Columna LA LIBRETA DE JACK
Por Jacobo Gregorio Ruiz Mondragón*
Hay personas que no se van de repente. A veces, comienzan a despedirse desde antes, pero lo hacen en un idioma que no hemos aprendido a «leer»: Dejan de contestar algunos mensajes; cancelan una cita, después otra, y así sucesivamente; regalan un objeto que apreciaban mucho; se quedan observando por la ventana más de lo habitual; y con cierta frecuencia, dicen estar cansados.
No sabemos o no entendemos, cuándo una persona comienza a apagarse. Quizá ella tampoco lo sepa o lo entienda. Porque el dolor no siempre llega como una tormenta. En ocasiones, parece una habitación que va perdiendo su luz poco a poco, hasta que termina en la oscuridad.
Suele suceder que, una conversación se limite a un par de mensajes: «¿Ya llegaste?». «Cuídate. Mañana hablamos». Y tal vez, ese «mañana», sea la esperanza que una persona necesite. Se puede estar rodeado de personas y, aun así, sentirse completamente sólo, y eso sucede, pues no es fácil advertir lo que hay más allá de una sonrisa. Detrás de cada historia, hay algo que las estadísticas no pueden registrar: una conversación que nunca ocurrió, una mano que no alcanzó a tocar un hombro, una pregunta que nadie se atrevió a hacer: ¿Estás bien?
Cuestionar parece poca cosa, pero puede ser una cuerda lanzada hacia alguien que está cayendo. Por eso, el «suicidio» no debería ser una palabra pronunciada cuando alguien ya no está. En cada estadística hay un «nombre», y detrás de cada «nombre», hubo una historia. Los números pueden contarnos cuántas personas mueren, pero nunca podrá decirnos, cuántas veces alguien estuvo a punto de preguntar si necesitaban ayuda.
¡Cambiemos la narrativa!, la prevención comienza mucho antes de un hospital o un funeral, inicia con una conversación. No se trata sólo de recordar a quienes ya se fueron, sino mirar a quienes todavía están. Quizá, en alguna parte, alguien esté esperando una pregunta que le permita quedarse: ¿Estás bien?
Las tragedias parecen tener una misma particularidad: comienzan cuando todo parece normal. Y es que, con independencia a una clasificación clínica, hay quienes no hacen nada para morir, pero dejan de hacer lo necesario para vivir. No existe un gesto evidente, una despedida o una señal que anuncie el desenlace. Simplemente comienzan a soltar, una por una, las pequeñas cosas que los mantenían sujetos a la vida. No necesariamente porque hayan decidido morir, sino porque en algún momento, dejaron de encontrarle sentido a la vida. Es una forma silenciosa de cansancio que, no siempre pide la muerte, pero que tampoco encuentra razones suficientes para seguir luchando contra ella.
No esperemos que una fotografía adquiera un significado distinto, para indagar qué habría pasado si hubiéramos preguntado a tiempo: ¿estás bien? Una interrogante puede abrir una puerta y, detrás de ella, existir una alternativa que no alcanzamos a ver o comprender. La vida siempre merecerá una segunda oportunidad; y a veces, ofrecerla no requiere más que permanecer cerca, escuchar sin juzgar y recordarle a alguien, justo cuando comienza a olvidarlo, que su vida importa, y aunque determinado escenario indique lo contrario, siempre habrá razones para quedarse.

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