Columna CANDELABRUM
Por Ximena Monroy*
“Manténgase el amor fraterno.
No dejen de practicar la hospitalidad,
pues saben que algunos dieron alojamiento
a ángeles sin saberlo.”
Hebreos 13, 1-3
Una de las creencias más antiguas y profundas de la historia de la humanidad (la cual encuentro absolutamente fascinante) ha sido la que plantea que, en ciertas ocasiones, los seres espirituales –llámense estos ángeles o dioses – caminan entre los simples mortales disfrazados de desvalidos, un disfraz perfecto e incuestionable: ancianos, huérfanos, enfermos, mendigos, forasteros.
Es una hermosa idea la de buscar a la divinidad en esos rostros imperfectos, en medio de la carencia y el sufrimiento, entre los extranjeros sin hogar y nunca entre la opulencia y la cómoda certeza.
Es posible encontrar esta noción no sólo en la fe popular sino directamente en los textos sagrados de la mayoría de las culturas del mundo.
A este fenómeno se le conoce como teofanía itinerante o bien angelofanía si hablamos específicamente de ángeles.
En la Biblia, por ejemplo, se recogen una gran cantidad de pasajes que aluden a este grandioso suceso:
En el libro del Génesis capítulo 18, tres hombres visitan a Abraham bajo el calor del día. Él les ofrece comida y agua para lavarse los pies, eran forasteros pero fueron tratados con respeto y consideración. Uno de ellos decide quedarse un rato más conversando con Abraham y los otros dos continúan su camino valle abajo hacia la ciudad de Sodoma. Posteriormente, la narrativa nos conduce a la revelación de que era el Señor quien se detuvo a dialogar con él, un intercambio de palabras armonioso y placentero –como era de esperarse al sostener una charla con el mismo Dios.

Los otros dos acompañantes eran ángeles o “mensajeros”. Ya en el capítulo 19 del Génesis se relata que al anochecer, Lot los recibió en su casa como a cualquier otro huésped, ofreciéndoles todo lo que tenía. Ellos tomaron de la mano a Lot y a su familia, acompañándolos en todo momento y brindándoles seguridad en su huida hacia las afueras de la ciudad pues esa misma noche Sodoma sería arrasada por el fuego debido a su impiedad.

Otro ejemplo se nos presenta en el libro de Tobías en el cual se describe claramente cómo el arcángel Rafael adopta la identidad de un joven llamado Azarías para acompañar a Tobías en un largo viaje con motivo de guiarlo y aconsejarlo. Al final de dicho viaje se hace patente su verdadera identidad.

Para los antiguos griegos, la Xenia o derecho sagrado de los extranjeros a ser hospedados, era una ley incuestionable que debía ejercerse por mandato del mismísimo Zeus Xenios, el protector de los viajeros. La más importante de las razones por las cuales eran tan escrupulosos a la hora de acatar este precepto es que creían firmemente que los dioses se vestían con ropas de mendigo o lucían como viajeros agotados y envejecidos bajo el peso del sufrir, tocaban entonces a las puertas de las ciudades y probaban la virtud de los hombres. En La Odisea, Homero profundiza en esta creencia y la convierte en parte esencial de su historia, otorgándole un protagonismo equiparable al del propio Odiseo.

Posteriormente, los romanos se apropiarían de este mismo precepto y procurarían ponerlo en práctica.
Ovidio recoge un relato en el que narra cómo Júpiter y Mercurio descienden a la Tierra disfrazados de pobres mortales, siendo rechazados amarga y agresivamente por toda una ciudad exceptuando una pareja de ancianos humildes que les ofrecen lo poco que tienen. Los dioses desatan su furia provocando una grave inundación en la mezquina ciudad, por otro lado la cabaña de los ancianos es transformada en un precioso templo de oro.

La mitología nórdica tampoco es inmune a esta clase de noción. Para los pueblos del norte, Odín -considerado como “el Padre de Todos”- pasaba gran parte de su tiempo caminando por las sendas de los hombres, completamente camuflado. No permanecía cómodamente sentado en su trono sino que buscaba vestigios de bondad y generosidad entre los miembros de la raza humana. Adoptaba la forma de un anciano de barba larga y un tanto descuidada, vestía una capa gris muy gastada y un sombrero de ala ancha echado hacia adelante para ocultar que le faltaba un ojo. Viajaba bajo el nombre de Gágnrad pero le apodaban “el hombre gris”, observaba el comportamiento así de los poderosos reyes como de las humildes gentes de a pie, ponía a prueba su sabiduría, les ofrecía consejos y premiaba a los que eran ejemplo de probidad.

Ya en el Medio Oriente, destaca una figura mística llamada Al-Khidr que significa literalmente “El Verde”, un ser que recibió de manos de Alá el agua de la vida. Según la tradición islámica, continúa viajando por el mundo disfrazado de vagabundo y aparece repentinamente en la vida de las personas con objeto de examinar su paciencia, su rectitud y su caridad, para alumbrar su camino o aligerar sus cargas.
Al principio sus acciones pueden no tener sentido o parecer confusas pero con el tiempo evidencian el plan infalible de la divinidad.

Si nos sumergimos en la tradición hindú, es posible encontrarse con el caso de las deidades Shiva y Vishnu, quienes adoptan la forma de ascetas cubiertos de ceniza, cazadores o mendigos para comprobar el ejercicio del desapego y la compasión entre las personas sin importar su extracto social.
Las sociedades antiguas tenían un objetivo: mantener saludable el tejido social mediante el respeto al extraño y quizá mantener viva la esperanza de que la divinidad se interesa por la pequeñez y la fragilidad, asomándose al mundo para preguntar por nuestra salud o por nuestras innumerables preocupaciones. Es la necesidad tan humana de sentirse amado y digno de atención, sentir que nuestra conducta es examinada, que el esfuerzo cotidiano es aprobado o reprobado.
Hay una enseñanza que permanece inmutable a través de todas las tradiciones: nunca maltrates a un extraño, podría ser un dios o un ángel disfrazado…

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