Columna: CANDELABRUM
Por: Ximena Monroy*
En el transcurso de la vida humana, son incontables los obstáculos que, de un modo u otro, deben ser sorteados. No es exagerado afirmar que el sufrimiento nos encuentra a todos por igual a lo largo de las diversas etapas de nuestra existencia.

Varias teorías afirman que la principal fuente de infelicidad es el apego, pero no tanto por él mismo sino por su antagonista, el desapego, la pérdida –siempre incómoda e inconveniente –de aquello que atesoramos y valoramos más que a nada.
Los seres humanos acumulamos cantidades enormes de preciados bienes: obtenemos dinero gracias al arduo trabajo cotidiano, luego podemos decidir ahorrarlo o bien gastarlo en aquello que más nos apetezca, tenemos también prendas de ropa favoritas de las cuales no nos desharíamos por nada del mundo, tenemos joyas, libros, objetos que forman parte de la historia familiar, nuestro querido y entrañable hogar –la casa en la cual crecimos o la que construimos para formar en ella una familia.

Gozamos también de bienes invisibles como la salud, el amor y la amistad, los cuales nos brindan quizá mayor bienestar y satisfacción que ninguna otra cosa, porque –en especial los últimos dos –implican necesariamente la presencia de otros seres. 
Todo está relativamente en orden mientras tenemos algunos de estos privilegios con nosotros. Sin embargo ¿qué pasa cuando tenemos tantos apegos? Cada uno de ellos simboliza un miedo a la pérdida, miedo que a veces -como una pesadilla repentina- puede materializarse en la realidad.

En esos momentos es como si fuéramos sumergidos en una tina con hielos.

Ya las antiguas filosofías y religiones nos brindaban recetas para lidiar con esto de la mejor manera posible: el estoicismo, el cinismo, el budismo o bien, el cristianismo (por mencionar algunas).   

En este sentido, las figuras de Buda, de Diógenes de Sinope y de San Francisco de Asís, a pesar de hallarse distanciadas por los siglos, destacan por su resolución a entregarse al apego de lo estrictamente espiritual y por su encuentro con lo primordial a través de la carencia de todo.
Más allá de esto, es imprescindible mencionar la grandiosa dificultad que entraña trabajar esta clase de apego liberador para la mayoría de los mortales.

Todos nos encontramos peregrinando y claro, sufriendo a causa de nuestros bienes y afectos.

Hay una forma de apego que se desarrolla sin necesidad de diálogos profundos sino por el más puro y simple deseo humano de compañía: la relación con los animales.   
Éste es quizá uno de los más claros indicadores de la necesidad humana de prodigar y recibir afecto, una conexión que se establece más allá de las palabras, una consideración mutua y silenciosa que implica un juego de miradas y contactos físicos.

Poseer un animal de compañía es una elección que se hace libremente, porque se puede, porque se quiere y en ocasiones porque se debe encontrar una solución al siempre profundo problema de la soledad, quizá también por recomendación médica o para paliar desviaciones de la conducta.

Sin embargo, en la mayoría de los casos -y me refiero a la gente de buen corazón, gente de corazón sensible, gente que se permite sentir y ser tocada -se encuentra uno con el convencimiento de que lo que empezó con un pequeño animal travieso se ha convertido en una experiencia profundamente transformadora.

El caos que se desparrama por toda la casa se vuelve de pronto imprescindible y nos hallamos ante la presencia de un miembro más de nuestra familia. Los especialistas han incluso propuesto desplazar el término “familias con mascotas” por el de “familias multiespecie”.
Tener en casa un animal de compañía implica poner en cumplimiento una larga lista de requerimientos: vigilar su salud, asegurar su buena alimentación y una adecuada hidratación, proveerle de un buen lugar para dormir, atender su higiene y la limpieza de la propia casa para que toda la familia pueda convivir en un ambiente mayormente inocuo, y yendo incluso más allá hay quienes compran a su mascota todo tipo de accesorios para mimarlos y adornarlos tiernamente.

Lo sorprendente es que el enorme esfuerzo que todo esto requiere se sobrelleva sin lamentaciones y sin escatimar, ignorando incluso la pesadumbre o el malestar que se pudiese desencadenar. La pregunta es ¿por qué? Si todo nos cuesta, si todo nos pesa, si nuestra naturaleza es cambiante y a veces agria.

La respuesta bien puede ser el apego, el vínculo que creamos con los animales que en ocasiones entraña una solidez mayor que aquel creado con los propios seres humanos. E irremediablemente, esto se convierte en amor. Nadie es haragán con lo que ama, como escribió Aldous Huxley.

Se dice que jamás se vio llorar al gran Alejandro, pero el día en que murió su caballo, Bucéfalo, ocultó su distinguido rostro entre sus manos y lloró como un niño, incapaz de contenerse y sin importarle que sus oficiales estuvieran mirando. Fundó una ciudad llamada Bucefala en el lugar de su muerte. El hombre más poderoso de la época doblegado frente al cadáver de un caballo.
Bien es sabido el precio que debe pagarse por los lazos afectivos y que la enfermedad y en última instancia, la muerte son dos eventualidades que deben ser aceptadas. Se sabe también que el dolor de la pérdida se extiende a todos los seres amados, sean estos humanos o animales y que prácticamente no hay diferencia en cuanto a su intensidad.

¿Vale la pena apegarse? El apego a lo material conduce a la pérdida de tiempo y al sufrimiento en vano, pero si el apego entraña amor, es preciso decir que sí, aunque duela, porque ésta es la única medida válida, el único modo en que nuestra vida adquiere sentido.    

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