Columna TURISMO Y TIEMPO LIBRE
Por Rocío Salazar Sánchez*
Alguna vez, en casa de mis abuelitos, encontré una antigua lámpara de aceite. Era un objeto sencillo, casi frágil, pero lleno de historia. Me quedé observando su estructura, preguntándome cómo funcionaba y cómo iluminaba las noches de quienes vivieron antes de que la electricidad llegara a cada hogar. También descubrí una planchita de metal que se calentaba con brasas de carbón, una herramienta que exigía paciencia y cuidado. Aquellos objetos eran testigos silenciosos de un tiempo distinto, un tiempo en el que la vida se organizaba alrededor del fuego, del sol y de la comunidad.
Cuántas cosas eran diferentes cuando no había energía eléctrica. La gente no estaba frente a pantallas, sino frente a la naturaleza, frente a los demás, frente a sí mismos. Las familias se reunían para conversar sin prisa, para preparar alimentos tradicionales, para compartir historias que se transmitían de generación en generación. Recuerdo a mis tías y a mi abuelita haciendo buñuelos alrededor del aceite caliente, riendo mientras la masa dorada tomaba forma. También recuerdo a mi familia paterna reunida junto a un brasero, con un bote lleno de elotes recién cosechados, compartiendo el calor en un día frío de lluvia. Era justo en esta época del año cuando había que ir a la milpa a recolectar, a mano, los primeros elotes maduros. Aquella labor, lejos de ser pesada, se convertía en una tradición que fortalecía los lazos familiares.

Cada domingo, después de la infaltable sobremesa familiar, íbamos al solar más cercano a jugar béisbol, “encantados” o una “cascarita” de fútbol. No importaba si el campo era irregular o si la pelota estaba desgastada; lo importante era la convivencia, la risa, el movimiento. Era un ritual que nos recordaba que la vida también se construye con momentos simples, con actividades que no requieren más que ganas de estar juntos.

Con el tiempo, la energía eléctrica se volvió accesible para la mayoría y los medios de comunicación entraron en nuestras vidas. Las lámparas comenzaron a encenderse con un apagador, las planchas cambiaron el carbón por un cable, y las noches se hicieron más largas sin la obligación de dormir al anochecer. La luz se incorporó a nuestra rutina de tal manera que dejamos de imaginar la vida sin ella. Nos acostumbramos a la comodidad de tener todo al alcance de un interruptor, y sin darnos cuenta, muchas costumbres se fueron desvaneciendo.
Sin embargo, durante las tormentas o por diversas fallas, la electricidad se iba y nos dejaba a oscuras. En esos momentos, la casa parecía transformarse: los sonidos se volvían más presentes, las sombras más profundas, y el silencio más revelador. Yo no sé si todas las familias hacían lo mismo, pero en la mía, la falta de luz era el pretexto perfecto para salir a disfrutar de una noche de luciérnagas. Intentábamos atrapar alguna entre las manos, maravillándonos con ese pequeño destello vivo que parecía un regalo del bosque. Era un espectáculo natural que nos recordaba que la belleza no siempre está en lo evidente, sino en lo que se descubre cuando se apaga lo cotidiano.

Otra costumbre que teníamos con mis papás era vaciar los cajones del buró a la luz de las velas. Mi papá comenzaba a contar la historia de cada objeto: relojes descompuestos pero llenos de significado, notas de exalumnos, fotografías de juventud, incluso un pececito de plástico que llevaba cuando iba a pescar. Cada pieza era una puerta a un recuerdo, a una emoción, a un fragmento de vida. Entre risas y lágrimas, ese momento se volvía mágico, íntimo, irrepetible. Confieso que alguna vez pensé en bajar el apagador para recrearlo, pero mi papá siempre revisaba primero por la ventana si la luz se había ido en toda la colonia o solo en la casa. Esa pequeña verificación rompía mi plan, pero también me enseñaba que la magia no se fuerza: aparece cuando quiere.
Hoy, que dependemos tanto del celular y la computadora para estar conectados, informarnos o distraernos, hemos olvidado esas experiencias no virtuales. Vivimos rodeados de notificaciones, mensajes, videos y pantallas que reclaman nuestra atención constantemente. Por eso los especialistas en psicología recomiendan desconectarse al menos una vez al mes y salir al exterior, a la naturaleza, para reconectar con lo esencial. No se trata solo de descansar la vista, sino de permitir que la mente respire y que el corazón recuerde lo que significa estar presente.

Estar afuera implica acercarnos al entorno, a los nuestros y a nosotros mismos. Significa compartir pláticas, recuerdos, tradiciones, sentimientos y emociones sin filtros ni pantallas. Es un ejercicio de presencia, de escucha y de memoria. Caminar sin prisa, observar el cielo, sentir el viento, escuchar el crujido de las hojas secas bajo los pies: todo eso nos devuelve a un estado de calma que difícilmente encontramos en la vida digital.
Querido lector, cuando se vaya la luz, en lugar de enojarse con la compañía proveedora del servicio, le invito a implementar esta actividad. Quizá le represente un esfuerzo enorme, pero le aseguro que le traerá un puñado de buenas experiencias y sensaciones que vale la pena observar y distinguir. Permítase sentir la noche, escuchar el silencio, mirar las sombras. Permítase recordar que la vida también ocurre cuando las pantallas se apagan.

Conecte con la naturaleza: camine sobre hojas secas, junto a un riachuelo, bajo la sombra de los árboles o por cualquier espacio que tenga cerca. La naturaleza siempre tiene algo que decir. Hágalo solo, con algún ser amado, con sus hijos o con un amigo. Comparta lo que siente o dígaselo a usted mismo. A veces, las mejores conversaciones ocurren cuando no hay luz, cuando el mundo se detiene un instante y nos invita a mirar hacia adentro.

El único requisito para lo que sea que haga en ese tiempo sin luz es que, por favor, lo disfrute. Porque, aunque parezca contradictorio, cuando se va la luz, muchas veces es cuando más claridad encontramos.

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