Columna: El Cinéfilo Latino
Por Héctor Alejandro Serrano Ortiz*
Permítanme presentarles un cortometraje que trasciende las fronteras geográficas y políticas para explorar el poder y la fragilidad del lenguaje humano.
Never Give Up!, dirigido por el brillante cineasta húngaro Tamás Yvan Topolánszky, es una coproducción entre Hungría y México que nos sitúa en el desierto, junto a un niño de nueve años interpretado extraordinariamente por José María Gómez. Solo, sin mapa ni compañía alguna, el pequeño intenta cruzar la frontera entre E.E.U.U. y México guiado únicamente por las últimas palabras de su madre antes de morir: “nunca te rindas”. Lo que encuentra en ese trayecto no es sólo simple peligro o esperanza, sino un giro inesperado que lo redefine todo.
El origen de esta historia no se encuentra en una experiencia directa con la migración, sino en una observación distante, pero profunda, de ese fenómeno. Viviendo en Hungría, Topolánszky había visto cómo el tema de la inmigración se convertía en una de las cuestiones políticas centrales de su país. Años después, al observar el mismo debate en América, reconoció un lenguaje similar: fronteras, soberanía e inmigración. Dos naciones que parecían políticamente lejanas empezaban a sonar peligrosamente cercanas. Sin embargo, el director no quiso realizar un filme sobre inmigración que aleccionara al espectador, y mucho menos al espectador estadounidense o mexicano. Lo que le fascinó fue el lenguaje en sí mismo; imaginó entonces a un niño solo, sostenido únicamente por esas tres palabras: “nunca te rindas”, y simplemente se preguntó qué sucedería si esas mismas palabras regresaran a él desde la voz de la persona menos esperada.

Frases como esa parecen demasiado pequeñas como para cargar con una vida, pero no es así. Adquieren una dimensión profundamente íntima cuando se colocan dentro de una historia donde el trayecto de madre e hijo está plagado de cansancio, miedo, violencia, incertidumbre y la amenaza constante de que ese viaje termine mucho antes de alcanzar el destino final. Y, sin embargo, mientras las imágenes muestran una realidad cada vez más hostil, una voz, un discurso proveniente de otro mundo, habla de éxito, disciplina, esfuerzo y perseverancia.

Lo extraordinario es que la madre escucha ese discurso y cree en él. No conoce a quien lo pronuncia, ni conoce su trayectoria ni el contexto que rodea sus palabras. Para ella, el discurso llega reducido a su esencia más elemental: la vida es difícil, pero rendirse no es una opción, hay que continuar. Y esa aparentemente sencilla idea, termina convirtiéndose en un mantra, en un lema o enseñanza que transmite a su hijo. Así, una reflexión pronunciada en un contexto de éxito personal abandona su escenario original y adquiere, paradójicamente, un nuevo significado dentro de una historia de amor y supervivencia.
Toda la situación que plantea Never Give Up! constituye un ejemplo particularmente poderoso de ironía, pero el cortometraje va más allá de esa simple ironía entre lo que el personaje sabe y lo que el espectador sabe: el verdadero conflicto surge porque las palabras del discurso pertenecen a una filosofía del éxito personal, mientras que la vida del migrante demuestra que no todos los obstáculos se resuelven fácilmente mediante voluntad, disciplina o trabajo. El migrante no está intentando recuperar una empresa, alcanzar una posición profesional o conquistar una meta personal; está intentando llegar a un lugar donde pueda siquiera tener un futuro.

Por ello, Tamás Yvan Topolánszky convierte las mismas palabras que originalmente celebran la capacidad de una persona para vencer los obstáculos mediante esfuerzo y perseverancia en un significado que revela la contradicción entre la idea de que todos pueden superar sus dificultades y una realidad en la que las condiciones sociales, económicas y políticas determinan profundamente quién puede elegir su futuro y quién simplemente lucha por sobrevivir.
Quise buscar el discurso completo que motiva al cortometraje (pronunciado por alguien cuya identidad prefiero que quede anónima hasta que el lector pueda ver el corto por sí mismo) y verlo completo, y encontré que en él aparecen varias ideas recurrentes: amar aquello que se hace, entregar el máximo esfuerzo, revisarse constantemente, mantener la disciplina, estudiar, trabajar y, finalmente, no rendirse nunca. La expresión adquiere incluso una forma casi física cuando se habla de atravesar muros: si existe un obstáculo, hay que atravesarlo, rodearlo o encontrar la manera de llegar al otro lado. Las palabras en sí son bellísimas, pero me quedé impactado mientras lo escuchaba, porque claro, para el niño migrante protagonista de nuestra historia esto no es una metáfora, sino una frontera; y para su madre, también, pero peor: ella ha visto la peor cara de la pobreza, la migración, la violencia y la vulnerabilidad.
Como mexicano, no tengo ningún comentario que contradiga lo que se vive en este cortometraje. En mi país, aunque hay incontables bellezas, también hay vulnerabilidad: hombres y mujeres, niños y niñas, pueden encontrarse expuestos a situaciones que vulneran sus derechos, incluyendo la violencia, el crimen organizado y el tráfico de personas, además de circunstancias de pobreza y falta de oportunidades que, finalmente, contribuyen a que abandonen México en busca de algo mejor para sí mismos. En Never Give Up!, el cansancio tiene cuerpo, el miedo tiene rostro y la frontera, presencia.

