Para muchos mexicanos, septiembre es sinónimo de fiestas patrias. Es el mes del Grito de Independencia, de las plazas iluminadas, de los colores nacionales ondeando en cada rincón del país. Cada estado, municipio y comunidad celebra a su manera, con matices propios que enriquecen la identidad nacional. Sin embargo, para quienes nacimos en el norte del Estado de México, septiembre significa mucho más que una fecha histórica: es un paisaje, un aroma, una memoria viva que se renueva año con año.
Cuando llega este mes, las praderas se tiñen de rosa mexicano. Las veredas de las milpas y las orillas de los caminos se llenan de ese color peculiar de las flores que en mi tierra llamamos girasoles, pequeñas y luminosas, como si el campo entero decidiera celebrar. Ese estallido de color anuncia también la llegada de una de las festividades más queridas: la fiesta del pueblo en honor al “Señor del Huerto”, una tradición profundamente arraigada que combina fe, historia y comunidad, y que para muchos representa el verdadero inicio del mes.
La procesión es uno de los momentos más significativos. Desde el Santuario hasta la Catedral, llegan los santitos de las comunidades cercanas para acompañar el recorrido. Es un rito antiguo, lleno de simbolismos, donde la devoción se mezcla con la memoria colectiva. Los altares adornados con palomitas de maíz, las flores, los cantos y el incienso crean una atmósfera que sólo puede comprenderse estando ahí, sintiendo el fervor de la gente que camina con esperanza y gratitud. Cada paso es una historia, cada canto es una plegaria, cada rostro refleja la emoción de pertenecer a una tradición que ha sobrevivido al paso del tiempo.
Los girasoles siempre han sido parte de mis recuerdos. Mi abuela paterna nos llevaba a la milpa para hacernos coronitas con esas flores y colocarlas en nuestra cabeza, como si fuéramos parte del paisaje. Mi abuela materna, en cambio, nos pedía cortar los pétalos para lanzarlos a las imágenes durante la procesión. Cada gesto tenía un significado, una forma de participar en la celebración. Las misas eran otro capítulo inolvidable: el piso cubierto de aserrín, el aroma del incienso, la multitud reunida. Yo, tan pequeña, sólo esperaba la bendición del sacerdote para poder respirar entre tantos adultos, pero aun así me conmovía ver la fe de quienes caminaban cantando tras el santito de su comunidad.
Hace años, la fiesta convocaba a tanta gente que los portales se llenaban de petates por la noche. Familias enteras dormían ahí, esperando los ocho días para regresar con la imagen de su pueblo. Era una convivencia que unía a todos: visitantes, vecinos, comerciantes, músicos, cocineras. La vida del pueblo se transformaba por completo. Las calles se llenaban de puestos, de risas, de niños corriendo, de señoras preparando los guisos tradicionales que daban identidad a la celebración. Los pambazos de cabeza de cerdo, las enchiladas y los buñuelos eran parte esencial del recorrido gastronómico que acompañaba la fiesta, y que aún hoy sigue siendo motivo de orgullo.
El tercer domingo de septiembre es, para muchos, una fecha sagrada. No sólo por la devoción religiosa, sino porque representa un encuentro con nuestras raíces. Es el día en que el pueblo se viste de fiesta, en que los colores parecen más intensos, en que la música resuena con más fuerza. Quien visita Atlacomulco en esas fechas descubre un México profundo, lleno de matices, donde la tradición no es un recuerdo, sino una experiencia viva que se comparte con generosidad.
Septiembre es, para mí, una fiesta de principio a fin. Una mezcla de colores, aromas, sonidos y memorias que sólo quienes vivimos por estos rumbos entendemos plenamente. Pero estoy segura de que usted, desde su propia localidad, también reconoce algo de lo que describo. México entero está hecho de costumbres, tradiciones y celebraciones que nos llenan de identidad y alegría. Cada región aporta su propio matiz, su propia manera de honrar la vida y la historia. Y es precisamente esa diversidad la que nos une como país.
Gracias por acompañarme en este recorrido que nace desde el corazón del norte del Estado de México, donde la flor Mazahua, la lengua Otomí, los textiles, las artesanías, los paisajes y la música nos recuerdan que somos parte de un territorio lleno de riqueza cultural. Vivir en este país es un privilegio que se siente en cada celebración, en cada gesto comunitario, en cada flor que brota en septiembre y nos llena el alma. Que este mes nos encuentre celebrando, recordando y honrando lo que somos: un pueblo vibrante, diverso y profundamente orgulloso de sus raíces.