Por: José Trinidad Mercado Mora*

Guanajuatito, es el barrio típico por antonomasia del antiguo pueblo de Atlacomulco, y continúa siéndolo al presente. ¿Quién lo honró con ese diminutivo tan sugestivo? ¿Cómo ha podido conservar su prosapia provinciana? ¿Por qué al hablar de Atlacomulco los nativos y los que ahora han sentado sus hogares procedentes de otros lugares, con amor natío los unos y con fraternal cariño los otros? Pues por la muy sencilla razón de que es la arteria que fluye el centro a la periferia y viceversa en constante movimiento de gentes que nada más al verlas le están diciendo a uno: “Soy de Guanajuatito, y a orgullo lo tengo”:
Voy a tratar de recordarla allá por fines del siglo antepasado y primeras décadas del pasado, en su situación topográfica y en los habitantes que en esa época se singularizaron.

El Barrio, lo forma una calle ancha y empedrada que corre de poniente a oriente, en una extensión aproximadamente de un kilómetro o poco más, con una pendiente muy pronunciada hacia abajo, desde un principio en las esquinas de la Capilla del Señor del Huerto a la derecha y a la izquierda la casona de los Escamilla, hasta terminar en el Camposanto, el Panteón de los humildes y como fondo a la derecha, el pequeño Cerrito de las Cruces y más, mucho más allá la inmensa mole del Cerro de Jocotitlán; de manera que el panorama es de una belleza imponente.
Puesto de pie el espectador en el arranque del Barrio, se domina casi todo, con su caserío de techos de dos aguas en teja roja con sus aleros al frente y que, en la mayoría de los casos, ostentan sus pretiles engalanados con macetas de floridas plantas en las que siempre, siempre sobresalen “los geranios de mi tierra”, como cariñosamente los llamara nuestro querido y respetado coterráneo el Lic. Isidro Fabela. Todo ello da una vista sugestiva por lo típico.
Con los recuerdos en la mente, vamos a mencionar a algunas de las familias y gentes de esa época que se singularizaron por su arraigo en el Barrio o por sus actividades en el precioso Guanajuatito atlacomulquense.

Partiendo de arriba hacia abajo, hemos de mencionar desde luego, a la derecha, la antigua Capilla del Señor del Huerto, nuestra venerada imagen de Jesús en actitud de resignación; en la esquina contraria, la gran casona que fue de los Escamilla; un verdadero vergel interior, don Refugito el progenitor y sus hijos, hombres y mujeres, todos de una alegría innata: cuenteros, dicharacheros, de pullas ingeniosas y prontos para hacer reír a sus contertulios; la alegría sana, fina y todos ellos, repito irradiando simpatía. Sus descendientes ahora, en la misma tónica.
Seguía la otra casona, con el zaguán siempre cerrado, pero pronto a abrirse al primer llamado, la de los hermanos Carlos y Cirenio Monroy, pintores ambos; Carlos, decorador y Cirenio, creador.

Era el autor de los retablos dedicados al Señor del Huerto, en los que la Fe cristiana del creyente, le ofrecían su gratitud por el milagro recibido. Se llegaban ante don Cirenio y le relataban la acción, el suceso, la invocación: Un enfermo incurable; una caída mortal; un accidente en el trabajo; un asalto; una riña con arma blanca o de fuego; una operación quirúrgica; una caída de un caballo desbocado; un toro persiguiendo amenazadoramente; la aparición de la imagen impidiendo una tragedia; en fin, una variedad de relatos ingenuos, pero impregnados de fe cristiana. El pintor los escuchaba sin perder palabra, sin perder movimientos, gesticulaciones y hasta lágrimas. Un respeto y un silencio al relato, para captar el pensamiento, el sentimiento para interpretarlo y plasmarlo a satisfacción del creyente.

En un pequeño pedazo de tela, en la parte superior al centro, a la derecha o a la izquierda en primer término, la venerada imagen y abajo la escena del caso con figurillas humanas en movimiento: expresión en los rostros, ademanes: caminando o corriendo y en el momento preciso por la invocación del milagro; la interpretación religiosa del pintor; sin poner de más, pero tampoco de menos y para completar el retablo, el pie, o sea el relato con lugar y fecha.
Algunos de los solicitantes pedían un “versito” a fin de que resultara más emotiva la inscripción y hasta donde el pintor podía satisfacer las demandas, lo hacía con el mayor misticismo a su alcance; convirtiéndose así, además de creador, en trovador del pueblo. El colorido natural de figuras, paisaje y cosas, eran verdaderamente sorprendentes. ¡Un artista!, sí, un artista. Esos retablos, antes de entregarlos como fiel testimonio de agradecimiento y homenaje perpetuos a Tata Huertito, los hacían bendecir. Fe y sólo Fe.
Continuaremos con nuestro relato:

