en la que se nace, sin importar los numerosos problemas que ésta enfrente o los desafíos cotidianos que nos plantea el hecho de ser sus habitantes.
Es una relación amorosa que impulsa, tarde o temprano, a aquellos que se encuentran lejos a buscar un regreso y que motiva inequívocamente un deseo de bienestar, de abundancia y de libertad para todos.
Algo maravilloso de los sentimientos patrióticos es que las esperanzas y los deseos se orientan hacia la vida en comunidad y nunca hacia el individualismo. De no ser así, dichos sentimientos son terriblemente falsos.

Me viene a la memoria una canción escrita por el músico y compositor panameño Rubén Blades, que logra colocar muy adecuadamente las palabras para expresar al completo la abstracta condición de ser un verdadero patriota. Inicia planteando la curiosidad de un niño, quien pregunta por el significado de la palabra “Patria”, una pregunta ciertamente sorprendente para alguien tan pequeño, pero que merece ser contestada “con el alma en la garganta”: ¡Patria son tantas cosas bellas! Como aquel viejo árbol del que nos habla aquel poema, Como el cariño que aún guardas después de muerta la abuela […] Son las paredes de un barrio, Es su esperanza morena, Es lo que lleva en el alma todo aquel cuando se aleja. Después hace alusión a todos aquellos que han dado su vida a lo largo de la historia de las naciones con la esperanza de haber puesto en marcha la maquinaria del cambio, una diferencia grande o pequeña que haga que valga la pena el derramamiento de sangre: Son los mártires que gritan bandera, bandera, bandera, bandera. Difícilmente habrá nación que carezca de personas con grandes esperanzas y dispuestas a entregarse en cuerpo y alma por ellas. Y continúa elevando la voz en protesta contra las dictaduras y los malos gobiernos: No memorices lecciones de dictaduras o encierros, La patria no la definen Los que suprimen a un pueblo. Finaliza entonces de la manera más bella y verdadera posible, dando la última y definitiva contestación al niño curioso: La patria es un sentimiento en la mirada de un viejo, Sol de eterna primavera, Risa de hermanita nueva. Te contesto, hermanito: ¡Patria son tantas cosas bellas!

Me identifico con esta canción en particular porque cuando yo tenía seis años, y ya mostrando cierta inquietud por adentrarme en el mundo de las letras, escribí una carta dirigida a Don Miguel Hidalgo y Costilla. Resulta curioso que en mi imaginación infantil, estaba yo convencida de que le llegaría, por lo que me tomé el tiempo de escribir en el sobre la dirección exacta de la que fuera su última vivienda antes del estallido del movimiento independentista, en el pueblo de Dolores, Guanajuato.
La carta en cuestión dice lo siguiente:
El Oro de Hidalgo, México a 13 de noviembre de 2008
Muy apreciable Don Miguel Hidalgo:
Soy una niña de seis años, me llamo Ximena y la escribo para decirle que me interesa mucho lo que usted hizo por México, mi México.
He tenido la oportunidad de visitar los lugares y objetos históricos que lo recuerdan.
Primero visité la Iglesia de Dolores, en Guanajuato, donde usted dio el importante grito de Independencia que impulsó al pueblo a unirse a la lucha por nuestro país, de ahí después de tocar la campana nos dijeron que usted se dirigió a la prisión del pueblo a liberar a todos los presos para que se unieran a la causa, me sorprendió que aún se conserva la llave de la cárcel, hoy convertida en museo.
Ojalá que todos pudiéramos ir a conocer esos lugares tan bonitos e importantes porque así entenderíamos mejor la historia de nuestro país, ¿no cree?
Con el permiso de usted, mis papás y yo nos permitimos entrar a su casa, donde pude observar sus objetos personales como sus lentes, sotanas, plumas que las personas encargadas de proteger lo han hecho muy bien, no se preocupe.
Quiero decirle que sentí muy bonito pisar los lugares donde usted pasó gran parte de su vida y admirar una enorme estatua a su figura con una vela prendida en su honor.
Sabe, lo admiro por ser esa gran guía que dirigió el movimiento de Independencia que después de tantas batallas nos dio esa libertad de la que hoy gozamos en mi país, México. Y que dio su vida a cambio de beneficios como la abolición de la esclavitud, jornadas de trabajo de 8 horas diarias, en fin tantas cosas que no terminaría nunca de escribir y como apenas voy en primero de primaria todavía se me dificulta.
Bueno, ya me despido ilustrísimo Don Miguel Hidalgo con una frase que usted hizo célebre:
¡VIVA MÉXICO!

Considero ligeramente innecesario mencionar que dicha carta me permitió ganar el primer lugar de un concurso escolar y mi premio consistió en un pequeño incentivo económico y en un libro que relata la vida de Josefa Ortiz de Domínguez, uno de los primeros libros que leí en su totalidad.

Haciendo a un lado las imprecisiones históricas que cometí en aquel entonces, incluyendo el hecho de que era imposible que Miguel Hidalgo gritara ¡Viva México!, lo verdaderamente importante es que uno aprende a enamorarse de su patria desde que la conciencia empieza a hacer su aparición y que ese amor, aunque a menudo no se cuenta entre los afectos esenciales del ser humano, encuentra siempre innumerables formas de hacerse presente y de influir en el actuar de los individuos, reflejando de la manera más pura su esencia; lo que deseas para tu patria es lo que llevas en el corazón.

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