Columna LA LIBRETA DE JACK
Por Jacobo Gregorio Ruiz Mondragón*
Desde tiempo atrás, la pirotecnia ha acompañado las fiestas religiosas. Castillos, toritos, cohetes y luces de colores, han formado parte de un ritual en el que lo terrenal parece buscar lo celestial. El cohete sube, y ahí, está su carga simbólica. Desde la tierra se eleva hacia el cielo, como si por unos instantes pudiera establecer un vínculo entre lo humano y lo divino.

Así, mientras la oración permanece en el templo, el cohete lleva la celebración hacía afuera. Tal vez, por eso la pirotecnia tiene esa aceptación comunitaria. Porque no solamente se observa, también se escucha y anuncia que hay fiesta. Y es que la fiesta patronal no pertenece únicamente a la Iglesia, es una construcción colectiva. Están, quienes adornan la parroquia, los que organizan la procesión, la danza y la música; o quienes se encargan de los fuegos artificiales, y desde luego, la gente que por devoción, costumbre o curiosidad, acuden a la festividad.

Cuando falta algún elemento, la celebración parece perder algo más que su esplendor: se desdibuja, se vuelve extraña ante quienes la han heredado y deja de reconocerse como propia. Las tradiciones son las raíces invisibles que unen al pueblo con su historia, su fe y su memoria. Pero, el mismo fuego que anuncia la fiesta puede provocar una tragedia, porque la pólvora no distingue entre devoción y descuido y hay una diferencia entre la luz que ilumina y el fuego que consume, pues la fiesta dura unas horas, pero una tragedia puede durar toda la vida.

Como dice el refrán: «Donde el diablo no mete la mano, mete la cola». En cuya expresión, la «mano» representa una intervención directa, y la «cola», en cambio, representa una intervención indirecta, furtiva, casi imperceptible, en la que no necesita descubrir los cuernos, aparecer entero, mostrar el rostro o utilizar sus manos, le basta con meter la cola para provocar el caos. Y es que ese dicho, puede aplicarse en el sentido, de que una omisión o imprudencia es suficiente para convertir la fiesta en desgracia.

El fuego artificial, es una especie de metáfora de la vida humana. Nace de una pequeña chispa, crece, alcanza su máxima intensidad, ilumina y desaparece. Quizá por eso nos hipnotiza tanto: porque durante unos segundos contemplamos en el cielo algo que se parece demasiado a nuestra existencia.

Sin embargo, con el incidente ocurrido recientemente en Santa María Canchesdá, Temascalcingo, sea momento de preguntarse, si para honrar a una divinidad, se necesite llenar el cielo de pólvora. pues lo que se ofrece desde la fe no se mide por la cantidad de pirotecnia que arde, sino por la intención de quien la ofrece. Si la pirotecnia forma parte de la tradición, al representar alegría, luz y encuentro comunitario, bien puede conservarse su significado, cambiando la forma de expresarlo, por ejemplo, sustituyendo cohetes por drones luminosos. Se trata de festejar no de lamentar, y no hay mejor manera de hacerlo, que cuidando precisamente aquello que, desde cualquier perspectiva religiosa, debería estar en el centro de la celebración: la vida.

Frente a la pirotecnia empleada en eventos religiosos, el Clero puede y debe ayudar a encontrar nuevas formas de expresar esos mismos sentimientos sin poner en riesgo la vida o la salud. Posiblemente, el mayor acto de fe no sea encender cohetes, sino tener el valor de cambiar una costumbre cuando las circunstancias así lo exigen. No se trata de apagar la fiesta, sino de encender una nueva conciencia: Modificar la manera de celebrar no implica renunciar a la tradición; a veces significa hacer todo lo necesario para que pueda sobrevivir. Una tradición no está viva por repetirse siempre de la misma manera, sino por conservar aquello que le da sentido e identidad.

Que los cohetes sigan iluminando el cielo, si así lo decide la comunidad, pero también se deben encender otras luces: las de la prudencia, la responsabilidad y el cuidado. Porque ningún Santo necesita una vida o una salud dañada, para saber que fue amado. Y cuando el último cohete desaparezca entre las estrellas, que nadie falte al regresar a casa.

La pólvora puede iluminar el cielo por unos instantes, pero ninguna tradición puede dejar una familia en la oscuridad.

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