Columna DESDE LA BANQUETA.
Por Gabriel Escalante Fat.

“El teléfono es muy frío,

tus llamadas son muy pocas,
yo sí quiero conocerte y tú no a mí
”.

Fragmento de la canción

“Santa Lucía”, de Roque Narvaja,

popularizada por Miguel Ríos.

Alexander Graham Bell
             “Mr. Watson, venga aquí, quiero verlo”. Cuenta la historia que el 10 de marzo de 1876 —¡Hace apenas 150 años! — el inventor y científico escocés Alexander Graham Bell transmitió esta frase, que se escuchó a través de un maravilloso aparato en la habitación contigua a su laboratorio, marcando así el inicio de la comunicación telefónica, que terminaría por romper la hasta entonces insalvable barrera de la distancia.
Antonio Meucci
           Bell patentó su invento en la ciudad norteamericana de Boston ese año, aunque en 1854 el italiano Antonio Meucci había inventado el “teletrófono”, para poder comunicarse —dentro de su casa— de su oficina al dormitorio de la planta alta y así hablar con su mujer, postrada en cama por padecer artritis.
Antonio Meucci. Inventor del “teletrófono«
        En 1860, Meucci presentó al público su prodigioso invento, pero una serie de sucesos desafortunados —aunados al poderío económico de Bell— le impidieron patentarlo, por lo que nunca logró acreditar la autoría del aparato. Su muerte en 1889 puso, aparentemente, punto final a su lucha.

Sin embargo, el 11 de junio de 2002 —113 años después del fallecimiento del inventor italiano— el Congreso de los Estados Unidos reconoció a Meucci como el legítimo inventor del teléfono.

Un afortunado reencuentro con un amigo de la adolescencia y la lectura reciente de un artículo, me llevaron a recordar cómo ha cambiado la telefonía en el último medio siglo, al grado de que los jóvenes menores de 30 años no pueden siquiera imaginar la manera en que concebíamos la comunicación telefónica las personas de mi generación.  Más que una crónica ordenada, encontrarán ustedes una serie de anécdotas que les permitirán recordar o enterarse —según sea el caso— de lo que eran los teléfonos en el pasado más o menos reciente.

DOS EMPRESAS
Anuncios de Ericcson y Cía. Telefónica y Telegráfica Mexicana
           Hasta 1947 existieron en México dos compañías telefónicas: La Compañía Telefónica Mexicana, fundada en 1882, subsidiaria de la Bell Telephone Co., de Boston y la sueca LM Ericsson, surgida en 1905, filial de la empresa sueca Telefonaktiebolaget L. M. Ericsson & Co, que durante sus primeros 20 años sólo daba servicio al Distrito Federal y a ciudades cercanas como Tlalnepantla, Cuautitlán, Texcoco, Pachuca, Puebla, Toluca y El Oro. ¡Sí!, mi pueblo fue una de las primeras localidades en México en tener servicio de telefonía, debido a la importancia de su industria minera en esos años.
Anuncio de Ericsson
           En las primeras décadas no existía interconexión entre las líneas de Telefónica Mexicana y Erickson, por lo que muchos negocios optaban por tener dos números de teléfono, uno de cada empresa. Fue a partir de 1936, por decreto del entonces presidente Lázaro Cárdenas, que se ordenó a las compañías interconectar sus servicios, lo que se logró en 1938. Aun así, me contaba mi madre, si alguien quería llamar de un teléfono Erickson a uno Mexicana, había que pagar una tarifa de interconexión, aunque fuera dentro de la misma ciudad.

El 23 de diciembre de 1947 se creó la paraestatal Teléfonos de México, TELMEX, que adquirió los equipos, redes y concesiones de L. M. Erickson y, luego de un proceso de 3 años, acabó adquiriendo también la Telefónica Mexicana, dando inicio a un monopolio de Estado con todos sus claroscuros.

DALE A LA MANIVELA
Teléfono de Manivela
            Mis primeros recuerdos de un teléfono son de mediados de los ’60, a mis 4 o 5 años de edad. En casa teníamos un aparato de pared que, para alcanzarlo, debía yo de subirme a un banquito que existía para el efecto. Tomaba el auricular con la mano izquierda, sin descolgarlo, mientras que con la derecha hacía girar una manivela por unos cuantos segundos.  Entonces sí tomaba el auricular y esperaba a que una operadora me contestara: “Central” o “El Oro”, tiempo para pedirle el número al que me quería comunicar que, en mi caso era únicamente el 30, correspondiente a la casa de mis tías, a lo que la mujer detrás del aparato respondía: “llamando”.  Si había suerte, poco después me respondía una de ellas y el milagro de la comunicación se conseguía. Si no la había, se tenía que repetir el procedimiento: poner el auricular en su lugar, girar de nuevo la manivela y solicitarle a la operadora que volviera a llamar, petición que no siempre era atendida con amabilidad.

