Columna TURISMO Y TIEMPO LIBRE
Por Rocío Salazar Sánchez*
Vivimos en una época en la que estar ocupados parece haberse convertido en una virtud. Entre obligaciones laborales, responsabilidades familiares, compromisos sociales y las exigencias de la vida cotidiana, muchas personas terminan relegándose al último lugar de su lista de prioridades.
La realidad es que la mayor parte de nuestro tiempo está destinada a cumplir funciones necesarias para sostener nuestra vida. Trabajamos para obtener el sustento, atender nuestras necesidades básicas y desempeñar los distintos roles que asumimos dentro de la sociedad. Sin embargo, en medio de esa dinámica constante, suele quedar una pregunta pendiente: ¿qué lugar ocupan nuestros propios sueños?
Para muchas mujeres, la jornada transcurre entre las responsabilidades de la maternidad, el trabajo, los emprendimientos personales y el cuidado de otros. Cuando finalmente termina el día, descubren que desde el amanecer han estado pendientes de las necesidades ajenas y apenas han dedicado unos minutos a sí mismas.

Para muchos hombres ocurre algo similar. Gran parte de su tiempo se consume en cumplir con el trabajo, sostener económicamente a la familia, atender el hogar, resolver problemas cotidianos y responder a múltiples responsabilidades. Al final de la jornada, el cansancio suele ocupar el espacio que alguna vez estuvo reservado para los anhelos personales.
Cada uno de nosotros tiene compromisos que atender y obligaciones que cumplir. Nadie pone eso en duda. Pero hoy, querido lector, le propongo hacer una pausa.
Deténgase por un momento y reflexione.
¿Se ha preguntado qué hará si algún día llega esa oportunidad que tanto espera?

Esos puntos suspensivos que suelen acompañar la frase “algún día” esconden una enorme cantidad de deseos postergados. Sueños que permanecen guardados en un rincón de la memoria, como si hubieran sido archivados en un viejo baúl junto con la idea de que ya no vale la pena perseguirlos.
Quizás alguna vez se ha dicho:
“Algún día viajaré al país que siempre quise conocer”.
“Algún día tendré una cabaña en el bosque para disfrutar del amanecer entre la neblina, junto a una chimenea, un buen libro y una copa de vino”.
“Algún día aprenderé a bailar tango sin preocuparme por el qué dirán”.
“Algún día compraré una combi adaptada para recorrer las rutas y descubrir lugares que siempre soñé visitar”.
“Algún día compartiré una noche de baile con la persona que amo”.
“Algún día descenderé por un río, viviré una aventura o practicaré una actividad que siempre me generó curiosidad”.
“Algún día terminaré mis estudios”.
“Algún día me sentiré más libre y seguro de mí mismo”.
La lista podría continuar indefinidamente. Todos conocemos a alguien que habla de esos aparentes "sueños imposibles". Tal vez nosotros mismos lo hemos hecho más de una vez.
Sin embargo, vale la pena preguntarse si realmente son imposibles o si simplemente han permanecido demasiado tiempo en el terreno de las intenciones.
La diferencia entre un sueño y una meta suele encontrarse en la decisión de actuar. Anhelar algo es el primer paso; comprometerse con ello es lo que comienza a hacerlo realidad.

Ningún gran proyecto se construye de un día para otro. Viajar, aprender algo nuevo, emprender una aventura, mejorar la calidad de vida o alcanzar una meta personal requiere esfuerzo, disciplina y, sobre todo, valentía. Es necesario asumir ciertos riesgos y aceptar que cada logro tiene un precio hecho de tiempo, dedicación y perseverancia.
Cuando los años pasan sin que demos un solo paso hacia aquello que deseamos, la frustración aparece silenciosamente. Los sueños siguen ahí, convertidos en notas pegadas al refrigerador, en conversaciones repetidas o en promesas que nos hacemos a nosotros mismos cada comienzo de año.
Por eso, quizá sea momento de cambiar la pregunta.
En lugar de preguntarse qué sucederá "algún día", pregúntese qué puede hacer hoy para acercarse a ese sueño.
¿Qué quiere que ocurra?
¿Y qué acciones concretas puede realizar para que eso suceda?

A veces basta con algo tan sencillo como reservar una hora para investigar un destino, inscribirse en un curso, comenzar a ahorrar para ese viaje pendiente, salir a caminar, leer sobre una actividad que siempre despertó interés o simplemente permitirse imaginar un futuro diferente.
Elegirse a uno mismo no significa abandonar las responsabilidades. Significa reconocer que también somos importantes dentro de nuestra propia historia. Que nuestro bienestar, nuestras pasiones y nuestros proyectos merecen un espacio.
El tiempo libre no es únicamente un descanso entre obligaciones; es una oportunidad para reconectar con aquello que nos inspira, nos desafía y nos hace sentir vivos. Es el momento en el que podemos construir experiencias, descubrir nuevos destinos, aprender habilidades, fortalecer vínculos y acercarnos a la vida que realmente queremos vivir.
No descarte sus sueños. Acérquese a ellos paso a paso, con paciencia y constancia. Cada pequeña acción cuenta. Cada decisión que toma para usted mismo añade significado al camino y transforma la rutina en una experiencia más plena.
Por eso, la próxima vez que se sorprenda pensando "algún día", intente sustituir esa expresión por una pregunta más poderosa: ¿qué puedo hacer hoy?
Tal vez descubra que ese día que tanto esperaba no pertenece al futuro. Tal vez, simplemente, sea hoy. Porque invertir tiempo en uno mismo también es una forma de viajar, crecer y convertir los sueños en realidad.

*Lic. en Turismo





