Columna LA LIBRETA DE JACK
Por Jacobo Gregorio Ruiz Mondragón*
Siempre es distinto cuando se mira al cielo en octubre. Sus noches, generalmente, más largas y frescas, parecen limpiar el firmamento y dejar a la Luna suspendida con una nitidez especial. Quizá por ello, resulte sorprendente mirarla, además de encontrar en ella, una figura inconfundible: un conejo.
Cuenta la leyenda, que Quetzalcóatl bajó a la tierra transformado en un hombre común, para recorrer y admirar los paisajes del mundo. Tras caminar todo el día, se sentó al atardecer, cansado y con hambre. En eso, un pequeño conejo se acercó, preguntándole si se sentía bien. Quetzalcóatl, comentó que estaba cansado y hambriento, entonces, el conejito le ofreció un poco de zacate, pero rechazó el alimento, porque él no comía hierba. Entonces, supuso que aquel hombre podía morir de hambre, por lo que se ofreció así mismo, como alimento para salvarlo. Conmovido por ese enorme gesto de bondad, Quetzalcóatl retomó su grandeza divina y elevó al tierno animal hasta la Luna, donde quedó estampada su figura. Prometiendo que su imagen brillaría por la eternidad, para que todos recordaran su nobleza.
Pero, existe un detalle que la leyenda no cuenta: ¿a dónde va el conejo cuando no aparece en la Luna? Algunos llegaron a pensar que el Sol lo perseguía; otros, que un conejo moría cada mes, y uno más, nacía después, pero estaban equivocados: «Su imagen quedó estampada en la Luna, pero se le concedió libertad para ausentarse de ella, cuando así lo determinara la noche». De ahí, que el pequeño conejo aparezca en Luna llena, y desaparezca, en las demás fases.
Hay quien dice, que la primera vez que el conejo abandonó la «perla astral», descubrió que debajo del cielo existía otro territorio. No era el cielo, tampoco la tierra. Era el espacio que queda entre ambos, y justo ahí, encontró una puerta, en cuyo interior, había montones de estrellas, esperando a ser colocadas en la bóveda celeste. Así que el conejo, comprendió que alguien tenía que ordenar y colocar esas «luces» en su sitio. Por eso, la Luna no siempre muestra al conejo, y por la misma razón, no siempre hay estrellas allá arriba.
Quizá, esa sea la parte que Quetzalcóatl nunca contó. El conejo no recibió solamente el honor de tener su silueta en la Luna, recibió también una tarea. Mientras mujeres y hombres duermen, él se ocupa de que el cielo no pierda su orden. Por tanto, si la Luna está llena, descansa; si comienza a menguar, trabaja. Y cuando llega la oscuridad absoluta, el pequeño guardián se encuentra en algún lugar, ordenando estrellas, o incluso, reparándolas, para después colocarlas y darle luz al manto nocturno.
En suma, la Luna conserva su imagen, pero las estrellas custodian el misterio, porque hay secretos que se muestran en la superficie, y otros, que las estrellas prefieren susurrar entre ellas.
Ahora, cuando alguien mire la Luna y no encuentre al conejo, sabrá cuál es la razón, cumplir sigilosamente con su labor. Recordándonos que los actos de bondad, por pequeños que parezcan, tienen el poder de iluminar el universo. Entonces, si el astro vuelve a llenarse y el conejo aparece otra vez en su rostro, no pensemos que acaba de regresar, simplemente ha concluido su jornada. Y por esta noche… el cielo está en orden.

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