Frente a esa casona, vivía aquél que por su mal genio y duros arrebatos, apodaron “El Toro”, Herminio Becerril, a quien toleraban sus desbocados discursos, porque bastaba con mencionarle la guitarra, para que cambiara el gesto de coraje en expresión de alegría y hasta una franca risa sonora escapaba de su boca, pues otra de sus grandes debilidades era pulsarla, afinarla y al rasgueo de la misma, ponerse a cantar y cantar las románticas canciones de la época, haciendo gala de su voz. También formaba parte de la Banda de Música, como lo hemos dicho en otro relato.
Este señor don Herminio, un día desapareció misteriosamente, sin que nadie supiera cómo y por qué; su desaparición por mucho tiempo fue la comidilla de sus amigos y vecinos y aun del pueblo. Un misterio.
Voy a permitirme decir algo sobre este particular: Allá por los cuarentas (del siglo pasado), visitaba yo el pueblo de Atlautla situado en las faldas del Popocatépetl, y en una reunión, alguien me preguntó por mi lugar de origen, a lo que contesté ser de Atlacomulco; la misma persona me dijo que muchos años atrás, había llegado a Atlautla un individuo que dijo llamarse Herminio Becerril y ser Profesor, pero sin dar lugar de origen, sino hasta después de mucho tiempo e incluso trabajar dijo ser de Atlacomulco. De modo que, por pura casualidad, descubrí el lugar donde posiblemente se había ocultado el hombre del misterio. Supe también que allí se había casado, dejado familia y al fin muerto reposaban sus cenizas en el panteón del lugar.

Continuando el recorrido hacia abajo, a la izquierda, la casa de los Flores, entre los que estaban los hermanos Bardomiano y Felipe que, formando parte de la Banda de música, tocaban el clarinete (1° y 2°): Bardomiano, más conocido por don Bardo, alto, fornido, moreno, bonachón, cuentero y siempre dispuesto a hacer reír a quien o quienes lo escucharan; sabiendo también oír, para interrumpir socarronamente con chistes oportunos o pullas ingeniosas. Fue popular don Bardo por eso y por algo más que después contaremos.

Adelante a la derecha, un portal largo anunciaba la fábrica de velas de don Justo Flores (sin parentesco con los anteriores). Este señor a quien le faltaba una pierna y claro, usaba muleta; es de mencionarse porque tenía la concesión que le daban los señores Curas en el sentido de recoger los cabos de ceras de los tres templos del pueblo para fundirlos y con el agregado de las maquetas que compraba, surtía lo consumido, mediante un arreglo económico. No está por demás decir que era el único que, en el pueblo y sus alrededores, fabricaba y vendía velas de cera para las ceremonias religiosas. Recuerdo que los chiquillos que acertábamos a pasar cuando don Justito estaba en plena faena bañando los pabilos con cera líquida que colgaban de un gran arillo nos deteníamos asombrados al ver que aquello se convertiría en velas y hasta en cirios de gran espesor.
Un poco más adelante y sobre la acera contraria, habitaba don Santos, profesor de primaria, y amigo de todos. Este don Santos, era objeto de críticas, de murmuraciones, festivas o condenatorias, según el ambiente, por algo que en el pueblo era insólito como se verá: desenvuelto y parlanchín y a veces doctoral filosofando, se describía a sí mismo como un Sultán criollo, pues teniendo tres “esposas” en la misma casa, solía preguntar “quién de ellas” cuando la ocasión ameritaba.

El caso era cierto y verdadero. Nos atreveríamos a decir que tenía su HAREM. Y he aquí lo que solía suceder: Viviendo juntas las tres como se deja dicho, no faltaban entre ellas discusiones o desavenencias que a veces llegaban casi a mayores: don Santos, al darse cuenta de tales casos, los solucionaba con una facilidad asombrosa. Las reunía, las invitaba a un día de campo, preparando un platillo cada una y así fulanita, preparaba una sabrosa sopa de arroz aderezada con chicharitos, zanahorias e higaditos de pollo, cubriendo todo con rebanadas de huevo cocido para lucirse. Otra, preparaba una exquisita carne de puerco en chile verde, provocadora de apetitos y una última cocinaba frijoles negros guisados en la olla, con epazote y chiles pasilla, dorados éstos al comal primero, para ponerlos a navegar en el caldillo; el vapor que se desprendía del guisado no podía ser más incitante.

Provisto así, salían generalmente con rumbo al Cerrito de las Cruces y para que no se dijera que el Sultán, perdón, don Santos llegaría con las manos vacías, ya se había metido en la bolsa una botellita con mezcal y colgando de la mano derecha un buen jarro de espumoso pulque. Acomodados, y provistos todos de su copita de mezcal, el jefe, muy ceremoniosamente, brindaba “por la unión de la familia” y porque este aperitivo nos borre cualquier mal entendido y ya cuando se trataba de tomarse el primer jarrito de pulque, más ceremonioso aún y más emotivo también, brindaba; “por la unión imperecedera y llena de felicidad de esta familia ejemplar”.

