Columna: DESDE LA BANQUETA.
Por Gabriel Escalante Fat*

«¿Cómo nos arreglamos?»

Frase que en México está

intrínsecamente ligada

a un acto de corrupción.

                Enrique Peña Nieto ha garantizado su trascendencia en la historia mexicana por ser, tal vez, el presidente que más frases y acciones chuscas ha tenido durante el ejercicio de su mandato al frente de este inexplicable país llamado México.
                Desde el “infrastruchtur” en su intento de hablar inglés cuando como candidato fue al Foro Económico Mundial, hasta el corazón con forma de Sabritón en su último Grito de Independencia, pasando por sus angustias en la Feria del Libro, la banda presidencial resbalosa, el pastel derribado, la teoría matemática que intentó demostrar que cinco minutos eran menos que uno, la confirmación de no ser “la señora de la casa”, el chistorete fallido del Peña-fiel y un larguísimo etcétera, el atlacomulquense se empeñaba en demostrar que nunca fue el lápiz más afilado de la caja.

                Fuera de lo anecdótico, el  expresidente mexicano expresó en dos ocasiones una hipótesis que le fue duramente criticada.
                 El 26 de junio de 2014, durante el evento “Los 300 líderes más influyentes de México”, Peña dijo desde el pódium: Estoy convencido de que el problema que tenemos para enfrentar la corrupción parte, primero, de reconocer que es una debilidad de orden cultural, idea que ya había deslizado en una entrevista con motivo del 80°aniversario del Fondo de Cultura Económica, aunque sin tanta contundencia.
            Al año siguiente, en mayo de 2015, en el Foro Económico Mundial sobre América Latina, celebrado en Quintana Roo, repitió el concepto, ampliándolo: "La corrupción es un asunto de orden a veces cultural, que es un flagelo de nuestras sociedades, especialmente latinoamericanas y que, si realmente queremos lograr un cambio de mentalidad, de conductas, de práctica, de asimilar nuevos valores éticos y morales debe ser un cambio estructural desde la sociedad". Esta declaración, con algunos tropiezos de sintaxis, la emitió un día después de que el influyente diario británico Financial Times (tan vilipendiado por la 4T, que se toma sus artículos como ataques directos) había dicho “el mexicano ha perdido ya la paciencia por tanta corrupción, llegó a su límite”.

                Nunca fui fan de Enrique Peña. Desde que lo conocí, en 1994, me pareció un muchacho atildado, casi excesivamente amable, muy hecho al sistema priista, pero al mismo tiempo bastante limitado para el puesto de secretario particular del secretario de Desarrollo Económico que entonces desempeñaba, ya no digamos para los que ocuparía después.

                Hoy, 32 años después de aquellos lejanos encuentros con Enrique, reconozco que sus administraciones al frente del Ejecutivo Mexiquense y de la Presidencia de la República superaron mis expectativas, quizá porque supo rodearse de un equipo capaz al que no pretendió imponer sus caprichos.  Seguro estoy también que, en ambos ejercicios, la corrupción campeó a sus anchas en la esfera gubernamental, factor que lo debilitó políticamente al grado de que quienes lo sucedieron en sus encargos fueron opositores. Antes de que me digan que estoy equivocado porque Eruviel Ávila era priista (ya está en Morena, por cierto), recordemos que no era el elegido de Peña para relevarlo, entre otras cosas porque provenía de un grupo ajeno al Atlacomulco-Toluca, del que habían salido 9 de 10 previos gobernadores (Beteta fue la excepción), desde 1963.
                Estamos a siete años y medio del final del sexenio peñista. Ese que en su primer año auguraba el resurgimiento y modernización del PRI y que declinó mucho antes de tiempo por dos factores: el mal manejo de la crisis derivada de la desaparición de los normalistas de Ayotzinapa y la corrupción exhibida mediante el escándalo de la “Casa Blanca” de Angélica Rivera, que a cada explicación y justificación no hacía más que hundir en el descrédito a la “pareja presidencial”.

                Y durante este período de siete años y medio en que gobiernan los que prometieron “no mentir, no robar y no traicionar”, se ha destapado una serie de actos de corrupción que hacen palidecer a la “Casa Blanca” y a la “Estafa Maestra”, iconos de los movimientos turbios del peñato. Conciudadanos: la 4T nos ha mentido y nos miente cada día; nos ha robado y nos sigue robando y ha traicionado a quienes votaron por un “movimiento” que ofreció a los electores un México distinto y mejor y que sólo ha conseguido agravar los vicios de los viejos regímenes que han gobernado a nuestro país.

