Columna CANDELABRUM
Por: Ximena Monroy*
“[…]La luna de la montaña
ilumina también
a los ladrones de flores[…]”
Matsuo Bashō, poeta japonés
Una de las pocas leyes universales que toda persona experimenta en carne propia a lo largo de su vida es la finitud. La certeza de que verdaderamente nada permanece del mismo modo por mucho tiempo.
Más de una vez hemos tenido ocasión de comprobar que las cosas se modifican incesantemente y hemos recibido el cambio de buen grado, celebrándolo con alivio o nos hemos lamentado tristemente de aquello que acabó, de lo que ahora no está en el lugar de antes, de la puerta ya cerrada, de una bifurcación inesperada en el camino, una que obliga a tomar decisiones.
Hay una palabra para describir todo esto: efímero.
Encontramos pues que todo es efímero, desde un pequeño insecto hasta una estrella y en este recorrido de cosas finitas se cuentan también las flores, la vida humana y todo cuanto hay en ella.

Es de sabios comprender y aceptar que el estado de las cosas es pasajero en su totalidad, que las circunstancias visibles e invisibles son como vagones de tren que pasan a toda velocidad, incluso salvajemente.
Si nos sumergimos un poco en la cultura japonesa, es posible encontrar una bella y poética referencia a la idea de lo efímero: sakura.
Es una palabra japonesa que se utiliza para nombrar la flor de cerezo y a su vez el árbol del cual brotan estas flores. Los cerezos ocupan un lugar primordial en el corazón de la cultura japonesa pues poseen multitud de significados que entrelazan de una manera única la filosofía, la religión y las creencias populares, moldeadas a lo largo de siglos de historia.

Los cerezos japoneses florecen principalmente en primavera, una explosión de belleza que las palabras rara vez consiguen describir, por ello sólo se guarda silencio y se observa con atención y cuidado la llegada del mankai, que significa floración plena. Es el momento en que las flores están en su apogeo. Sin embargo, este espectáculo rosado y silencioso únicamente dura una semana, con suerte y si las condiciones así lo dictan, dos semanas. Por eso es que sakura es sinónimo de efímero, de pasajero. Contemplando sakura, aparece mono no aware: la emoción ante la belleza que desaparece. Es una expresión que describe la alegría nostálgica frente a la certeza de estar contemplando belleza que se evapora, la belleza que aparece como una ráfaga y así mismo se aleja, envuelta en ligereza y dulces aromas.

En Japón estos árboles no deben ser cortados jamás, por el contrario, son reverenciados como el hogar de la princesa que hace florecer los árboles. Aunado a esto, existe una profunda conexión entre la flor de cerezo y los guerreros japoneses, los samurái. El código ético mediante el cual se regían estos guerreros, buscadores ante todo de la excelencia, era conocido como bushidō, o el camino del guerrero. En él, se valoraban cualidades como el honor, la lealtad, el autocontrol y por supuesto, la aceptación de la impermanencia. Los exhortaba además a vivir si bien brevemente, de una manera excelsa, intachable y bella, a entregar esa maravillosa vida cuando fuera necesario bajo una estricta valentía, sin detenerse a pensar en la salvación, pues no había honor más alto que morir en el cumplimiento del deber.

Es por ello que, dentro de la sensibilidad japonesa, las almas de los guerreros samurái habitaban en las flores de cerezo, pues se habían enfrentado a la muerte con dignidad y hallándose aún en plena posesión de sus capacidades. Desde hace siglos y hasta la actualidad continúa presente dentro de las costumbres japonesas el hacer hanami, una práctica estética que consiste en la callada y reflexiva contemplación de los cerezos durante la primavera, observación que se acompaña con una merienda familiar.

Es entonces conveniente recordar que al silencio le sucede el ruido, que después de la felicidad sobreviene la tristeza, que ante la vida se yergue, sólida, la muerte, que al cabo de la oscuridad se presenta invariablemente la luz. Y que cuando hay amor, se corre irremediablemente el riesgo del desamor.
Todo esto es válido también en sentido inverso, un continuo ir y venir como las olas del mar.
La impermanencia es quizá la única verdad común a la existencia entera.

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