Al final del recorrido, estaba la casa de un respetable señor, de aspecto patriarcal; alto, robusto, de bigote y barba espesos y entrecanos blanco, chapeado; vestía con pantalón pegado y blusa o chaqueta corta, tocado con sombrero de ala ancha y copa elevada: don Buenaventura. Este señor muy de mañana subía diariamente para llegarse a la parroquia a oír misa y comulgar, después de lo cual regresaba a casa a tomar un frugal desayuno y envuelto en una tilma de rayas, se sentaba en el pollito adosado junto al zaguán con dos fines: tomar el sol reconfortante y caliente y detener a los naturalitos, que carga a la espalda, pasaban con el tercio de leña, las “sacas” de carbón o la mantada de maíz, deteniéndolos para su compra y se iniciaba el regateo; que si real y medio (18 centavos) real y medio y cuartilla (21 centavos) que si dos reales a veinticuatro o a veinticinco; un centavo era objeto de regateo largo. Todas estas vendimias o compras, eran para el consumo doméstico o para reventa.

De la casa de don Buenaventura hacia abajo, y muy al fondo se extendía el Camposanto o sea el panteón de los humildes.
Al mencionar a los hermanos Flores, como decíamos antes, vamos a recordar de manera muy particular a don Bardo por algo que solamente a él se le pudo ocurrir y que practicó por una larga temporada como actividad nocturna.

Cuando el sol iba despareciendo allá por los picachos de El Oro y las sombras invadían la atmósfera, noche a noche se veía a los esposos Flores instalarse en el portal de la tienda de los Vélez, frente al jardín, en son de vendimia: Una mesita cubierta con blanco mantel; platos de barro en pila y un canasto conteniendo comestibles. A un lado el bracero de barro con carbón al fuego, una sartén con manteca y como algo indispensable, el aventador para avivar el fuego si el caso lo requería. Declarada totalmente la oscuridad, un farol ahumado al centro de la “cuartilla”, su luz amarillenta con grandes esfuerzos repartía su velada luz en un radio no mayor a tres metros a la redonda. El viento frío se imponía sobre el calor que el brasero despedía.
Dentro de ese ambiente, daba principio la jornada nocturna de los esposos Flores. Diremos en primer lugar, en honor a la señora, que preparaba apetitosos y sabrosísimos antojitos consistentes en pambacitos rellenos para tomarlos fritos y calientitos; nadie, antes de ella ni después pudo imitar esa especial vianda por su contenido y preparación, se saboreaban con verdadero deleite y era de ver cómo los clientes se disputaban la primacía en el servicio. Y no por eso dejaban de ser apetitosos también los tacos meticulosamente enrollados y gordos y fritos exquisitos y como un tercer antojito, las enchiladas en verde, finamente aderezadas con cebolla y polvo de queso añejo, que servidas de la cazuela al comensal se saboreaban como un verdadero manjar.

Hemos de decir que todos estos antojitos salidos de las manos de la señora Flores, sencillamente no tenían igual y por ello mantenían una demanda que resultaba imposible atender. Desaparecida la señora Flores, terminaron para siempre en Atlacomulco los antojitos que hicieron época y de ellos solamente el recuerdo ha quedado provocativo al paladar.
Más volvamos con el simpatiquísimo don Bardo.
Diremos que, junto a la señora, se convertía en su agente de ventas, que no necesitaba, claro. El oído atento, la vista aguzada perforando la oscuridad. El completo silencio se iba rompiendo con el rumor de voces y risas que a medida que se acercaban, procedentes del jardín se aclaraban las conversaciones, a la par que lo que eran siluetas se iban convirtiendo en seres humanos formado pequeños grupos de amigos o familias que deliberadamente llevaban la intención de darle gusto al paladar y antes de que esos grupos cruzaran la calle, don Bardo al encuentro les daba un alegre y cordial saludo y tomándolos del brazo, los llevaba hacia la mesita entre pláticas insustanciales, pero adornadas con sonoras risas.
Ya frente a la señora, sin que antes nadie hubiera dicho o pedido algo, don Bardo decía: Hijita, aquí te traigo a mis amigos (o familia) para que les sirvas lo que apetezcan; esmérate con la preparación y en el servicio, que son mis invitados y así continuaba la charla y mezcla de risas, durante la preparación y deglución de los antojitos solicitados ya por los presentes. Nadie dejaba de alabar lo servido pero siempre había preferencia en los pambacitos. Cuando don Bardo, sin dejar de platicar, disimuladamente cogía un pedazo de papel de estraza y lápiz al canto, hacia anotaciones y después de las elementales operaciones de multiplicar y sumar, con una palmadita al hombro y una sonora carcajada, presentaba la cuenta de lo consumido, que si bien a nadie le tomaba por sorpresa tan inesperado presente, también era cierto que lo que nadie había pedido aún, convertía en obligada venta, lo que al principio había sido una atenta y amable invitación y mutuamente se festejaban al final.

*Extracto del libro Mis Recuerdos de Atlacomulco de José Trinidad Mercado Mora.
Fotografía José Trinidad Mercado Mora cortesía "30 ATLACOMULQUENSES DISTINGUIDOS" de Antonio Corral Castañeda y Adela García Moreno
Fotografías antigüas de Atlacomulco archivo Revista d'interés
Fotografías ilustrativas generadas por IA





