Columna: CIENCIA
Por: Raymundo Sánchez Orozco*

Amanece y todo parece igual que siempre, pero no lo es del todo. Abres la llave y el agua sale, aunque ya no con la misma presión de antes. Sales a la calle y el aire se siente más pesado, como si respirar fuera un poco más difícil. Desde temprano empieza a hacer calor, y a lo largo del día se vuelve más intenso de lo que solía ser hace algunos años. Son cambios pequeños, fáciles de ignorar en la rutina, pero constantes. Poco a poco empiezan a incomodar, a hacerse notar. Y cuando los juntas, dejan de parecer coincidencias: son señales de una crisis ambiental que no siempre se ve claramente, pero que ya forma parte de la vida diaria de millones de personas. El agua que ya no es segura ni suficiente Mientras preparas café o te duchas, el agua parece cumplir su función, pero detrás de ese gesto cotidiano hay una realidad compleja. En muchas regiones del país, el acceso al agua se ha vuelto irregular, y en algunos casos, incierto. El crecimiento urbano, la sobreexplotación de acuíferos y el uso intensivo en la agricultura han llevado a una situación en la que el recurso más básico empieza a escasear. Resulta sorprendente pensar que, aunque abrimos la llave todos los días, gran parte del agua subterránea en México tarda décadas, incluso siglos en recargarse. Pero no se trata solo de cantidad. La calidad del agua también está en riesgo. Muchos ríos han dejado de ser fuentes limpias y se han convertido en conductos de desechos industriales y urbanos. En algunos lugares, el agua que fluye ya no refleja el cielo, sino una mezcla opaca de contaminación. Es una contradicción silenciosa: tenemos acceso al agua, pero no siempre a agua segura.

El aire que respiramos sin cuestionar
A medida que avanza el día, el tráfico crece y con él una nube invisible de contaminantes. Respirar es automático, pero rara vez pensamos en lo que realmente entra a nuestro cuerpo. En muchas regiones de México, el aire contiene partículas tan pequeñas que no podemos verlas, pero sí sentir sus efectos a largo plazo. Estas partículas pueden alojarse en los pulmones e incluso pasar al torrente sanguíneo. Un dato que suele sorprender: vivir en una ciudad con alta contaminación puede ser comparable, en términos de impacto respiratorio, a fumar de manera pasiva durante años. Además, investigaciones recientes han encontrado que la calidad del aire no solo afecta la salud física, sino también la capacidad de concentración e incluso el estado de ánimo.

Los ecosistemas que desaparecen sin que los veamos
Pocas personas piensan en los bosques, selvas y ecosistemas que sostienen la vida más allá de las ciudades. México es uno de los países más biodiversos del mundo, pero también uno de los que enfrenta una pérdida acelerada de sus ecosistemas. La tala ilegal, la expansión agrícola y el crecimiento urbano están transformando paisajes completos. Lo más inquietante es que esta pérdida ocurre en silencio. No hay alarmas cuando desaparece un bosque, pero sus efectos son profundos. Los árboles no solo capturan carbono: regulan el clima, almacenan agua y protegen el suelo. Sin ellos, el equilibrio natural se rompe. Un dato curioso y revelador es que los bosques funcionan como esponjas gigantes: absorben agua en temporada de lluvias y la liberan lentamente. Sin esta función, las sequías se intensifican… y las inundaciones también.
La huella invisible de lo que consumimos
Una acción aparentemente simple resume gran parte del problema: sacar la basura. Cada bolsa contiene restos de decisiones diarias, envases, empaques, objetos de uso breve que no desaparecen al dejarlos en la calle. En México, gran parte de los residuos termina en rellenos sanitarios saturados o en espacios abiertos donde pueden filtrarse al suelo y al agua. El plástico es uno de los ejemplos más claros. Puede tardar cientos de años en degradarse, pero nunca desaparece del todo: se fragmenta en microplásticos que ya han sido encontrados en el agua potable, en los alimentos e incluso en el cuerpo humano. Esto plantea una pregunta incómoda pero necesaria: ¿realmente estamos tirando la basura… o solo la estamos moviendo de lugar?
Un clima que ya no es el mismo
A lo largo de todo el día, hay un elemento constante: el clima. El calor es más intenso, las lluvias más impredecibles y los fenómenos extremos más frecuentes. Esto no es una percepción aislada, sino parte de un cambio climático que ya se manifiesta en la vida diaria.
En México, estos cambios afectan desde la agricultura hasta la disponibilidad de agua. Las sequías prolongadas reducen la producción de alimentos, mientras que las lluvias intensas pueden provocar inundaciones repentinas. No todos viven esta crisis de la misma forma. Mientras algunos pueden adaptarse, comprar agua, instalar filtros o usar aire acondicionado, otros enfrentan condiciones mucho más difíciles. Comunidades rurales y zonas marginadas suelen ser las más afectadas, ya que dependen directamente del entorno natural para subsistir. Esto revela una dimensión clave: la crisis ambiental no es solo ecológica, también es social. Afecta más a quienes menos recursos tienen para enfrentarla.

Mirar diferente para actuar distinto
Al final del día, la pregunta no es si la crisis ambiental existe, sino por qué muchas veces no la vemos. Tal vez porque se ha integrado a nuestra rutina, porque ocurre gradualmente o porque no siempre se presenta como una emergencia evidente. Sin embargo, reconocerla es el primer paso para cambiarla. Pequeñas acciones: reducir el consumo, cuidar el agua e informarse, pueden parecer insignificantes, pero adquieren fuerza cuando se multiplican. A esto se suma la importancia de exigir cambios más amplios: mejores políticas, ciudades más sostenibles y decisiones colectivas responsables. El México que no vemos está ahí, en cada momento del día, en cada recurso que usamos y en cada decisión que tomamos. No es una crisis lejana ni ajena: es parte de nuestra realidad inmediata. Y quizá el mayor desafío no sea solo resolverla, sino aprender a reconocerla. Porque cuando empezamos a ver lo invisible, también empezamos a entender lo que realmente está en juego.

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