Columna DESDE LA BANQUETA
Por Gabriel Escalante Fat*
«Al lugar donde fuiste feliz
No debieras tratar de volver».
Joaquín Sabina.
NOTA: Este artículo es, a diferencia de la mayoría de los que escribo, muy local y muy personal. Quizás a muchos de mis lectores les resulte ajeno. Mis disculpas.
Pasaron 2,642 días entre la última vez que estuve en mi pueblo y el pasado lunes, en el que —por una circunstancia impensable de eludir— volví a pisar brevemente las calles de El Oro.

Como la mayoría de los aurenses, las raíces que me unen con mi tierra natal son profundas. Tengo además la fortuna de que vivan allí muchas personas a las que quiero entrañablemente. Sin embargo, las ausencias me pesan mucho y de las más recientes visitas he vuelto con un hueco en el alma que tarda varios días en sanar. Por eso evito, en la medida de lo posible, ir al pueblo en el que viví —total o parcialmente— los primeros 39 años de mi vida.

En este caso, la razón que me llevó al terruño fue el funeral de una mujer muy apreciada por mí y, más importante aún, madre de uno de mis mejores amigos. Así que hice a un lado mis reticencias y anocheciendo el lunes 12 llegué a la casa en la que tenía lugar el velorio.

Desde hace 26 años tengo, acá donde vivo, un círculo familiar y amistoso bastante reducido, por lo que verme de repente inmerso entre más de un centenar de personas conocidas y, sobre todo, apreciadas, representó una cascada emocional que me empapó de golpe. Desde la calle empecé a estrechar manos, besar mejillas y palmear espaldas que me eran lejanas en el tiempo pero cercanísimas al corazón. Las canas, las arrugas y las calvicies de mis paisanos fueron espejo de mis propias canas, del gradual pero persistente avance de mi calvicie y de las marcas que el tiempo va grabando en mi piel.

Una repentina lluvia nos obligó a guarecernos dentro de la casa, ya atestada desde antes de que entráramos quienes habíamos permanecido en la calle. Y fue ese oportuno aguacero el que hizo que nos acercáramos más unos a otros de los que fuimos a decirle adiós a Ofelia —Fello— Monroy. Y no sólo nos acercamos, sino que platicamos mucho. Una vez terminada la solemne misa en honor a Fello, el funeral se convirtió en una tertulia en la que el pan recién horneado, el ponche y el café circulaban entre los asistentes. Todos teníamos alguna anécdota positiva en la que Ofelia Monroy era partícipe, pero también abordábamos nuestros propios temas de conversación.
Un poco más tarde, platicando con sus hijos Vero y Jorge, coincidimos en que el velorio se estaba convirtiendo en una reunión al gusto de Fello. Incluso Jorge se permitió imaginar y parafrasear a su mamá, quien habría dicho: «¿Gustas otra pieza de pan? ¡Ándale, con confianza!». Estábamos enmascarando el dolor ignorando su presencia, como siempre hizo Ofelia con sus enfermedades, prefiriendo disfrutar de la vida y los pequeños gustos que se podía permitir, antes que emitir un rosario permanente de quejas.
Al ser Ofelia una persona tan longeva —89 años— y que se desempeñó en varios ámbitos del pueblo, la asistencia al funeral fue de lo más variada. De la política, por ejemplo, estuvieron allí los que aspiran, los que dicen que no aspiran, los que hacen todo por destacar y hasta quien hoy tendría que haber estado en la Presidencia Municipal. ¡Ah, por cierto! Después de una amena charla, descubrí que la exalcaldesa Ruth Salazar es más agradable, mucho más inteligente y con mayor oficio político de lo que yo siempre me imaginé.