¿PARA QUÉ APRENDERSE NÚMEROS?
Conmutador de pueblo
          Nunca entendí por qué mi madre, que solía tener una memoria prodigiosa, no pedía sus llamadas por número, sino siempre por el nombre de la persona o el establecimiento al que quería comunicarse.  “A la farmacia Fournier”, “a la Presidencia Municipal”, “con Beto Capula” (cuyo nombre real era Alberto Díaz Romero) o “con mis hermanas”. Así de familiar era el trato entre doña Velia y las operadoras, aunque a veces la cordialidad daba paso a algún reclamo cuando, por ejemplo, la telefonista no respondía con la prontitud que se esperaba. Cuando al fin la operadora respondía, se daba algún diálogo como éste:

—Consuelo, ¿dónde andas que no contestas?

—Ay, Velia, estaba en el baño, sigo enferma de los riñones.

—¡No me digas! ¿Ya viste al doctor?

—Sí, me dio una medicina que me hace ir al baño a cada rato.

—Disculpa, que te mejores. Comunícame por favor al correo.

LARGA DISTANCIA, LARGA ESPERA
Compañía Telefónica Mexicana
          Las llamadas de larga distancia eran otro asunto. Cuando la operadora te atendía, le indicabas la ciudad y el número al que querías llamar, aclarando si tu llamada era “teléfono a teléfono” o “persona a persona”; en este caso, especificabas quién llamaba y con quién deseabas hablar. Si era a una ciudad con telefonía automática, escuchabas el discado (clac, clac, clac… clac, clac… clac, clac, clac, clac, clac…) y luego el ansiado tono de llamada. Con suerte, tu interlocutor respondía al otro lado de la línea y —si habías pedido servicio “teléfono a teléfono” un “click” indicaba que la operadora se había desconectado de la comunicación. Si el servicio deseado era “persona a persona”, al momento de que contestaban la llamada, la operadora decía: “Al doctor Tirado le llama la señora Escalante, de El Oro”. Las opciones eran: “soy yo, comuníqueme”, y la llamada daba inicio. La segunda opción era: “en un momento le contesta”, por lo que tanto quien llamaba, como la operadora, permanecían a la espera hasta que la persona deseada se ponía al teléfono. La tercera posibilidad era que te respondieran “no se encuentra” y allí se volvía a abrir el abanico de opciones: Si querías hablar con otra persona, si dejabas recado o si sólo indicabas que llamarías después.

Malo cuando, luego de que la operadora discara el número solicitado, el teléfono de destino daba el tono de ocupado. En ese momento, rauda como el rayo, la telefonista decía lacónicamente: “Ocupado, favor de llamar más tarde” y un sonoro “click” anunciaba que la comunicación había terminado, dejándote con la duda de cuántos minutos significan “más tarde”.
Cableado telefónico submarino
LLAMADAS INTERNACIONALES, UNA LOTERÍA

Mi hermano mayor vivió en Alemania por tres años y medio, entre 1969 y 1972. La vía usual de comunicación era el correo y entre mi madre y él hubo un intercambio epistolar constante y de una regularidad y riqueza asombrosas. Pero en algunas ocasiones se requería inmediatez en la comunicación. Así fue cuando hubo que avisarle que, en abril del ’71, la familia iría a Alemania a visitarlo (ya he contado algunos detalles en mi artículo “La camioneta y los relojes”). Un domingo por la mañana, mi madre pidió la llamada internacional y colgó esperando la comunicación. Unos minutos después, el teléfono de casa sonó; la operadora le informó que había demora en las comunicaciones a Europa y que tardaría algunas horas en lograrse la llamada. Por fin, a las seis de la tarde (la una de la madrugada en Alemania) mi somnoliento y asustado hermano contestó demandando con angustia: “¿Qué pasa, qué pasa, todos están bien?” Lo que siguió fue una llamada entre gritos, ruidos de estática y espera de varios segundos entre las frases de aquí hacia allá y las de allá hacia acá. Pero algunos minutos después, el milagro de haber llamado desde nuestro pueblito hasta Hamburgo, a 8,000 kilómetros de distancia, se había dado.

