Columna: PARA LA COMUNIDAD
Por. Fernanda Ileana Cueto Flores
Hay etapas de la vida que parecen eternas mientras las vivimos, pero con el tiempo terminan convirtiéndose en recuerdos mucho más rápido de lo que imaginábamos. La escuela es una de ellas. Pasamos años sentados frente a un pizarrón, rodeados de tareas, exámenes y horarios, creyendo que lo importante era aprender fórmulas, fechas o conceptos; sin embargo, con el tiempo entendemos que también crecimos ahí.
Basta escuchar el sonido de un timbre, pasar frente a un salón vacío o volver a abrir un cuaderno viejo para que regresen recuerdos que creíamos olvidados. Porque, aunque muchas veces pensamos que la escuela solo era una etapa más, la verdad es que gran parte de quienes somos hoy nació ahí, entre pupitres.
Crecimos entre pupitres sin darnos cuenta.
Mientras esperábamos el recreo, copiábamos apuntes o contábamos los minutos para salir, la vida iba ocurriendo silenciosamente frente a nosotros. Y quizá eso es lo más curioso de crecer: nunca parece importante mientras sucede. Solo años después entendemos que aquellos días cotidianos terminarían convirtiéndose en algunos de los recuerdos más valiosos de nuestra vida.
La escuela nunca fue únicamente un lugar para aprender fórmulas o memorizar fechas. También fue el escenario donde descubrimos amistades, inseguridades, sueños y versiones de nosotros mismos que todavía no conocíamos. Ahí aprendimos a convivir con personas completamente distintas, a trabajar en equipo, a reírnos hasta llorar por cosas absurdas y a crear códigos que solo nuestros amigos entendían.
Cada salón tenía su propia historia, sus propias voces y esa energía irrepetible que solo existe cuando muchas personas crecen al mismo tiempo.
Hay algo profundamente nostálgico en recordar la etapa estudiantil porque casi siempre viene acompañada de pequeños momentos que parecían insignificantes. Las conversaciones antes de que llegara el maestro, los intercambios de miradas durante una exposición aburrida, las despedidas rápidas al final de clases o la emoción de saber que ya era viernes.
En aquel entonces todo parecía normal, incluso rutinario. Nadie imaginaba que algún día extrañaríamos precisamente eso.
Con el tiempo entendemos que la escuela estaba llena de “últimas veces” que nunca notamos. Un último recreo con ciertos amigos, una última risa dentro del salón, el último día usando uniforme o incluso la última vez viendo diariamente a personas que parecían permanentes en nuestra vida. Y quizá por eso crecer resulta tan extraño: mientras avanzamos, no sabemos exactamente qué momentos se convertirán después en nostalgia.
También están los maestros.
Hay algunos cuyos nombres apenas recordamos, pero existen otros que dejaron algo mucho más importante que tareas o calificaciones. Maestros que hicieron sentir escuchados a sus alumnos, que confiaron en ellos cuando ni siquiera ellos mismos lo hacían o que, sin proponérselo, terminaron marcando etapas enteras de la vida de alguien.
A veces una sola frase dicha en un salón puede quedarse acompañándonos durante años.
Pero quizá lo más valioso que deja la escuela son las personas. Porque crecer junto a otros crea vínculos difíciles de explicar. Hay amistades escolares que sobreviven al tiempo y otras que terminan quedándose únicamente en los recuerdos, pero incluso esas personas que ya no vemos siguen formando parte de nuestra historia. Después de todo, compartieron con nosotros una etapa donde todos intentábamos entender quiénes éramos y quién queríamos llegar a ser.
Conforme pasan los años, muchas cosas cambian. Los salones se vacían, los horarios desaparecen y la vida comienza a moverse mucho más rápido de lo que imaginábamos cuando éramos estudiantes. Sin embargo, algo permanece intacto: la sensación de haber pertenecido a un lugar donde todo parecía más simple. Y no porque realmente lo fuera, sino porque en aquel momento todavía teníamos tiempo para soñar sin tantas prisas.
Quizá por eso los recuerdos escolares suelen hacernos sonreír. No extrañamos únicamente las clases o los edificios; extrañamos cómo se sentía esa etapa de la vida. Extrañamos la emoción de empezar un nuevo ciclo, las libretas nuevas, las amistades que parecían eternas y esa sensación de que el futuro todavía estaba lleno de posibilidades. Cuando somos estudiantes, muchas veces queremos crecer rápido; después, descubrimos que había algo hermoso en no tener todas las respuestas todavía.
El Día del Estudiante debería ser precisamente eso: un recordatorio de todo lo que significa esa etapa. No solo del esfuerzo académico, sino de los recuerdos, las amistades y las pequeñas experiencias que terminan acompañándonos incluso cuando dejamos atrás las aulas. Porque ser estudiante también es aprender a vivir, equivocarse, descubrirse y guardar momentos que un día aparecerán inesperadamente en la memoria.
Al final, quizá todos conservamos una parte de nosotros sentados en algún pupitre. Una versión más joven, llena de sueños, riéndose con amigos o mirando por la ventana mientras imagina cómo será el futuro. Y aunque el tiempo avance y la vida cambie, hay recuerdos que permanecen intactos.
Porque la escuela no solo nos enseñó materias. También nos enseñó a crecer.

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