El proceso de casting reflejó esta misma búsqueda de autenticidad. La mayoría de los intérpretes no eran actores profesionales. Topolánszky no buscaba a alguien que fuese capaz de interpretar a un migrante, sino a personas que pertenecieran a ese entorno y respetar el contexto latinoamericano de la historia. La dirección, por lo tanto, consistió menos en construir interpretaciones y más en proteger lo que ya era natural en ellos. En el caso de José María “Chema”, de apenas nueve años durante el rodaje, el trabajo se centró más en juegos que en ensayos formales. El resultado es una presencia en pantalla peculiar y poco habitual, donde el espectador puede literalmente observar al niño pensar. No me equivoco cuando digo que ver a Chema actuar es una sorpresa total, y espero tampoco equivocarme cuando digo que a ese niño le espera un futuro brillante en la actuación. Pocas veces un actor infantil logra lo que él en Never Give Up!
El corazón del corto es una pregunta sobre propiedad: “¿a quién pertenece una frase, a quien la dice o a quien la usa?” Topolánszky cuenta que la idea nació de un discurso motivacional de hace más de veinte años cuyo sentido había cambiado radicalmente con el tiempo, y de imaginar qué pasaría si ese mensaje viajara mucho más allá de lo que su autor previó hasta alguien en una situación de vida o muerte. A eso le llama una “extraña vida después”.

En términos mitológicos, el esquema es muy viejo, pero muy bien usado por Topolánszky.
Una madre que se despide dejando una palabra a modo de talismán, un viaje a un espacio de prueba que es el desierto, y una voz inesperada que aparece como ayudante en el momento más bajo. Lo que cambia es que el ayudante no es un sabio, sino un discurso reciclado de una ceremonia que nada tiene que ver con él. En lo filosófico, el cortometraje toca la vieja idea de “La Muerte del Autor” de Roland Barthes: un texto, una vez suelto, es de quien lo lee. El director lo dice con sus propias palabras cuando afirma que las palabras no pertenecen del todo a quien las pronuncia, que pueden heredarse, usarse mal, transformarse o dar esperanza donde nadie lo había previsto. Y el cortometraje mismo está sujeto a esa regla. Cada espectador se lo va a llevar a su manera, y eso es lo que Topolánszky dice querer: que dos personas vean lo mismo y discrepen sobre el final.
Desde mi perspectiva mexicana, me resulta imposible observar esta historia sin conmoverme y reconocer que la migración no es para nosotros un fenómeno ajeno, lejano, abstracto y/o exclusivamente político.

La frontera entre México y E.E.U.U. forma parte de nuestra imaginación colectiva de una manera que pocos temas pueden igualar. Tanto por el concepto mismo como por la tanta sangre derramada sobre esa línea imaginaria; tantos mexicanos asesinados en una guerra sin sentido cuyo único fin fue robar tierra… En México también sabemos lo que significa irse, esperar a alguien que se fue, vivir con la posibilidad de que no regrese, cruzar territorios en condiciones de extrema vulnerabilidad y desventaja o mirar cómo una familia entera apuesta su futuro a la posibilidad y el azar. También sabemos que la migración no nace de una sola causa ni puede explicarse mediante frases sencillas dichas por gobernantes ignorantes con dobles intenciones: los mexicanos sabemos que detrás de ella hay pobreza, desigualdad, violencia, falta de oportunidades, inseguridad, crimen organizado, desplazamiento y, muchas veces, una desesperación tan profunda que obliga a las personas a asumir riesgos que, en circunstancias normales jamás aceptarían.
Pero claro, para que exista un país rico, también deben existir muchos pobres, tanto por designio humano como por codicia. Por eso, me resulta imposible mirar al personaje de Chemita únicamente como un personaje dentro de una ficción. Y precisamente por eso creo que el cortometraje resulta tan doloroso: porque detrás de cualquier discusión sobre inmigración, soberanía o fronteras siempre debería existir la conciencia de que estamos hablando de seres humanos, y que en muchas ocasiones esos seres humanos son niños que no han tenido ninguna posibilidad de decidir las circunstancias en las que les tocó crecer.
Eso es lo que más me conmueve.

