Por: Ximena Monroy*
Se levantan nuevos vientos.
Innumerables veces hemos sentido que los tiempos están modificándose vertiginosamente, un murmullo, un parpadeo y todo cambia con una brusquedad tal que es imposible no tener miedo al futuro.
En la totalidad de civilizaciones alguna vez existentes ha ocurrido el mismo fenómeno mediante el cual la humanidad se inclina a esta clase de temor.
Hemos oído ya que el celular traerá calamidades y tribulaciones, que profundas grietas se abrirán en el cerebro de las nuevas generaciones y en las sociedades ya demasiado enrarecidas quizá para llamarse tales.
Tal vez tendemos demasiado a la imaginación, evidentemente exacerbada. Posiblemente tales cosas jamás ocurran y la raza humana aprenda a vivir aceptablemente con su eterno ego, su tecnología de punta y sus interminables contradicciones.
Pero lo que es concretamente visible hoy y que llama la atención por su notabilidad, es la arrolladora tendencia a repetir patrones.
La apremiante moda.
Están aquellos que influencian la conducta de los demás mediante su validación de lo que es correcto, incorrecto, aceptable, indeseable y hasta el modo de mirar y sonreír.
Recientemente una imagen me causó una honda impresión y me dirigió hacia la percepción de la importancia de la popularidad.

Es bien sabido que el Museo de Louvre alberga una fabulosa cantidad de joyas artísticas que constituyen una considerable porción del patrimonio mundial. Un legado apasionado, desinteresado y perdurable que nos viene a través de siglos de mentes refulgentes como el manto estelar.
Pero la obra más popular por mucho es “La Gioconda”. El mundo gusta de llamarla “Mona Lisa” y su fama se extiende hacia todos sus confines.
Reposa suavemente en la pared, ligeramente burlona, un cuadro en esencia pequeño y discreto que yace al amparo de supuestas interrogantes aun sin respuesta pero que quizá sea escasamente confusa, más bien transparente y refugiada en la eterna picardía de la sonrisa que clama que no hay nada más que encontrar ahí, que ya todo fue cuidadosamente escudriñado a menos, claro, que improbablemente pudiéramos preguntarle al propio Leonardo.
Pero me parece que un acontecimiento inaudito e improbable que sin embargo ocurrió, jugó un papel decisivo en el incremento de su popularidad.

El 21 de agosto de 1911 un hombre con los nervios perfectamente templados y un plan por demás ingenioso, asestó un duro golpe en la hasta entonces inviolable seguridad de uno de los museos más importantes del mundo.
Su nombre era Vincenzo Peruggia. Era italiano, y también audaz y discreto como un sutil goteo en la llave del lavamanos.

Trabajaba en el Louvre, concretamente en al área de carpintería y mantenimiento, conocía a la perfección el sistema de seguridad y el funcionamiento interno de esta especie de cueva del tesoro.
Se dice que quería que La Gioconda siguiera sonriendo en Italia, su siempre amada Italia, la cuna del genio, su exquisito hogar. Un lugar a réplica del mismo cielo donde su sonrisa estaría más amplia que nunca.
La tuvo en su poder durante 2 años, después fue sorprendido tratando de venderla a un anticuario llamado Alfredo Geri, quien inmediatamente y a ojo experto notó que tenía en sus manos la obra original.
Un profundo patriotismo y quizá un delicado toque de anarquía fueron las motivaciones que años más tarde alegó haber tenido pero la verdad permanece en el misterio.
Hubo risitas nerviosas y francas ganas de felicitarlo por atreverse a desafiar al orgullo francés y su infalibilidad a la hora de proteger lo que está en su suelo.
El episodio logró poner el foco mediático sobre esta obra, el cual se mantiene inquebrantable hasta hoy auspiciado por supuesto por las redes sociales.
Miles de personas se amontonan cada día alrededor del cuadro para tomarse fotografías sin flash, para “observarla” unos cuantos segundos, dar la vuelta y salir por el mismo camino. Se intuye una sutil sensación de mirar sin apreciar.
Frente a La Gioconda (cuya maestría no cuestiono) se encuentra un cuadro de proporciones apabullantes.
Se trata de las Bodas de Caná.

Su monumentalidad la convierte en una de las obras más grandes del museo. Mide 9.94 metros de largo por 6.77 metros de ancho y casi podría decirse que al momento de pintar, Paolo Veronese no escatimó tiempo ni esfuerzo.
Los monjes benedictinos residentes en San Giorgio Maggiore, Venecia habían sido muy claros a la hora de especificar las características del cuadro que estaría destinado a decorar su refectorio.
Me atrevo a aseverar que fueron exigentes y rigurosos pues la grandeza cargada de detalles estimularía su apetito y una inclinación cada vez mayor al rapto místico.
Por tanto, Veronese estuvo presionado pero al contemplar el fruto de sus desvelos e innumerables dotes artísticas no pudo menos que sentirse satisfecho. Era el año de 1563 y todo le iba maravillosamente.
Pero ahora a pesar de abarcar una pared entera no consigue llamar la atención de los incautos visitantes. Parece que la ceguera de la popularidad impone una férrea oscuridad en esas personas: atenaza, paraliza y acorta la percepción de la belleza.
Es una lástima que la experiencia de estar en el Louvre y aun la experiencia de estar vivo se vea sesgada de este modo.
Queda todavía la misión de adoptar una serena oposición al veloz arrastre de la ola de la repetición, de lo que “está de moda”, porque no hay nada tan rematadamente inhumano que ser un incesante seguidor de las masas.

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