Columna: TODO TERRENO
Por: Octavio Díaz García de León
En julio de 2026, las empresas OpenAI y Hugging Face dieron a conocer un incidente de seguridad ocurrido durante una evaluación interna de capacidades cibernéticas. Un conjunto de modelos de inteligencia artificial, que estaba sometido a una evaluación para ver si podía vencer un ambiente de ciberseguridad, logró salir del entorno aislado en el que estaba siendo evaluado y atacar la infraestructura de Hugging Face en busca de cumplir el objetivo de la prueba. Todo ello sin intervención humana. Esto no significa que estemos ante una rebelión de robots. Pero sí muestra que algunas herramientas de inteligencia artificial pueden recibir un objetivo y por sí mismas, planear, utilizar herramientas digitales, escribir código de computación, ejecutar instrucciones y adaptarse a obstáculos para lograr una meta.
Qué es la inteligencia artificial
La inteligencia artificial es un conjunto de sistemas capaces de realizar tareas que antes asociábamos sólo con la inteligencia humana: entender lenguaje, reconocer imágenes, identificar patrones, traducir textos, resolver problemas, generar contenidos, programar, diagnosticar, clasificar información, tomar decisiones e incluso moverse y operar como humanos. El campo de la inteligencia artificial no es nuevo. Personas como el filósofo alemán Leibnitz en el siglo XVIII pensaron en programas y dispositivos que pudieran hacer tareas pensantes. Pero fue hasta mediados del siglo pasado cuando Alan Turing planteó el problema clave de si una máquina podía imitar el pensamiento humano, al grado de ser indistinguible de una persona, y a partir de allí empezó a tomar un gran impulso este campo.
Bases filosóficas de la inteligencia artificial
Uno de los debates de fondo en la inteligencia artificial es cómo se produce el conocimiento. Existen dos grandes formas de entender la inteligencia: por un lado, la razón, asociada a la capacidad de ordenar ideas y llegar a conclusiones mediante reglas lógicas; por otro, la experiencia, entendida como el aprendizaje que surge de observar el mundo. Durante buena parte del siglo XX, la inteligencia artificial siguió una ruta racionalista: se pensaba que bastaba con programar reglas claras para simular el razonamiento humano. Este enfoque permitió avances importantes, como los primeros sistemas expertos y programas capaces de jugar ajedrez. Sin embargo, con el tiempo se hizo evidente que la realidad es demasiado compleja para reducirla a reglas fijas. Por ello, la investigación se desplazó hacia modelos capaces de aprender a partir de grandes cantidades de datos. La inteligencia artificial actual combina ambas tradiciones: razona con estructuras lógicas, pero aprende principalmente mediante la experiencia acumulada en datos.
¿Deberíamos tener miedo a la inteligencia artificial?
Es necesario entenderla y prever su impacto en la sociedad, pero no temerle como para paralizarnos. La historia muestra que toda tecnología poderosa tiene usos positivos y riesgos evidentes. La energía nuclear puede producir electricidad o destruir ciudades. La biotecnología puede curar enfermedades o producir armas biológicas. La inteligencia artificial entra en esa misma categoría de tecnologías de doble uso. Puede aumentar la productividad, mejorar diagnósticos médicos, personalizar la educación, acelerar investigaciones científicas, automatizar trámites, traducir idiomas, detectar fraudes y apoyar a empresas. Pero también puede tener su lado oscuro al utilizarse para vigilar ciudadanos, manipular elecciones, cometer delitos cibernéticos, desplazar empleos, producir desinformación o tomar decisiones injustas. Por eso, el problema no es la existencia de la inteligencia artificial. El problema es cómo se diseña, quién la controla, con qué límites opera y para qué fines se utiliza.
El impacto en el trabajo
Uno de los efectos más importantes será laboral. La inteligencia artificial no sólo afectará trabajos manuales o repetitivos. También alcanzará actividades profesionales que antes parecían protegidas: abogados, contadores, médicos, ingenieros, periodistas, programadores, diseñadores, analistas financieros, profesores y consultores. Muchas tareas que requieren educación universitaria ya pueden ser asistidas o parcialmente automatizadas. Pero el riesgo es que sustituya a quienes no aprendan a trabajar con ella.
El nuevo valor humano
Ante esta tecnología, el valor del ser humano no estará en competir con la computadora en velocidad de cálculo, memoria o procesamiento de datos sino en formular buenas preguntas, interpretar resultados, verificar información, tomar decisiones prudentes, asumir responsabilidad, entender contextos y distinguir entre lo técnicamente posible y lo socialmente deseable. Para ello debemos entender la tecnología digital; aprender a verificar los resultados; proteger la información; regular su desarrollo sin obstaculizarla; y repensar la educación, la cual enfrenta una revolución.
México frente a la inteligencia artificial
México no puede darse el lujo de dejar pasar esta revolución porque inevitablemente será usuario masivo de estas herramientas. El riesgo no es sólo que se pierdan empleos. También lo es quedarse rezagado. Si otros países usan inteligencia artificial para mejorar su productividad, los servicios públicos y formar trabajadores más preparados, la brecha tecnológica se ampliará.

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