El cortometraje podría haberse concentrado en la migración como conflicto político, en la tensión de la frontera o incluso en la violencia de quienes ejercen el poder sobre los más vulnerables, pero decide mirar el mundo desde los ojos de un niño de nueve años. Cuando hablamos de migración, es fácil acostumbrarnos al lenguaje de las cifras, de las estadísticas, de los porcentajes, de los términos administrativos y de las discusiones políticas… “¡go back to your country!”, “make America great again”, “Mexico is bringing drugs, crime, rapists, and some… are good people”; resulta mucho más difícil sostener la mirada sobre un niño que todavía debería estar preocupado por asuntos infinitamente más pequeños que una frontera. Su mundo debería estar hecho de juegos, descubrimientos, preguntas, amigos, escuela y la seguridad de saber que existe un adulto que puede protegerlo.
En cambio, el protagonista de Never Give Up! tiene que enfrentarse a una realidad en la que la infancia parece convertirse en un lujo. Su inocencia queda literalmente en un volado porque depende de circunstancias que él no puede controlar: de la violencia de otras personas, de las decisiones de los adultos, del lugar en el que nació, de las condiciones de su familia y de una frontera que para él no representa un concepto político, sino un obstáculo concreto que debe superar para seguir viviendo.
El niño tiene miedo, está solo y ha perdido a su madre, pero sigue siendo un niño; todavía hay en él algo de esa inocencia que el mundo intenta arrancarle. Tal vez por eso su recorrido resulta tan devastador y, al mismo tiempo, tan esperanzador: porque el cortometraje no nos muestra únicamente aquello que la violencia puede destruir, sino también aquello que, inexplicablemente, puede sobrevivir a ella.

Y aquí es donde la frase “nunca te rindas” adquiere para mí un significado completamente distinto. Esto es con lo que yo me quedo de la brillantez de Tamás Yvan Topolánszky. Después de ver el discurso completo que inspiró el cortometraje, me parece evidente la enorme distancia entre su sentido original y la realidad que enfrenta este niño. Por eso encuentro tan potente la ironía del cortometraje: no necesita burlarse de esas palabras para demostrar sus límites; simplemente las coloca frente a una realidad brutal y deja que nosotros observemos la irónica y dolorosa distancia entre ambas.
Desde ahí, la historia adquiere para mí una resonancia profundamente mexicana, porque somos un país que conoce de sobra esa tensión entre la adversidad y la voluntad de permanecer. No quiero idealizar la capacidad de resistencia, porque hacerlo sería convertir el sufrimiento en una virtud y terminar aceptando como normal aquello que jamás debería serlo para los mexicanos. No hay nada admirable en que una persona tenga que acostumbrarse a la violencia, ni en que una familia deba abandonar su hogar para protegerse, ni en que un niño tenga que crecer demasiado rápido porque las circunstancias lo obligaron a hacerlo. La resiliencia no debería ser una exigencia impuesta a quienes han sido abandonados por las estructuras que tendrían que haberlos protegido.
Sin embargo, una cosa es romantizar el dolor y otra muy distinta reconocer la fuerza que puede aparecer en las personas cuando, a pesar de todo, se niegan a dejar de existir. Esa fuerza la reconozco en el cortometraje y también en innumerables historias de nuestro país: en las personas que reconstruyen después de perderlo todo, en las familias que siguen adelante después de una ausencia, en quienes abandonan una comunidad porque permanecer en ella se volvió demasiado peligroso, en quienes trabajan incansablemente para que sus hijos tengan oportunidades que ellos no tuvieron, en quienes siguen apostando por la vida incluso cuando la vida no les ha dado demasiadas razones para hacerlo.

México está lleno de contradicciones y sería profundamente injusto reducirlo a la violencia, porque también es un país de afectos, de memoria, de solidaridad, de creatividad y de una extraordinaria capacidad para volver a levantarse.
Después de toda mi verborrea, es imposible terminar esta reflexión sin volver a Tamás Yvan Topolánszky y reconocer la enorme inteligencia y sensibilidad con la que ha construido Never Give Up!. Hay cineastas que cuentan historias y hay otros capaces de hacer que esas historias continúen viviendo; quiero de corazón que Topolánszky esté entre los segundos. Su talento está en comprender que una película no necesita gritar para hacerse escuchar, que una historia puede ser profundamente política sin dejar de ser íntima y que unas cuantas palabras, colocadas en el lugar adecuado, pueden viajar muchísimo más lejos de lo que nadie imaginó.

Ojalá su talento siga encontrando historias que importen, historias capaces de incomodar, de cuestionarnos, de abrirnos los ojos y, sobre todo, de obligarnos a mirar de nuevo aquello que creíamos conocer. Me gusta pensar que un cortometraje como este puede seguir viajando hacia lugares inimaginables, porque no existe una frontera más poderosa que aquella que existe dentro de nuestras propias ideas. Incluso, por qué no, hasta la misma Casa Blanca.
Quizá ese sea uno de los destinos más extraordinarios que pueda alcanzar una obra cinematográfica: entrar en lugares donde nunca fue invitada, plantarse frente a quienes toman decisiones y recordarles, con la fuerza de una buena historia, que detrás de cada frontera, de cada política y de cada discurso, siempre hay una vida humana que MERECE ser mirada.

El cortometraje forma parte del Manhattan Short Film Festival. Para consultar fechas para verlo o para más información sobre cómo ver el cortometraje, favor de contactar al director Tamás Yvan Topolánszky, a través de sus redes: https://www.instagram.com/topolanszky, https://www.facebook.com/NeverGiveUpShortFilm.

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