Columna CANDELABRUM
Por: Ximena Monroy*

“Dondequiera que haya un desafortunado,

Dios envía a un perro.”

Alphonse de Lamartine

Habría que empezar por admitir que los milagros cotidianos engrasan las bisagras de la vida, cualquier vida.

Lejos de aquellos milagros gigantescos, cuya veracidad genera acalorados debates y cuyo arrastre de las masas es extraordinario, existe la certeza de que son los discretos actos inspirados por el amor los que sostienen el entramado de la existencia y que estos son, quizá, los mejores y más puros milagros que podemos atestiguar.

En medio de esta tremenda densidad, a menudo la luz se presenta disfrazada.

Los perros tienen esa función, reflejar y amplificar la luz proveniente de cierto sitio ligero e indefinible. Creo yo que más leve y más blando.

Pienso, sin embargo, que los primeros momentos de este encuentro entre hombre y perro son siempre –o en la mayoría de los casos –atropellados y difíciles.  
Es preciso aceptar que su llegada al hogar se siente casi como una irrupción, como la fuerte ventisca que abre la puerta de improviso, que eleva las cortinas y hace que las ventanas golpeen estruendosamente, pero que al mismo tiempo introduce una fresca ventilación.

Así, en nuestro calculado mundo de higiene, acomodo y reglas precisas, hace su arribo un pequeño caos que nos empuja hacia la flexibilidad, hacia la posibilidad de aceptar las torpezas, las travesuras, el ruido, el desorden.

Uno casi siempre está por averiguarlo, pero esto se convierte en el preámbulo de una relación transformadora que durará por siempre, un vínculo lo suficientemente sincero como para que la muerte no tenga poder sobre él.

Hay algo verdadero que se debe mencionar y es que hace falta tener un corazón bueno y blando para amar y dejarse amar por un perro, para dejarse tocar por semejante calidez.
Hay que ser capaz de hallar bondad en uno mismo y un sentido de la belleza para llamarnos dignos de cuidar y estar al cuidado de un ser de una especie distinta.

Este amor estará basado en el silencio –nada más sagrado que amar en silencio –y en la confianza absoluta e inquebrantable. Habrá una fidelidad que trasciende las capacidades humanas, pues –y aquí me permito hablar particularmente de mi experiencia personal –un perro se quedará, se quedará cuando llueva y cuando el frío apriete, se quedará en los días soleados y alegres del verano, en la abundancia y en la escasez, lo material jamás lo distraerá, y por supuesto, se quedará a pesar de nuestras miserias.

La naturaleza de los animales los capacita para donarse a sí mismos.    

Los humanos por el contrario, tenemos serios problemas para amar de este modo. El amor humano, el eterno aspirante a la perfección, es esencialmente imperfecto, peligroso como los riscos, inquieto, nervioso y atormentado. Constantemente haciéndose preguntas y planteándose la elección terrible entre quedarse o no.

En el artículo pasado escribí acerca de “La Odisea” pero intencionalmente omití un pasaje para abordarlo ahora con mayor profundidad, a modo de homenaje a mi perro, recién fallecido.
Odiseo tenía en Ítaca a su devota esposa Penélope, a su joven y virtuoso hijo Telémaco, a su fiel siervo Eumeo y a la mujer que lo crio, Euriclea. Ciertamente grandes afectos y un hogar al cual volver.

Sin embargo, Homero, luciendo esa sabiduría aterradora, introduce aquí uno de los relatos más conmovedores de su obra.

Años antes de que Odiseo fuera llamado a la guerra de Troya, adquirió un cachorro, lo llamó Argos. Lo cuidó con esmero dedicándole mimos y gran parte de su tiempo, y el tiempo era valioso para un rey.

Argos se convirtió en un perro de caza extraordinario, poseía una agilidad inigualable y un impecable sentido del olfato para rastrear cabras montesas, ciervos y liebres.

Sobrevino entonces la temida guerra, un desastre que sumió a todos en el desconcierto, en la tristeza y en la incertidumbre. Odiseo tuvo que partir, con gran pesar por su parte pero haciendo gala de su sentido del deber.

El perro cayó entonces en el abandono, todo el mundo debió pensar que había cosas más importantes de las que preocuparse y eso no incluía a un ser que ama y espera en silencio.
Cuando Odiseo regresa finalmente, al cabo de veinte años de un extraordinario viaje, encuentra a su amigo anciano, ciego, lleno de garrapatas y tendido sobre un montón de estiércol cerca de las puertas del palacio.  

A pesar de haber llegado disfrazado de mendigo -por consejo de la diosa Atenea- Argos es el primero de toda Ítaca en reconocerlo. Ya no tiene fuerzas para levantarse pero logra componer un último gesto de amor y respeto: mueve su cola y baja las orejas.

Odiseo, profundamente conmovido pero consciente de la necesidad de continuar con su meticuloso plan, no puede acercarse para acariciarlo y contempla impotente cómo inmediatamente después de este acto, el perro muere en paz.

Homero continúa describiendo cómo el gran héroe de Troya, aquel que ideó la famosa estratagema del caballo, no puede contener el llanto y se limpia las lágrimas en secreto.
Al cabo de su magnífica odisea, viene a llorar por un perro fallecido. El escritor sabe que esta escena es inusual, pero decide mantenerla porque no hay cosa más cierta ni lágrimas más sinceras.

Este dolor se ha prolongado durante milenios, es el mismo de aquellos de nosotros que perdemos no una mascota, sino un pedazo del hogar, el ritmo que marcaba cada día, los pasos que recorrían la sala –discretos –los pequeños paseos cotidianos por el jardín, el cuerpo cálido siempre cerca, el mundo entero reflejado en un par de ojos redondeados.

Más que un amigo, un hermano repleto de silencioso amor.   

*CONTACTO FB: https://www.facebook.com/ximena.monroy.9634

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