Columna OPINIÓN
Por Manuel Nájera*
La derrota republicana en Estados Unidos deja una lectura que va más allá de la disputa entre demócratas y republicanos: ninguna fuerza política puede ignorar indefinidamente a una comunidad que, por su dimensión demográfica, peso económico, identidad cultural y capacidad electoral, se ha convertido en un actor cada vez más relevante en la configuración del poder estadounidense.
Hablamos de millones de mexicanos, latinoamericanos y sus descendientes que, aunque forman parte de la realidad política, económica y social de Estados Unidos, conservan vínculos profundos con sus países de origen, particularmente con México.
Y aquí hay una cuestión importante: no existe contradicción entre ser ciudadano estadounidense y sentirse orgullosamente mexicano. Tampoco está mal integrarse plenamente a otra sociedad y exigir respeto a la cultura de origen.
Pienso que muchos estadounidenses (Trump) no se han dado cuenta de que la mexicanidad no es una condición geográfica. Es una herencia cultural que trasciende fronteras, se transmite entre generaciones y permanece viva en la lengua, las tradiciones, la memoria familiar y el sentido de pertenencia.
Desde esta perspectiva, el nacionalismo mexicano no debe confundirse con hostilidad hacia otras naciones. Por el contrario, debe entenderse como orgullo por nuestra historia, defensa de nuestra dignidad y reconocimiento de quienes, desde cualquier lugar del mundo, mantienen vivas sus raíces.
Pero la identidad, por sí sola, no construye poder. Necesita organización, representación y participación.
Y es precisamente ahí donde aparece la gran lección política (“la paliza que le dimos a Trump”) de las elecciones estadounidenses de noviembre de 2026.
La participación latina y el desplazamiento de una parte importante de su electorado contribuyeron al revés republicano. El fenómeno demuestra que el voto latino no puede considerarse patrimonio de ningún partido ni darse por garantizado en función de determinadas afinidades ideológicas.
Los mexicanos y latinos deben comprender que su fuerza no se expresa únicamente en su presencia demográfica, en su aportación a la economía o en el reconocimiento internacional de su cultura. También debe hacerse sentir en las urnas.
No basta con ser millones. No basta con trabajar, producir y contribuir al desarrollo de una nación. No basta con tener una cultura reconocida mundialmente.
Hay que participar, organizarse y convertir esa presencia social en capacidad de decisión política.
Y esto no debe ocurrir solamente durante las elecciones presidenciales. La participación debe extenderse a los procesos legislativos, estatales y municipales, porque es precisamente en esos espacios donde también se construyen las políticas públicas que afectan la vida cotidiana de las comunidades.
El voto debe ser libre, informado y consciente; no una lealtad permanente a un partido, sino un instrumento ciudadano para reconocer, exigir y, llegado el momento, sancionar a quienes gobiernan.
La lección para republicanos y demócratas es la misma: el poder latino no puede reducirse a una estrategia de campaña ni a un segmento electoral que se busca cada cuatro años.
Estamos frente a una comunidad que tiene historia, identidad, intereses y aspiraciones propias.
La verdadera dimensión de este fenómeno no está solamente en quién ganó o quién perdió una elección, sino en la capacidad de una comunidad para comprender que su identidad también puede convertirse en poder.
Ser mexicano no significa tener que renunciar a nuestras raíces para ser respetados en cualquier parte del mundo. Y ser latino en Estados Unidos tampoco significa aceptar una condición de ciudadanía de segunda categoría.
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