Columna: El Cinéfilo Latino
Por Héctor Alejandro Serrano Ortiz*
La sinopsis oficial reza: “Beto se salta su primer día de clases para seguir a Ramiro, su apático hermano mayor a quien admira. Un caluroso paseo por la ciudad es interrumpido abruptamente cuando los hermanos descubren a su padre siendo infiel. El peso del secreto fractura la frágil armonía familiar mientras Beto debate si guardar silencio o enfrentar una dolorosa verdad”.
Creo firmemente que hay un momento en la vida de todos nosotros en el que, sin darnos cuenta, cruzamos un umbral y ya no podemos regresar una vez penetramos en él. El umbral del que hablo es muy extraño, pero estoy seguro que todos lo sentimos por sus efectos: ya no nos emocionan las cosas que, cuando éramos niños, nos hacían vibrar por dentro y por fuera, nuestros padres ya no nos parecen superhéroes invencibles y la vida se siente apagada y menos mágica. Generalmente nos vemos en esa transición porque cargamos con pesos que no pedimos: secretos que no nos pertenecen, verdades que destruyen imágenes de quienes amamos…

Fin del Verano, el brillante cortometraje de Francisco Sánchez Solís, me parece justamente brillante porque captura a la perfección esa transición, a través de su protagonista, un niño llamado Beto. En él y su expresividad (cortesía del talentosísimo actor infantil Donovan Mendoza) notamos cómo ya no se trata del mismo niño al inicio y al final del cortometraje, que retrata ese momento específico donde la inocencia no se pierde romántica o épicamente, sino que te la arrebatan violentamente mientras saboreas una paleta de mango con chile en una esquina de la Narvarte.

El cortometraje, quiero recalcar, no trata sobre infidelidad solamente. Trata sobre cómo la infidelidad de un adulto se convierte en la complicidad forzada de un niño (o niños, en este caso). Es una historia sobre el peso de los secretos, pero no de la forma en que el cine tradicional lo aborda, sino con el silencio aplastante de dos hermanos que caminan lado a lado sabiendo algo que no pueden “desconocer”, que no deberían compartir, que simplemente tienen que tragarse.
Francisco Sánchez Solís llega a Fin del Verano con una experiencia que, para mí, sugiere que es un director que entiende cómo los espacios domésticos pueden convertirse en lugares de violencia emocional. Lo que hace en este cortometraje de dieciséis minutos es refinar esa sensibilidad, dándole forma en lo que podría llamarse una “investigación clínica” sobre cómo un descubrimiento accidental puede desmantelar la arquitectura frágil de una familia.

Nuevamente, repito que no se trata de un cortometraje que busque impactar con la revelación de la infidelidad. Hay demasiada literatura fílmica ocupada en eso. Creo que Fin del Verano toma esa premisa y la convierte en algo más incisivo: explora la forma más cruel en que la infancia termina con la comprensión repentina de que el mundo funciona diferente a como te dijeron que funcionaba. Que los adultos son frágiles. Que los hermanos mayores, por muy mayores que sean, siguen siendo niños.

Todo sucede en un solo día, en plena ola de calor urbana; ese tipo de día donde la realidad se vuelve demasiado intensa e insoportable, donde cualquier cosa puede romperse por su propio peso. Y efectivamente se rompe, pero no de la forma en que esperas. Se rompe de forma banal, de la manera en que las familias realmente se quiebran: sin ceremonia… sólo con lluvia cayendo mientras cuelgas ropa en la azotea.

Lo primero que impacta en Fin del Verano es su precisión narrativa. Sánchez Solís estructura el cortometraje en tres movimientos que funcionan como variaciones sobre el mismo tema: la normalidad. El primer movimiento es la mañana de un primer día escolar cualquiera, con su ritmo de ajetreo doméstico. El segundo es el día en la calle, cuando los hermanos descubren la infidelidad. El tercero es el regreso a casa y sus consecuencias. Cada sección responde a la anterior: es como si estuviéramos oyendo tres versiones del mismo tema, cada una más tensa que la anterior. No por nada en los tres momentos se repite el mismo adjetivo: si mamá no fuera tan “pesada” …

