Columna TURISMO Y TIEMPO LIBRE
Por Rocío Salazar Sánchez*
Sentir las hojas secas crujir bajo los pies es una de las sensaciones más hermosas que podemos experimentar. Ese sonido tenue, casi íntimo, tiene la capacidad de conectarnos con la naturaleza de una manera profunda. Hace algunos años, siguiendo la recomendación de una terapeuta, visité el parque El Ocotal, un lugar que seguramente usted conoce o ha escuchado mencionar. Caminar por sus senderos en otoño tiene esa peculiaridad encantadora: cada paso se convierte en un pequeño concierto de hojas secas que nos recuerda que la vida también tiene ciclos que se renuevan.
En aquella ocasión, me senté sobre una piedra para escribir y reflexionar. El ambiente era perfecto: silencio, aire fresco, árboles de ocote que parecían custodiar mis pensamientos. Mientras observaba la hojarasca, algo llamó mi atención. Entre las hojas encontré un billete de doscientos pesos mexicanos, perfectamente doblado en un pequeño cuadrado. Lo tomé con asombro y gratitud, levanté la mirada al cielo y pensé: además de regalarme este paseo y este tiempo de introspección, también me envías para los viáticos de este encuentro contigo. Aquella mañana de otoño sentí una conexión profunda con Dios, una certeza de que el universo tiene maneras sutiles de hablarnos cuando nos damos permiso de escuchar.

Tomar un tiempo para uno mismo, sin ruido, sin tecnología, sólo acompañado por la naturaleza, es un acto de amor propio. Percibir el sonido del viento entre los árboles, disfrutar su aroma, observar cómo la luz se filtra entre las ramas… todo ello nos conecta con nuestra esencia y nos eleva, literalmente, hacia lo más alto de nuestro interior. Por eso le invito, querido lector, a buscar ese espacio que más le guste y permitirse conectar con su interior. Regálese un momento de silencio, de naturaleza y de encuentro con el ser supremo de su preferencia, o con aquello en lo que usted crea. Ese instante puede transformar su día y, en ocasiones, su vida.
El otoño siempre ha sido una de mis estaciones favoritas. Las hojas se tornan marrones y rojizas, lucen hermosas incluso en su despedida. Ver cómo el viento se las lleva es un espectáculo que nos recuerda que soltar también es parte de vivir. Y es precisamente esa imagen la que me lleva a pensar en el otoño de la vida: esa etapa en la que las fuerzas comienzan a menguar, en la que ya no tenemos la misma energía y, a veces, nuestros pensamientos se vuelven pesimistas.

Pero ¿no sería mejor agradecer por nuestra primavera? Por esa energía vital que nos acompañó en la juventud, cuando la inquietud nos impulsaba a explorar, a aprender, a equivocarnos y a volver a empezar. Recordar las experiencias de aquellos tiempos suele dibujar sonrisas, porque la memoria afectiva tiene la capacidad de iluminar incluso los días más grises.
Como mencioné en un artículo anterior, la vida tiene etapas y ciclos, y es necesario aprender a amar cada uno de ellos. Uno de mis objetivos en esta columna es ayudarle a comprender que el uso responsable del tiempo nos permite terminar cada día satisfechos de haber dado lo mejor de nosotros. Cuando nos entregamos al cien por ciento, inevitablemente perdemos energía; por eso, el tiempo libre debe servir para recuperarla. Hacer lo que nos gusta, lo que nos nutre, nos ayuda a recargar fuerzas con mayor facilidad.

No olvide también los beneficios de practicar algún deporte o actividad física. En el otoño de nuestra vida, mantenernos activos nos permite disfrutar del tiempo libre con mayor plenitud: porque estamos sanos, porque conservamos la capacidad de movimiento, porque nuestra salud mental nos acompaña para alcanzar lo que anhelamos. Aunque parezca tarde, el ocaso del día es hermoso; aunque sea el final, es grandioso y pinta paisajes inolvidables. De la misma manera, podemos vivir el otoño de nuestra vida con alegría, dejando sonrisas en quienes comparten el camino con nosotros.
Aprendamos a obsequiar momentos bellos, instantes que hagan mejores personas a quienes nos rodean. Avanzar un poco cada día es la manera en que los campeones obtienen medallas: un paso a la vez, un minuto a la vez, un día a la vez. No se trata de correr, sino de persistir.

Disfrutemos nuestro otoño. Hagamos de él una temporada memorable, para que cuando llegue el invierno podamos decir que tuvimos una buena vida. Que nos resguardamos del frío, de la indiferencia y del pesimismo, satisfechos de haber conseguido una buena cosecha. Porque sembramos nuestra vida —y la de los demás— con amor, con gratitud y con buenas obras.

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