POR COBRAR Y ALGUNOS TRUCOS

Había circunstancias en que quien llamaba no podía o no quería pagar la cuota de larga distancia. Entonces Telmex te ofrecía la modalidad “por cobrar”. En este caso, te comunicaban con el número solicitado en la otra ciudad y cuando contestaban, la operadora indicaba que Fulano de Tal llamaba por cobrar a ese número o persona (también se podía llamar de persona a persona), y preguntaba si se aceptaba la llamada. Si recibía una respuesta positiva, enlazaba la comunicación y se empezaba a correr el reloj para facturar.
Teléfono de pared
         Un truco para quienes no querían gastar ni hacer gastar a la familia, era este: Supongamos que Antonio iba de El Oro a la Ciudad de México; su padre le pedía que avisara al llegar. Entonces, en lugar de llamar y generar un gasto, Antonio pedía una llamada por cobrar, de persona a persona, con Miguel Pérez (quien no existía en la realidad). Cuando la operadora preguntaba “¿El señor Miguel Pérez acepta una llamada de Antonio Rodríguez?”, quien contestaba decía: “El señor Pérez no está en la casa, no aceptamos”. Así, el papá de Antonio se enteraba de que su hijo ya había llegado a su destino y nadie pagaba un peso.

Otra variante de pago, que no ahorraba éste, pero que evitaba dejar registro en el recibo telefónico era ésta, utilizada a veces por mi hermana, cuando era adolescente: Ella deseaba llamar a su novio en San Juan del Río, pero no quería que nuestros padres se enteraran. Entonces, le pedía la llamada a la operadora y le indicaba que la pagaría en efectivo en la central telefónica. Al terminar la comunicación, mi hermana salía de la casa y cubría el costo de la larga distancia directamente con la operadora, borrando todo rastro de la romántica llamada.

NÚMEROS LIMITADOS, HORARIOS RESTRINGIDOS

En El Oro, en los ’70, sólo había 98 números telefónicos y era imposible que la red creciera por una simple razón. En la central, el conmutador tenía dos tableros con 50 números cada uno y no se veía la oportunidad de que la empresa paraestatal destinara otro tablero para aquel pueblo perdido en la sierra mexiquense.

Por eso mismo, el horario de operación de los teléfonos era de 7 de la mañana a 10 de la noche. Después de esa hora, las líneas quedaban muertas hasta el día siguiente y a nadie preocupaba esa circunstancia, hasta que en 1975, se incendió una casa en el callejón de La Ruleta.  A alguien se le ocurrió llamar a los bomberos a Toluca. Entre que fueron a despertar a una operadora a su casa y ésta salió a abrir la central y hacer la llamada, la casa —que era vieja y de madera— se había consumido en su totalidad.
Telmex Polotitlán
           Había pueblos vecinos en los que el servicio era aun más limitado. En Temascalcingo los teléfonos no funcionaban los jueves por la tarde, día de cierre del comercio. Y en Polotitlán, donde la central estaba en la tienda de don Constantino Osornio y sólo había 14 teléfonos en todo el pueblo, el servicio tenía el horario de la tienda: de 8 a 2 y de 4 a 7, cerrando los domingos por la tarde.

CABINAS Y MENSAJEROS

Cada central tenía cabinas para que quienes carecían de línea en su casa pudieran hacer llamadas telefónicas. Bastaba acudir a la oficina y solicitar la comunicación. Cuando estaba lista, la operadora le indicaba al cliente que podía pasar a la cabina y tomar el auricular. Al final, se contabilizaba el tiempo y se pagaba el servicio.

Pero ¿qué sucedía cuando una persona de fuera quería comunicarse con alguien del pueblo, incluso de los alrededores, que no tenía teléfono? Para ello existía el servicio de mensajero. Usted vivía, por ejemplo, en Puebla y quería llamar a su tío en El Oro. Solicitaba una llamada por mensajero en su ciudad; la operadora poblana se comunicaba con su colega en El Oro y le indicaba que le avisaran al tío Juan Salgado que a las 6 de la tarde, su sobrina de Puebla le llamaría. Entonces, la operadora anotaba esta información en un formato especial, salía a la puerta de la central y buscaba a algún chiquillo que rondara por allí (había varios habituales) y le instruía a que fuera a la casa de Juan Salgado a llevarle el mensaje de la sobrina. El destinatario se trasladaba a la central a la hora prevista y esperaba la anunciada llamada. Sé que suena increíblemente complicado, pero este método solucionaba muchas carencias tecnológicas.