                Tengo que dar crédito a las duras afirmaciones de Peña Nieto. La corrupción en México está tan arraigada como la tortilla y el tequila y forma parte —aunque nos pese— del bagaje cultural de nuestra patria.

                Encontramos corrupción en los clásicos arreglos entre agentes de tránsito o guardias nacionales de caminos y conductores, quienes participamos activamente para que esta práctica no termine.

                Persiste la corrupción en muchas oficinas de gobierno, donde casi siempre hay “un modo” de saltarse turnos o agilizar trámites. ¿Y los usuarios? Felices.

                Presente la corrupción en las áreas de compras del más modesto ayuntamiento y de la más importante secretaría de Estado. Las adjudicaciones directas, las licitaciones amañadas y las empresas fantasma siguen más vigentes que nunca.

                Aterradora la corrupción en los procesos electorales en los que, con tal de asegurar los triunfos, se permite la circulación de dinero proveniente de actividades delincuenciales para, a cambio de esas “aportaciones” entregarles territorios y cargos públicos a los grupos del crimen organizado.
                Indignante que una de las primeras acciones que presumió AMLO en el segundo mes de su mandato (el combate al huachicol), con todas las molestias que a los consumidores de combustible nos causó, sólo hubiera sido un distractor para poner en operación un sistema corrupto de mayor envergadura y controlado completamente por Pemex y la Marina.

                No nos damos cuenta de lo grave que resulta que, cuando encontramos a un político que no se ha enriquecido a su paso por cargos públicos importantes, lo aplaudimos y lo destacamos como alguien especial, ejemplo de honestidad. ¡Qué bueno que se le reconozca! Pero lo normal sería que un alto porcentaje de servidores públicos no tomara del erario ni un peso más de lo que le corresponda legalmente como sueldo y prestaciones. Está claro que hemos perdido la dimensión de los méritos.
                Enrique Peña Nieto no fue el gran presidente de México que muchos esperaban. No logró consolidar el regreso del PRI, ni renovarlo, ni menos aun devolverle su antiguo esplendor. No pudo capitalizar la coyuntura única en décadas de haber conseguido un acuerdo político entre los tres principales partidos del país. No detonó para bien el llamado “Momento Mexicano”, que habría mejorado las condiciones de vida de muchos connacionales.

                Pero —ahora lo entiendo— siempre estuvo consciente de que uno de los mayores retos, para los que no tenía una propuesta de solución, era la corrupción como un asunto de orden cultural, improbable de erradicar en el corto o mediano plazo.

CASO CERCANO

                El señor Clemente Lorenzo Maganda, empresario de la construcción radicado en Calimaya, Estado de México, fungía hasta hace poco más de un mes como Encargado del Despacho de la Dirección de Obras del municipio de El Oro.
                Se dice que fue visto por última vez en Calimaya el 4 de mayo pasado, aunque desde el 29 de abril que no se presentaba en su oficina en El Oro, luego de citar a delegados municipales, inconformes por la falta de obras en el municipio.

                El 7 de mayo, en la Fiscalía del estado de Guerrero, se denunció la desaparición de Maganda y se emitió una ficha de búsqueda.

                El 13 de mayo, la ínclita alcaldesa aurense Juana Elizabeth Díaz Peñaloza, lo destituyó del cargo por no presentarse a laborar, a pesar de su condición de desaparecido.

                El 20 de mayo tuve oportunidad de entablar comunicación con una persona de mi pueblo, quien me informó que en realidad el exfuncionario había desaparecido por propia voluntad, una vez que hubo recolectado —total o parcialmente— $150.000.00 a cada empresa constructora interesada en participar en las obras municipales, como cuota de “entre” para ser consideradas en las licitaciones.

                Desde luego que no existen pruebas documentales de estas extorsiones/cohechos y que los constructores involucrados se concretarán a tragarse su coraje y a lamerse las heridas después de esa lesión en su peculio.

                Cabe la posibilidad de que la desaparición de Maganda no tenga nada que ver con la extorsión a los constructores.

                Un caso complicado, sin resolver, pero con todos los visos de tener su origen en actos de corrupción. ¿Asunto de orden cultural?


Guadalajara, Jalisco, junio 10, 2026.

CONTACTO: gescalantefat@aol.com

CONTACTO FB: Gabriel Escalante

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