La cinematografía de Bruno Gaeta funciona con una restricción elegante. No hay ningún momento de virtuosismo visual “de a gratis”. La cámara adopta una postura casi observacional, particularmente en las escenas domésticas: encuadres limpios, simples, que capturan el espacio de forma frontal y objetiva. Esto genera una tensión porque sabemos, como espectadores, que algo se está pudriendo bajo esa dichosa normalidad. La iluminación no es necesariamente cálida durante el día, pero es claro que se vuelve más fría conforme avanza la narración. Cuando la tormenta amenaza, la luz azulada del cielo domina todo, sugiriendo que el clima exterior ha encontrado su reflejo en el interior de la familia.
La forma en que la película documenta el espacio doméstico es particularmente inteligente. La azotea es donde termina el cortometraje, y esa elevación, ese último refugio donde la madre tiende ropa mientras llueve, sugiere que la familia aún tiene un nivel de operación donde pueden realizar las funciones básicas, aunque todo esté derrumbándose. Es casi desesperado, ¿no? La ropa mojándose, completamente indiferente a la crisis que ocurre abajo.

En cuanto a la dirección de actores, lo que sucede aquí es extraordinario, y no estoy exagerando. Donovan Mendoza, quien interpreta a Beto, tiene una capacidad de comunicar emociones contradictorias que deberías ver para creerla. Su rostro es el mapa completo del cortometraje. En la escena de la cafetería, cuando ve al padre con la otra mujer, hay primero sorpresa, luego incomprensión, luego ese momento en que la realidad reorganiza su comprensión del mundo. Pero lo que sale del rostro de Mendoza no es actuación convencional; parece como si alguien hubiera capturado el instante real de desengaño en el niño. Mis aplausos para él.

Emilio Mejía como Ramiro presenta un contraste fascinante. Su Ramiro es deliberadamente cerrado, protegido por el cinismo de la adolescencia, pero hay momentos en los que se quiebra esa postura. Cuando ve a su hermano inconsolable después de la discusión familiar, la culpa es innegable. Y aquí es donde el casting se vuelve brillante en mi opinión: Mejía se parece físicamente a César Ramos (el padre) de una forma que es casi inquietante: ese cabello rizado, esa mirada que carece de esperanza. Ese parecido funciona como una amenaza no verbal: Ramiro podría ser su padre. El secreto que guarda, esa disposición a callarse, ¿acaso lo está condenando a repetir patrones?

Brenda Montoya como la madre y Donovan Mendoza completan el cuadro, pero de una forma que merecería un párrafo entero. Montoya y Mendoza comparten facialmente ciertos rasgos: el cabello oscuro y los ojos expresivos que traicionan todo sentimiento. Esa similitud visual dice algo profundo sobre la herencia emocional, sobre cómo algunos de nosotros llevamos nuestras vulnerabilidades tatuadas en la cara. Mis aplausos también para Javier Sepúlveda, el director de casting.

El sonido es donde descubrimos que Sánchez Solís ha pensado cuidadosamente cada decisión. Los encargados de sonido han diseñado un paisaje sonoro donde los ruidos cotidianos —un abanico eléctrico, la ciudad, golpes en la mesa— tienen tanto peso como la música. Esa canción de rap que Ramiro trata de grabar es el único punto de tensión sonora en un mundo que de otra forma es monótono. Es el aspecto de Ramiro que está vivo, que está creando algo… Aunque la canción está siempre incompleta, siempre siendo interrumpida. Metafóricamente, es perfecta: la adolescencia de Ramiro está siendo interrumpida por la necesidad de proteger a su hermano o de guardar secretos.

La lluvia, cuando llega, no es un efecto de sonido y ya. Es un evento acústico total. La forma en que las gotas golpean la azotea mientras la ropa del padre se moja es lo último que escuchamos antes de que termine. Sólo lluvia interminable.