BULLYING UNIVERSITARIO

En 1978 yo ingresé a la Universidad de la Comunicación, en la Ciudad de México, una pequeña escuela de tan sólo 130 alumnos, por lo que los profesores no sólo nos conocían a todos, sino que sabían muchos detalles de nuestras vidas. En mi caso, que era yo de un pueblo llamado El Oro y que no era el único alumno de la UDEC originario de ese lugar: un semestre arriba de mí, mi paisano y amigo Víctor Reyes cursaba la misma carrera. Los dos alumnos ejercíamos con vehemencia el vicio que nos caracteriza a los aurenses: hablar y hablar de nuestro pueblo, ensalzando y hasta exagerando sus características, su historia y su belleza.

Pues bien, en 1979 la telefonía de disco llegó por fin a mi pueblo (a Atlacomulco había llegado dos años antes mediante una moderna central telefónica convencional). Pero en El Oro, Telmex decidió instalar una novedosa central prearmada dentro de una caja de tráiler, que fue instalada y puesta en funcionamiento en cuestión de semanas, para alegría y orgullo de todos nosotros.

Entonces, la telefónica decidió anunciar la innovación mediante anuncios en los principales periódicos nacionales, en los que se mostraba una imagen de la caja / central, con el encabezado “SUBIÓ EL ORO”. Luego, un texto explicaba las virtudes de esas centrales y cómo el progreso telefónico llegaría pronto a pequeñas poblaciones a lo ancho y largo de la República, como lo había hecho a mi pueblo.

El profesor Duhart, director de la escuela, me encontró la tarde de la publicación en el vestíbulo de la universidad y me invitó a su oficina, donde había tres o cuatro maestros más, y me mostró el Excélsior con el mencionado anuncio: “Mire, Gabriel, su pueblo salió mencionado aquí”. Entonces, Paco Camargo, otro de los maestros, me preguntó: “¿Qué, antes no tenían teléfonos en tu pueblo?” “Sí —respondí tímidamente— pero eran de manivela”, y expliqué todos los detalles de cómo debíamos llamar por teléfono hasta una semana antes. ¡No podían creerlo! No concebían que, en el último cuarto del siglo XX, hubiera pueblos con esos sistemas rudimentarios de comunicación. De nada valió decirles que en El Oro tuvimos teléfonos antes que muchas ciudades grandes del país; la imagen del teléfono de manivela se quedó para siempre en sus mentes y sirvió para muchas bromas.

MI MALA MEMORIA

Me habría gustado aquí reconocer a las operadoras de mi pueblo que, durante décadas, fungieron como el enlace de El Oro con el mundo, un trabajo que casi nunca es reconocido en su real dimensión. Pero recuerdo sólo a cuatro: Consuelo Sánchez, Pera Rosales y las hermanas Legorreta. A ellas, mi agradecimiento por siempre.

ESCLAVOS DEL TELÉFONO

No me refiero a la popular canción de Timbiriche, sino a cómo el teléfono ha pasado, en 50 años, de ser un auxiliar importantísimo en nuestra vida, a convertirse en un tirano costoso con el que nos une una relación tóxica de codependencia. Pero así son las cosas, Charles Chaplin diría: “Tiempos modernos”.

POST SCRIPTUM.
EL CHIRRIÓN POR EL PALITO
Verónica Ruffo
          Hace poco más de dos meses publiqué en estas páginas un artículo sobre el exgobernador de Baja California, Ernesto Ruffo, preso político del régimen cuasi dictatorial de la 4T.

Hoy, Ernesto Ruffo ha conseguido, al fin, que —en razón de su edad y su condición médica— una juez le conceda llevar su proceso en prisión domiciliaria, en su casa de Ensenada, a donde fue trasladado desde Almoloya por tierra, a través de casi tres mil kilómetros, en un recorrido de cuarenta horas, mostrando la saña del sistema judicial mexicano contra los personajes que pueden incomodar al gobierno.

Lo que seguramente no calculó el aparato cuatrotero fue que, derivada de las circunstancias de abuso de poder contra un ciudadano muy probablemente inocente, surgiría una inesperada candidatura de oposición a la gubernatura de Baja California: Verónica Ruffo, hija del exmandatario estatal, quien durante 70 días estuvo dando la cara, valientemente, por su padre, es vista como una sucesora natural de aquel hombre que, en 1989, se convirtió en el primer gobernador de oposición en México.

Si las fichas se acomodan, cabría la posibilidad de que Morena fuera sacado del palacio de gobierno de Mexicali en las elecciones del próximo año.

Guadalajara, Jalisco, octubre 01, 2026.

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