Columna LA LIBRETA DE JACK
Por Jacobo Gregorio Ruiz Mondragón*
Hay edificios públicos que durante el día pertenecen a los vivos. Se llenan de voces, pasos apresurados, puertas que se abren y se cierran, teléfonos que suenan y personas que van y vienen con la rutina bajo el brazo. Pero cuando llega la noche, ocurre algo distinto. En Toluca, cerca de la «Iglesia del Ranchito», existe una antigua historia con distintos matices y algunos cambios sustanciales, pero en esencia es un relato que los trabajadores del Sistema DIF Estado de México, cuentan en voz baja, no necesariamente por miedo, quizá porque hay historias que parecen tener memoria propia.

Dicen, que cuando el silencio se instala lentamente, como niebla invisible, los espacios parecen recuperar aquello que durante el día permanece escondido detrás de los muros, transformando los pasillos en túneles de acceso a este plano dimensional, y de uno de ellos, sale un niño que comienza a caminar. Nadie sabe exactamente cuándo aparecerá. Algunos aseguran haber escuchado pequeños pasos, como si estuviera buscando, sobre el piso frío, un camino que el tiempo se ha empeñado en borrar.

Otros, dicen haberlo visto de espaldas, pero vestido con ropa de otra época, sin hablar, sin correr… siempre caminando. Pero hay algo todavía más extraño, el niño parece saber cuándo alguien está perdido, pues si un visitante no encuentra un área específica de la oficina, una pequeña figura aparece al fondo del pasillo. Camina unos metros, se detiene, voltea y espera. Si la persona lo sigue, el niño continúa su recorrido hasta detenerse frente a la puerta correcta para luego desaparecer.

La explicación del relato parece corresponder a los años de la Guerra Cristera. Se cuenta que un niño quedó separado de sus padres y comenzó a buscarlos alrededor de la «Iglesia del Ranchito». Los buscó entre las casas, las calles, entre la gente, pero no los encontró. Por eso, dicen, sigue caminando, aunque siempre regresa, confiando en que sus padres, lo busquen y lo encuentren en ese lugar.

Cierta noche, un trabajador decidió seguirlo. El niño apareció al final de un pasillo, pero esta vez no esperó a que alguien le preguntara por una oficina… simplemente comenzó a caminar, el empleado lo siguió, pasaron una puerta, después otra. La atmósfera del inmueble se tornó un tanto extraña. Finalmente, llegaron hasta una puerta que permanecía cerrada desde hacía años, el pequeño se detuvo, levantó la mano, señalando esa puerta, el señor la abrió, el lugar era un espacio habilitado como archivo, dentro, había un par de muebles viejos y un archivero abandonado, por cierto, con bastante polvo.

En uno de los cajones del archivero, había un expediente con fecha del siglo XX, con algunos nombres, y en su interior, una fotografía de una familia: dos adultos y un niño. Entonces, el trabajador volvió la mirada hacia el pasillo, pero el pequeño había desaparecido.

Sobre el piso había algo que no estaba allí, unas pequeñas huellas de polvo que llegaban hasta esa puerta, pero nunca regresaban. Desde aquella noche, aquel trabajador, entendió que aquel niño buscaba a sus padres. Algunas noches, cuando las oficinas quedan vacías y el último empleado apaga la luz, todavía puede escucharse, el eco de unos pequeños pasos, confiando, que al final del pasillo, alguien lo esté esperando.

*CONTACTO FB: https://www.facebook.com/Jacko.ruiz.mondragon

Tendencias