Columna: CANDELABRUM
Por: Ximena Monroy
"Háblame, Musa, de aquel varón ingenioso que anduvo errante largo tiempo, después de haber destruido la sagrada ciudad de Troya; que vio los pueblos y conoció las costumbres de muchos hombres, y sufrió en su corazón muchas penas, sobre el mar, luchando por su vida y la vuelta de sus compañeros…”

Así inicia una de las obras más sólidas y emblemáticas de la literatura universal, una sucesión de cantos atemporales que resumen de un modo inmejorable las vicisitudes, no sólo de Ulises (u Odiseo) sino de cada hombre y mujer que ha peregrinado en este nuestro mundo, formando parte de una humanidad que incesantemente busca respuestas. Es por este motivo que le vienen bien los adjetivos universal y atemporal, pues a través de su generosa cantidad de posibles interpretaciones uno se encuentra frente a frente con su propia experiencia de vida, al igual que un hombre que vivió hace milenios.  

La Odisea es pues una obra que lo contiene todo; cada una de las facetas que componen la naturaleza de un viaje. Un viaje de vuelta a Ítaca a través del mar Egeo y al mismo tiempo un viaje intimo hacia el autodescubrimiento.  

La genialidad de Homero consiste, creo yo, en su capacidad para crear metáforas, como un sutil maquillaje bajo el cual escondió grandes porciones de sabiduría.

A simple vista habla de un hombre inteligente y cansado de la sangre, que después de haber ideado la famosa estratagema del caballo de Troya (que le entregó la victoria a los griegos) y de haber luchado como ninguno, estaba deseoso por volver a casa: su amada Ítaca, el lugar donde sus afectos lo esperaban desde hacía largos años. Había un hijo, ahora en camino de volverse adulto pero aún  demasiado joven para ocupar el trono. Se llamaba Telémaco y era apenas un bebé cuando le dejó, por tanto, ni siquiera lo conocía. Y había también una esposa, Penélope, una mujer devota cuyo amor lo había salvado de la muerte y del abatimiento.
Hay ocasiones en que el amor devora kilómetros.

Él no podía saberlo pero los pretendientes inundaban su palacio, esperando cualquier oportunidad para casarse con ella y así tener acceso al trono. Había estado tanto tiempo ausente que el desorden anidaba ya en aquel lugar.

Vivir es ausentarse la mayoría del tiempo, alejarse de la verdadera esencia casi siempre, con el juicio nublado por el ego y un sinnúmero de acontecimientos que moldean nuestra percepción de la realidad. Pero la vida es mucho más de lo que parece, -descubrir eso es nuestro verdadero viaje a Ítaca.

Con la historia de Odiseo, Homero colocó un elegante espejo delante de cada uno de nosotros, enfrentándonos con la verdad de que tenemos un largo -y en ocasiones tortuoso- camino por andar, uno que conduce al perfeccionamiento de la personalidad, -si no en esta vida, al término de ella.  

En ocasiones nos vemos envueltos en una seductora comodidad, como Odiseo en la isla de Calipso, un atenuante, una excusa necesaria para descansar un poco, para hacer caso omiso durante breves instantes del impasible tiempo.

Calipso estaba enamorada, por eso le ofreció la inmortalidad a aquel hombre avejentado y disminuido, casarse con él y rodearlo de atenciones por toda la eternidad. Atemoriza que las personas se vayan de nuestro lado, de modo que les ofrecemos todo lo que poseemos.
Aun así, hay veces en que deciden irse, como Odiseo y embarcarse en la concreción de su viaje, arriesgándose a no volver a ser objeto de semejantes atenciones nunca más.

Enfrentarse a la rudeza y a la ceguera porque es preciso.

Uno de los pasajes más fascinantes es protagonizado por otra mujer: Circe. Después de haber vivido ciertas desventuras a su lado, ella le ofrece su ayuda y, nuevamente, su amor.

Es contundente: para poder regresar a Ítaca, debe primero descender al Hades para hablar con Tiresias, el adivino. Odiseo le expone su temor pues nadie nunca ha descendido al Hades y vuelto con vida.
Tu sí, le responde ella.
Es la seguridad de que se encuentra delante de alguien especial, un hombre capaz de dominar sus instintos, y esa disciplina en verdad lo puede todo. 
Aun le quedaba una prueba suprema, la suma de todas las tentaciones que acechan la debilidad humana. En medio de la enmarañada nube de instrucciones que Odiseo recibe de Tiresias, destaca la necesidad de atravesar el escarpado territorio de las sirenas.
El canto de las sirenas es terrible, melodioso y excesivamente seductor. Ningún hombre había salido indemne, cada uno había caído al mar con los ojos enloquecidos de placer y de dolor a un tiempo.

Pero los hombres de Odiseo taparon sus oídos con cera, todos menos él. Pidió ser atado al mástil del barco, sabedor de que su naturaleza era completamente humana y, por tanto, en extremo vulnerable. No se sentía fuerte ni extraordinario. Aceptar nuestras limitaciones con sinceridad y actuar en consecuencia, nos hace grandes.

Considero que todos alguna vez hemos oído el canto de las sirenas, la tentación latente y voluptuosa en cuyo fondo esperan consecuencias mayoritariamente negativas. A veces habremos caído y otras, habremos resistido como verdaderos héroes.

Recientemente, la película de Christopher Nolan ha puesto el foco nuevamente en esta obra, y habrá que reconocer el enorme merito que tiene, cinematográficamente su propuesta es excepcional.
La crítica ha esperado escaso tiempo para hacer saber su opinión acerca de la falta de precisión histórica de la película, pero no hay que olvidar que La Odisea no es un documento histórico fiable y que el fin último del arte no es, en modo alguno, la precisión.

En este sentido, Irene Vallejo hizo alusión a un comentario escrito por Séneca en sus Cartas morales a Lucilio, que me resulta de una profundidad abrumadora y que cito aquí:

[…] No tenemos tiempo para escuchar conferencias sobre si estuvo a la deriva entre Italia y Sicilia, o fuera de nuestro mundo conocido […] Muéstrame más bien, a ejemplo de Ulises, cómo debo amar a mi patria, a mi esposa, a mi padre, y cómo, incluso después de sufrir un naufragio, debo navegar hacia estos fines, honorables como son. […]        

*CONTACTO FB: https://www.facebook.com/ximena.monroy.9634

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