Lo que Fin del Verano hace, en su nivel más profundo, es explorar la infancia como una construcción que depende de la ignorancia. Beto comienza el cortometraje siendo admirador de Ramiro. Esa admiración es pura, es casi religiosa para él. Ve a su hermano como alguien más grande, más sabio, alguien que ha descifrado los códigos de un mundo que para Beto sigue siendo misterioso. El rito de Beto imitando a Ramiro — rapear la misma canción, pedir la misma paleta, decir las mismas expresiones— es el rito de la identificación. Es cómo aprendemos a ser.
Pero ese descubrimiento del padre arranca esa inocencia de forma violenta. No es sólo que Beto descubra que su padre es infiel: descubre que su hermano mayor sabe y calla, y ese silencio lo revela: Ramiro ya no es un modelo. Es un cómplice. La admiración se convierte en una carga, porque ahora Beto tiene que llevar ese conocimiento, esa complicidad, a cuestas.

Creo que el cortometraje también podría leerse sobre la muerte del padre como autoridad. El padre que llega a casa y choca puños con Ramiro, que pregunta a Beto si está “listísimo” para la escuela, ese padre tiene poder. Pero cuando aparece desayunando con otra mujer, tomado de su mano, esa autoridad se evapora y no es reemplazada por una versión más humana del padre; es reemplazada por la ausencia de un padre. Lo que queda es alguien que intenta comprar la aceptación de su familia con pizza, que hace chistes inapropiados sobre darle cerveza a sus hijos, que niega que sus hijos sean sólo “niños” con un tono que sugiere que nunca leyó un libro sobre desarrollo infantil.

La manera en que el cortometraje aborda la discusión matrimonial es particularmente áspera. No hay diálogos elegantes: la madre y el padre simplemente se atacan, cada uno citando su versión del sacrificio: ella dice que se encarga de los niños, él dice que trabaja, ella dice que ella también trabaja. Es la discusión que han tenido un millón de parejas, la que nunca se resuelve porque ambos tienen al menos un poco de razón. Son cosas menores que se acumulan en una frialdad mayor.

Y luego está ese momento donde Ramiro dice: “¿Quieres que mis papás se divorcien? ¿Quieres que nos separemos?” Ramiro ha internalizado el mandato silencioso: el silencio es lo que mantiene unida a la familia. La verdad es destructiva. Así que elige ser leal a la ficción, al “performance” antes que a la realidad. Es una decisión que probablemente lo perseguirá toda su vida. Porque acababa de decirle a su hermano pequeño que todo estaba bien, que podían simplemente seguir caminando, que no había pasado nada.

Lo que es notable es que Sánchez Solís también fue editor de esta película. Eso significa que pensó la puesta en escena considerando cómo sería cortada en postproducción. No hay shots superfluos. Cada toma existe porque necesita existir en relación a la siguiente. Es un control que sugiere que Sánchez Solís ha estudiado cine con seriedad.

Su guion original es preciso de forma casi dolorosa. La charla entre Ramiro y Beto mientras caminan hacia la escuela, las líneas que intercambian en la cafetería cuando ven al padre, la discusión de los padres: todo comunica información sobre los personajes mientras avanza la trama. No hay exposición innecesaria.

Aquí está lo que Fin del Verano logra, y por qué importa: construye una pequeña máquina narrativa donde cada elemento apunta hacia la misma conclusión: que la infancia es frágil, que depende de narrativas que los adultos mantienen, y que cuando esas narrativas se colapsan, no hay forma de reconstruirlas de la misma manera.

Beto comienza queriendo ser como Ramiro. Termina sabiendo que su hermano está en la misma situación que él: atrapado, silencioso y sin agencia. Ese descubrimiento es devastador porque significa que la infancia que Beto imaginaba, con su hermano mayor como modelo y protector, nunca existió.

El calor que permea todo el cortometraje —esa ola de calor que se anuncia al principio— es tanto literal como metafórico. Es la sensación de que algo está a punto de quebrarse, de que la estructura no puede sostener el peso por mucho más tiempo. Cuando llueve al final, es castigo, es caos, es lo que sucede cuando todo lo que fue contenido finalmente se desborda.

Es un cortometraje que no te deja en paz porque es verdadero. Porque todos conocemos, o tenemos, familias como esta. Porque todos somos, en diferentes formas, Ramiro o Beto, eligiendo qué verdades guardamos.

El cortometraje aún no está disponible en línea, pero para más información sobre su visualización, favor de contactar a Francisco Sánchez Solís en sus redes: https://www.instagram.com/fransanchezsolis/

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