Columna LA LIBRETA DE JACK
Por Jacobo Gregorio Ruiz Mondragón*
Hay hombres cuya vida termina el día de su muerte. Otros, en cambio, comienzan una segunda existencia, cuando el pasado trasciende al presente, y Don José Isidro Pedro Fabela Alfaro pertenece a esa estirpe excepcional. El 12 de agosto de 1966, fue uno de esos días, en los que el tiempo dejó de avanzar en línea recta, para hacer una pausa en su camino y encontrarse con su memoria. Dos años después de su partida, Atlacomulco volvió a pronunciar el nombre del gran «arquitecto de la diplomacia mexicana». No como un acto de nostalgia, sino como un ejercicio de gratitud. Había concluido la biografía, pero no el pensamiento, porque la «flaca» podrá cerrar los ojos de un hombre; pero jamás podrá sepultar su esencia cuando ésta ha encontrado refugio en la historia. La ceremonia fue encabezada por el Profesor Carlos Hank González, siendo Director General de la Compañía Nacional de Subsistencias Populares «CONASUPO», quien tuvo el honor de develar el monumento dedicado al ilustre jurista, diplomático e internacionalista, en un espacio concebido para que el homenaje trascendiera al instante protocolario y se integrara para siempre a la vida cotidiana del terruño de gemas coloradas y corazón de la geografía estatal. La estatua, obra del artista ixtlahuaquense Joaquín Arias Méndez, fue fundida en bronce con la intención de resistir el paso del tiempo. Pero más allá del material, es la memoria colectiva la que le da su permanencia, porque ningún monumento perdura sólo por la nobleza de sus elementos, sino que subsiste cuando una comunidad reconoce en él, un fragmento de su identidad. No es casual, que la figura de Don Isidro Fabela sostenga un libro entre sus manos, pues en la metáfora de su interpretación, contiene algo más que sólo páginas, guarda una forma de comprender la historia de México y el mundo. Simboliza la fuerza de la inteligencia en la defensa de las naciones a través de su doctrina. Mientras muchos apostaban por las armas, él creía en el derecho internacional como el medio para impedir que la fuerza tomará por asalto a la razón. Como decía Don Mario Colín Sánchez: «Fabela fue un hombre de alma franciscana… No sabríamos distinguir si en sus rasgos característicos fue mejor su cabeza o su corazón», pero su pensamiento, quizá pueda resumirse en una sencilla pero elocuente frase: «Lucharía por México como el destino quisiera, con un fusil en la mano, con la pluma en los dedos o con el verbo en los labios. No me importa cómo, pero luchando». Las ciudades hablan mediante sus templos, sus mercados, sus calles y sus monumentos. Así, cuando cae la tarde sobre la plazoleta y la luz convierte el bronce en una superficie de fuego antiguo, resulta inevitable pensar que las esculturas no desafían al tiempo. Dialogan con él. Lo obligan a detenerse unos segundos para preguntarnos qué hemos hecho con la herencia recibida, porque la memoria no consiste en mirar hacia atrás, consiste en permitir que el pasado nos acompañe mientras avanzamos. A seis décadas de ese acontecimiento, la mirada de la efigie puesta en el horizonte, no sólo contempla el avance implacable de las arenas del tiempo, sino que además, se ha convertido en el faro que guía el alma de un pueblo que enciende, en el fuego de su legado, la luz de su propio destino.

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