Columna CANDELABRUM
Por: Ximena Monroy*
“Escucha al colibrí,
cuyas alas no puedes ver,
escucha al colibrí,
no me escuches a mí.”
Leonard Cohen
Nadie se atrevería a negar que la naturaleza es, desde cualquier ángulo, asombrosa.
Hay una delicadeza perfectamente equilibrada que se esparce a través de todos los seres vivientes, sin importar su especie. Una sutileza que podría no existir si tan solo una pequeña condición no se hubiera cumplido o si algún átomo rebelde hubiera decidido colocarse simplemente en otro sitio.
Si uno se entrega a estas reflexiones, es posible encontrar ejemplos de formas de vida que desafían la lógica, que hacen que nos formulemos preguntas, muchas de ellas incómodas o, hasta ahora, irresolubles.
Me ha dado por escribir en esta ocasión acerca de los colibríes. La idea ha derivado de un especial momento de observación de estas peculiares aves en el jardín de mi casa.

En inglés colibrí se dice hummingbird, debido al zumbido que genera su aleteo de alta frecuencia.
Leonard Cohen escribió una melodía muy apegada a su estilo, a la cual tituló “Listen to the hummingbird”. Como su nombre lo indica, sostiene en ella la idea de que escuchando al colibrí es posible acceder a un conocimiento superior, vislumbrar una profunda conexión con el mundo natural.
Continúa con una disuasión: no me escuches a mí. En la palabrería humana no está la respuesta, parece decir. De los pensamientos atropellados no lograrás obtener nada en limpio, la verdad siempre escapa del ruido.
Escucha a la mariposa, cuyos días son solo tres. Enfrentarte a la realidad de la brevedad de tu vida te dará el sentido que tanto buscas.
La letra es sencillamente esclarecedora.
Hablando específicamente de colibríes -aves pequeñas y ligeras, de corazón veloz y potentes pectorales- vale la pena mencionar su relación con el misticismo. Quizá debido a sus innumerables curiosidades biológicas, las antiguas y misteriosas civilizaciones precolombinas -siendo grandes observadoras del mundo natural- otorgaron al colibrí un simbolismo que no tiene comparativo.

Y es que solamente es posible encontrarlos en el continente americano, desde Alaska hasta Tierra del Fuego. Cientos de especies que surcan los cielos americanos cual flechas zumbantes de alegres matices.
Una antigua leyenda maya dice que el colibrí no fue hecho de barro ni de maíz como las otras aves, sino que nació a partir de una piedra de jade sobrante.
Cuando los dioses terminaron su labor creadora en este mundo, cayeron en la cuenta de que habían olvidado algo fundamental: un mensajero. No tenían a nadie que pudiera encargarse de transportar sus pensamientos y deseos de un lugar a otro. Ciertamente una grave omisión, pero incluso los dioses cometen errores.
Resolvieron entonces tomar una pequeña piedra de jade que parecía reposar en absoluta distracción y tallaron con ella una flecha muy pequeña. Soplaron sobre ésta y cobró vida de inmediato. Así nació Xts’unu’um, el colibrí. La belleza voladora.

Al estar hecho de jade, sus plumas llamaban poderosamente la atención de los hombres, despertando su codicia, pues reflejaban pulcramente los colores bajo el sol y como era de esperarse, intentaron atraparlos. Esto provocó la cólera de los dioses, quienes decidieron dictar una ley: cualquiera que atrape a un colibrí, será severamente castigado. Desde entonces nadie ha visto jamás a un colibrí en una jaula. La misma leyenda afirma que ellos recogen los pensamientos de las personas y los llevan a su destino inequívoco, por lo que si un colibrí está cerca, alguien está enviando buenos deseos y amor: el principal ingrediente de la sopa de la existencia.

Resulta fascinante que su articulación del hombro les permite rotar sus alas en forma de 8, trazando innumerables veces el símbolo del infinito.
Los seres humanos parpadeamos alrededor de 4 veces por segundo, pero un colibrí habrá batido sus alas hasta 80 veces en ese mismo instante.
40 °C de temperatura interna bastan para que nos rosticemos y empecemos a temer -y de hecho a sufrir- severos daños en nuestro organismo, sin contar el malestar general que ello provoca pero es la temperatura ideal para un ser de apenas tres gramos.
Durante la noche ellos duermen. Al igual que todos los seres que integran el mundo animal, necesitan del descanso reparador, pero el suyo no es el sueño inquieto y poblado de pesadillas de los hombres, no es el sueño donde caben absolutamente todos los monstruos, la tristeza o el calor, el desamor, el frío, la fatiga mental o la tortura autoinfligida. Vueltas y más vueltas en las sábanas y muchas buenas noches también –no hay que negarlo.
Ellos caen en un sueño tranquilo y profundo, una hibernación nocturna llamada torpor, en la cual su temperatura se reduce a nivel ambiental y sus latidos descienden a cincuenta por minuto. La perfecta paz.

Huitzilopochtli, cuyo nombre significa “colibrí del sur”, nació gracias a una bola de coloridas plumas. Pequeño e indefenso, pronto se convertiría en el principal dios de los aztecas.
Su ideología dictaba que morir en el campo de batalla era el destino más honorable que se podía alcanzar, entonces las almas de los guerreros emprendían el viaje hacia la Casa del Sol. Al cabo de cuatro años de servicio celestial -durante los cuales formaban parte del ejército que escoltaba al sol en su recorrido diario para iluminar el mundo- regresaban a la Tierra en forma de colibríes y mariposas, libres de la gravedad y del dolor. Su recompensa consistía en alimentarse del dulce néctar de la vida.
Ahora podían soportar la levedad.
Aves diminutas y tanto que decir acerca de ellas.

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