Por Antonio Corral Castañeda*
Una anécdota más que ya pocos recuerdan, es la que cuenta que, por esos viejos tiempos del también viejo pueblo de Atlacomulco, circulaba de boca en boca un versillo demasiado expresivo que decía:
A mi buen Chito Medrano
Se le ha achicado la mano
De tanto rascarse el ano.
El versito éste obedecía a que el buen Chito tenía un marcado defecto físico de “origen”, consistente en que poseía la mano y el pie izquierdos un poco más cortos de los derechos; deficiencia que para nada lo acomplejaba, por el contrario, lo mostraba orgullosamente. El Chito Medrano era otro de esos típicos personajes que alegraban las reuniones, ya fuera en las casas o en la calle, adornando con amena y entusiasta conversación con dicharachos de su propia inspiración, lo que provocaba la algarabía y risas espontáneas. Lo caracterizaba su natural simpatía, su alegría, su emotividad y desenfado al hablar. Sus movimientos mímicos con las manos, los brazos y la cabeza eran tan exagerados que había la necesidad de abrirle cancha para que se pudiera explayar en sus actuaciones. Era amigo de todo el pueblo, por lo que nunca peleaba con nadie y al caminar por la calle era cotidiano el saludo y la respuesta de “adiós manito”, o “adiós mi hermano”.

No obstante, algo que lo hacía estallar, que lo ponía fuera de sí, que le enrojecía el rostro e incluso lo hacía vociferar una retahíla de improperios, era el hecho de que alguien dijera con toda intención, conociéndole dicha debilidad y en son de broma: “Chito, hazme un favor, llévale esta carta a mi novia”. Eso era más que suficiente para que hiciera una rabieta y fuera de sí contestara: “Yo no soy alcahuete de nadie, y menos tuyo”. Pero, en contraposición poseía una de las cualidades más preciadas: la honradez. Cualquier cantidad de dinero que se le confiara llegaba íntegra a su destino. Era tal su honestidad que prefería quedarse sin comer antes de tomar algunos pesos que no fueran suyos. En la época de la revolución, cuando el correo y el ferrocarril eran asaltados con frecuencia, varias personas mandaban a Chito Medrano con remesas en efectivo para que las entregara en otros lugares distantes. Pero debido a que los caminos tampoco eran muy seguros, para no despertar sospecha y cumplir su cometido, durante su recorrido a pie simulaba que iba borracho. De esta forma, los caminantes con los que se cruzaba lo veían con desinterés y hasta con cierta compasión, sin sospechar siquiera lo que llevaba encima, llegando a su destino salvo y sano.

Y fue en un trance de éstos cuando demostró su honradez, su calidad moral y gran sentido de responsabilidad. Se cuenta como algo verídico que en una ocasión que lo enviaron con una remisión a El Oro, se le pasaron en realidad los tragos, al grado de que se quedó pesadamente dormido a campo abierto. Al cabo de varias horas de sueño profundo, despertó con una desagradable sorpresa: le habían robado los mil pesos que llevaba en monedas de plata. Fue tanta su preocupación y aflicción, que sintió que el mundo se le venía encima, como una inesperada desgracia. Su magnífica reputación y su sólido sentido de responsabilidad se sintieron agraviados, al extremo de que determinó ya no regresar al pueblo.
Y así fue. Durante largo tiempo no se volvió a saber nada del “Chito Medrano” en Atlacomulco, dándosele por muerto; que seguramente lo habían asaltado y lo habían matado para robarlo. Se le buscó sin resultado alguno. Tal parecía que se los había tragado la tierra sin dejar ningún rastro. Nadie lo había visto por el camino. En un misterio se había convertido el caso, provocando gran consternación entre sus familiares, amigos y gente del pueblo.

Así las cosas, cuando se dio por terminada la búsqueda; cuando el famoso “Chito Medrano” iba quedando solamente en el recuerdo, inesperadamente un día se le vio entrar al pueblo sano y salvo, riendo y como si nada hubiera pasado. La sorpresa y el asombro que causó su llegada fueron mayúsculos y rápidamente se corrió la noticia por toda la población: ¡Chito Medrano está vivo!, ¡Chito Medrano ha regresado!, gritaban a toda voz. Un alboroto total causó el suceso, celebrando con manifiesta alegría el retorno de quien ya hacía tiempo se daba por muerto.
Una vez que pasó la sorpresa, el “Chito”, sin decir nada a nadie, se encaminó hacía la casa de don José María Becerril, que era quien le había encomendado la entrega del dinero que le habían sustraído. Con una pesada bolsa en las manos se dirigió a él diciéndole: “Aquí entrego a usted los mil pesos que me confió, Nada se ha extraviado. Cumplo y estamos a mano”. Don José María se conmovió hasta las lágrimas, y con un afectuoso abrazo y una merecida recompensa se selló semejante demostración de honradez.
En todo el pueblo no se daba crédito a hecho tan insólito, que dejaría un soberbio ejemplo para la posteridad…
Extracto del libro ATLACOMULCO sus fiestas, tradiciones, costumbres y anécdotas del Profr. Antonio Corral C.
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