Columna LA LIBRETA DE JACK
Por Jacobo Gregorio Ruiz Mondragón*
«Cualquier hombre puede ser padre, pero se necesita alguien especial para ser papá». La frase parece sencilla, pero encierra una enorme diferencia que las arenas del tiempo se encargarán de revelar, porque la paternidad no se define el día en que nace un bebé, sino en los cientos de días que con posterioridad transcurren.

Ahora bien, cumplir con las responsabilidades cotidianas, no significa ser Padre, ya que por sí solas no construyen la huella emocional que permanecerá en la reminiscencia. Los hijos, difícilmente recordarán a detalle quién los llevó cada mañana a la escuela, pero nunca olvidarán quién los escuchó cuando tenían miedo, quién les celebró su cumpleaños, sus pequeños triunfos como si fueran gigantescos o quién estuvo presente cuando el mundo parecía demasiado grande para ellos. El tiempo compartido, la atención genuina y las muestras de cariño, son las semillas invisibles de las que brotarán los recuerdos más duraderos, porque al final, la infancia se medirá por los momentos en que se sintieron vistos, escuchados y amados, y ese es el legado más valioso que puede dejar un padre: no la rutina que cumplió, sino el amor que supo hacer sentir.

Somos la prolongación de historias pasadas, ecos de voces que nos formaron y huellas de quienes caminaron antes que nosotros. Por eso, un padre no sólo educa a un hijo: contribuye a modelar la manera en que amará, enfrentará el miedo, construirá sus vínculos y sobre todo en la forma en que mirará el mundo, con la confianza de que aunque emprenda su vuelo, siempre llevará consigo a quien le enseñó a disfrutar el firmamento.

Mientras la maternidad suele asociarse culturalmente con la certeza de la presencia; la paternidad, ha estado marcada por claroscuros, coexistiendo con historias de ausencia, migración, abandono o distancia emocional. Infinidad de familias, han crecido con una silla vacía o con una presencia física que no siempre se transformó en cercanía afectiva, y de ahí, que su celebración suele caminar por la orilla del calendario, casi como un invitado discreto que no desea interrumpir una conversación.

Desde luego, el «Día del Padre» se celebra con menos estruendo, porque muchos padres han construido su historia precisamente desde el silencio, sin embargo, el silencio no necesariamente significa ausencia, a veces, es permanencia que sostiene un relato desde la sombra.

Quizá el mejor regalo que un padre puede obsequiar a su hijos, sea en sentido metafórico, un par de alas para alcanzar sus sueños y unos tenis para recorrer con valentía los caminos más difíciles. Las primeras les permitirán mirar más allá del horizonte; los segundos, les ayudarán a mantenerse firmes cuando el terreno se vuelva incierto. Porque vivir exige ambas cosas: la capacidad de soñar y el coraje de avanzar. Y cuando un padre logre ese objetivo, dejará una herencia invisible e invaluable, que dará certeza de que los suyos podrán encontrar un rumbo, aun cuando él ya no esté para mostrarles el camino.

Crecer, tal vez sea entender, que muchas de las alas con las que hoy cruzamos cada horizonte, fueron confeccionadas con los sacrificios que alguien guardó en silencio.

Obviamente, no se puede soslayar la realidad de quienes han decidido no tener hijos. Cuando una generación duda en traer hijos al mundo, no necesariamente está rechazando a la familia: muchas veces está expresando su preocupación insondable por el futuro que heredará a sus pequeños. Escuchar sus razones, es otra forma de honrar a los padres de ayer, comprender a los de hoy y preguntarnos qué debemos cambiar, para que los de mañana vuelvan a imaginar la paternidad no como un escenario imposible, sino como uno de los actos de amor y confianza más grandes que puede ofrecer un ser humano.

                            ¡¡¡ Feliz día del Padre!!!

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