El batallón de los de «65 y más», al que pertenezco, como bien resaltó un buen amigo, hacíamos mayoría.
Allí estaban las hermanas Eva y Alicia Navarrete. La primera, una maestra muy querida de cuyo esposo fui buen amigo. Alicia, una mujer activa como pocas, audaz para el negocio y la política, mi compañera regidora en el Ayuntamiento 1985-87, me llamó «aguerrido» y un minuto después reconoció que ella era tanto o más aguerrida que yo. Se podía ser leal al partido y al presidente municipal, sin traicionar nuestros principios. Política pueblerina, pero de la buena.
Rafael Flores Monroy, hombre que ha dedicado toda su vida a la educación, hermano de mi admirado y querido amigo Roberto Margil, me hizo uno de los halagos más grandes que puedo recibir: me dijo que lee frecuentemente lo que publico y, para comprobarlo, citó varios de los artículos que han aparecido aquí en d’interés. Mi ego se infló como un globo de helio.
Si digo Víctor Manuel Gómez, nadie tendrá idea de a quién me refiero. Pero si menciono que le di un abrazo muy caluroso al Pirruño Gómez, todos en mi pueblo sabrán de la persona que hablo. Un amigo de mis hermanos, que siempre tuvo detalles afectuosos con mis padres, hasta sus últimos años.
Amancio Monroy, hermano de Ofelia, y su pareja Pili Rosales, quienes siempre me recuerdan a la novela «El amor en los tiempos del cólera», ya que consolidaron —varias décadas después— un interrumpido amor adolescente y hoy viven una relación que irradia un aura especial.
No podían faltar, por supuesto, mis compadres Checo Flores y Lalo Legorreta, quienes junto con Chucho Osorio fueron mis compañeros inseparables en diversas etapas de la vida. En la actualidad, muy contentos con sus parejas Lucy, Coco y Lulú.
Marthita Campos, profesora que fue practicante en mi grupo cuando yo cursaba el segundo de primaria, vecina inseparable de Fello es, sin consanguinidad, parte de la familia, al igual que las hermanas Cedillo Monroy, ellas sí consanguíneas de la fallecida.
José Luis Monroy y Leti Núñez, que eran un joven matrimonio en aquel ayuntamiento en el que estuve hace cuarenta años (él, disciplinado tesorero; ella, eficiente secretaria) me mostraron lo bien empapados que están de la marcha del municipio y su lamentable administración.
José Luis Sánchez y María Esther Garduño, hermanos de buenos amigos míos y, en consecuencia, muy cercanos a mí, compartieron un rato de agradable charla. María Esther me dijo algo que tuvo un gusto dulce-amargo: “Quiero que vivas muchos años para que, cuando yo muera, tú escribas de mí algo tan bonito como lo que escribes de otras personas”. Salimos del difícil paso tomándolo a broma.
Esa noche me fui a la cama cansado, conmovido, y con sentimientos encontrados.

El último baño de emociones se dio al día siguiente, martes, durante la misa de cuerpo presente en el hermoso exseminario (hoy casa de retiros) de la Orden de Santo Domingo, en Tultenango, a unos 7 kilómetros de mi pueblo.
Aun cuando no soy creyente, debo reconocer que la celebración conducida por un fraile dominico, asistido por Marthita, Pili y Lucy y acompañada por un grupo musical discreto y dulce, resultó, a pesar de su larga duración, un bálsamo que proporcionó cierta paz y consuelo a los deudos y a los asistentes.

Allí me encontré con Carlos Jurado, mi mano derecha durante la mayor parte del tiempo que duró mi aventura como pequeño empresario en El Oro y con quien vivimos experiencias aleccionadoras, tanto magníficas y divertidas como complejas y retadoras. Me dio gusto verlo entero, animoso y saberlo para siempre mi amigo.
Con Manuel y César Parrales, y el tío de ambos, también de nombre Manuel, hicimos un breve corro porque sin haber sido nunca amigos cercanos, nos une ese lazo indescriptible que significa ser coterráneo y tener seres queridos en común. Un caso muy similar al que tengo con Sonia Sánchez, una mujer de inteligencia y talento sobresalientes, con quien siempre es un gusto platicar, y que conozco a través de su hermano y su familia política y quien, por supuesto, me reclamó frontalmente que la noche anterior ni siquiera me acerqué a saludarla.
Y dejo para el final una presencia conmovedora: Angelina Flores, quien fue esposa de mi muy querido amigo y colaborador (décadas atrás empleado de mi abuelo) Juan Escutia Cruz, hombre bueno e íntegro donde los haya, que cohesionaba al caótico equipo que conformábamos en mi pequeña empresa. Sigo buscando, con la certeza de que no lo encontraré nunca, a una persona que tuviera, con bases, una mala opinión de Juanito Escutia. Tuve esa impagable oportunidad de abrazar a Angelina, quien me conoció desde que nací y que hoy, frágil de cuerpo, mantiene una gran entereza de espíritu.
Al lado del ataúd me despedí de los hijos de Fello: Verónica y Jorge, de Malena, la esposa de éste y de Darío, el hijo de ambos. Espero haberles transmitido, con mis palabras y mis abrazos, algún mensaje positivo y, sobre todo, lo importantes que como personas son para mí.

Tuve cuatro horas de carretera para ordenar el caudal de sentimientos que recorrían mi mente.
En poco más de un mes cumpliré 27 años de no vivir en mi pueblo, pero en pocas horas, comprobé que, si yo lo deseo, allí sigo teniendo un lugar.
Y pensé en una estrofa de la hermosa canción de María Elena Walsh, que interpretaba magistralmente Mercedes Sosa «Serenata para la tierra de uno»:
«…Porque me duele si me quedo
pero me muero si me voy.
por todo y a pesar de todo, mi amor
yo quiero vivir en vos.»
PS. Un agradecimiento especial, desde el fondo de mi alma, a mi amada pareja, Adriana, por haber estado conmigo en este evento.
Guadalajara, Jalisco, octubre 14, 2026.

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