«De los amigos más íntimos nacen a menudo, en política,

los enemigos acérrimos, los más crueles».

Aristóteles

Por Héctor Bernal Hernández*
Juana Elizabeth Díaz Peñaloza, quien hoy ocupa la presidencia municipal de mi querido Pueblo Mágico y Municipio Heroico: El Oro, México, no llegó ahí por méritos propios. Postulada por Morena, se apoyó en prestigios ajenos: el aprecio y la fe que un gran sector de la población profesa al ex presidente Andrés Manuel López Obrador, y el cariño y respeto que se dedicaba a la entrañable maestra Angelita, su madre. Hoy, sin esos soportes, se muestra tal cual es y lo que hace es traicionar al pueblo al que prometió servir. No hay nada peor, tanto en la vida como en la política, que construir una carrera sobre el prestigio ajeno para luego pisotearlo desde el poder. No es solamente incumplir la palabra: se traiciona la esperanza, la buena fe y la confianza que otros depositaron en ella.

Quienes le creyeron, lo hicieron bajo una promesa muy clara: que su gobierno se conduciría conforme a los principios de la Cuarta Transformación —no robar, no mentir y no traicionar al pueblo—. No eran simples palabras de campaña, eran compromisos que despertaron expectativas y llevaron a muchas personas a darle su voto y su confianza. Sin embargo, a poco más de la mitad de su administración, esa confianza ha sido profundamente traicionada. Se le señalan presuntos actos de corrupción, nepotismo, prepotencia y autoritarismo, así como una insolente falta de atención a las demandas de la ciudadanía. Son acusaciones que deben investigarse y, en su caso, acreditarse; pero el descontento que expresan los ciudadanos merece ser escuchado.

Lo más doloroso es que quien llegó al poder prometiendo servir al pueblo terminó siendo señalada precisamente por aquello que juró combatir. La decepción es mayor porque no es lo mismo que robe quien siempre fue conocido por corrupto, a que lo haga alguien que pidió confianza, invocó principios y se presentó como alternativa de transformación.

La traición, en política tiene un efecto devastador: hace que la gente deje de creer. Y cuando eso sucede, no solo se perjudica la persona que gobierna, también se daña el proyecto político que la respaldó. En este caso, el mal desempeño de Díaz Peñaloza ha dado argumentos a quienes buscan desacreditar a Morena y ha provocado un rechazo que alcanza también a sus simpatizantes. Eso es lo verdaderamente grave: que los errores y abusos de una persona terminen siendo utilizados para juzgar a todo un movimiento. Una mala administración puede perder una elección, pero la traición destruye la confianza en todo un proyecto.

Y, paradójicamente, mientras Morena enfrenta ese desgaste, el PRI de El Oro encuentra una oportunidad de oro. Lo que no hicieron ellos, la pésima administración de Juana Elizabeth Díaz Peñaloza puede terminar entregándoles en bandeja de plata el triunfo electoral en 2027.

Irónicamente, Díaz Peñaloza es quien mejor ha trabajado para el PRI de El Oro y sus caciques. No porque haya llegado por este partido a gobernar, sino porque sus decisiones y su pésimo desempeño los han fortalecido.

Esa es la paradoja más amarga: quien prometió no traicionar al pueblo terminó siendo la persona que más ha burlado la confianza de quienes la llevaron al poder. Porque la corrupción puede investigarse, la prepotencia puede denunciarse y el autoritarismo puede combatirse. Pero la traición deja una herida más profunda: la sensación de haber sido engañado por alguien en quien se creyó. Y cuando esa herida la siente un pueblo entero, recuperar la confianza no se logra con discursos, sino con hechos, transparencia, responsabilidad y respeto a la ciudadanía.

El Oro no pide gobernantes perfectos. Pide gobernantes que no olviden para quién y para qué llegaron al poder: para servir a la gente, respetar su confianza y cumplir la palabra empeñada. Porque al final, los cargos pasan, los partidos cambian y las elecciones terminan. Lo que permanece es la huella que cada gobernante deja en su pueblo.

Y si algo debe quedar claro en El Oro es esto: se puede perdonar un error, se puede corregir una equivocación. Pero cuando se traiciona la confianza de un pueblo, recuperarla puede ser la tarea más difícil de todas. Porque quien traiciona no solo pierde el respaldo de quienes confiaron. Pierde algo más valioso: el derecho a volver a pedir su confianza. Y lo más grave es que en el camino arrastra a todo un movimiento social.
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*Imagen de portada generada con IA

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