Columna: COLABORADOR INVITADO
Por: Darinka Velasco Ramírez
Un mexicano, en promedio, tiene entre 70 y 80 profesores a lo largo de su vida, desde el kínder hasta la universidad. Sin embargo, son pocos los que dejan una huella imborrable en nuestra vida; al menos, desde mi punto de vista.

Tuve decenas de maestros y maestras. Recuerdo a la mayoría, pero me atrevo a decir que han sido pocos los que dejaron una huella real en mi formación como persona. Hay docentes que van más allá de las cuatro paredes de un aula, que te dejan enseñanzas que trascienden lo académico y lo profesional, y que logran romper la barrera de la relación maestro-alumno.

Uno de esos maestros, para mí, fue sin duda Leopoldo Hernández Navarro, el profe “Polito”, como cariñosamente todos lo conocimos.

Tuve la fortuna de coincidir con él mientras estudiaba en la UDA (Universidad de Atlacomulco), hace aproximadamente 12 o 13 años. Polito nos impartió las materias de Micro y Macroeconomía en la carrera de Administración y Contabilidad. Recuerdo sus clases como momentos siempre divertidos, porque más que un maestro, Polito era todo un personaje. Desde que llegaba en su carrito, bajaba con su portafolio y entraba al edificio silbando o tarareando siempre la misma tonada.

Sus clases eran entretenidas, no solo porque sabía muchísimo, sino porque más que una clase eran una charla amena en la que compartía sus conocimientos. Al terminar, si había oportunidad, seguía conviviendo con sus alumnos: comía con nosotros o continuaba la conversación sentado en las bancas del jardín.

Polito tenía la costumbre de organizar viajes con los alumnos, esos famosos “congresos” que los universitarios tanto disfrutan. Nuestro grupo viajó a Veracruz con él y con su esposa. Ese tipo de experiencias te conecta aún más con tus profesores, porque la convivencia cambia por completo: pasas del aula a compartir prácticamente las 24 horas del día, y ellos, por muy “adulto” que uno se sienta, siguen siendo quienes tienen la responsabilidad del grupo. Pudimos conocerlos mejor, tanto a él como a su esposa, otro ser igual de maravilloso que Polito. Sin duda, fueron una de las parejas más bonitas que conocí; siempre se percibía esa complicidad que hoy pocos matrimonios conservan. Fueron esos momentos los que hicieron que les tomara un cariño muy especial a ambos.

Cuando uno deja una escuela, es consciente de que esos momentos con los profesores difícilmente volverán a repetirse. Tal vez, con suerte, los encuentres algún día para intercambiar un fugaz “hola” y recordar que sí, alguna vez fueron tus maestros.

Con Polito, en mi caso, fue diferente. Cada encuentro era una oportunidad para volver a platicar con él, y lo mismo ocurría con su esposa. Llegué a frecuentarlos un poco más allá del ámbito escolar; incluso, durante un tiempo vivimos casi como vecinos, en la misma colonia, y los encuentros se volvieron habituales. No solo convivía con Polito, sino también con su familia: su esposa, sus hijos, su nuera… El tiempo pasó, uno va creciendo, y Polito tuvo la oportunidad de conocer a mi hijo y de verme en una nueva etapa de mi vida: la de mamá.

Hace unos días, el profe Polito se retiró de este plano terrenal y ahora acompaña a los astros, más allá de donde nosotros podemos ver. Lo curioso de este acontecimiento es que, el mismo día en que partió, tuve la oportunidad de encontrarme con él y con su esposa en el centro de nuestro querido terruño. Yo estaba “festejando” que mi hijo había concluido el kínder, y durante ese encuentro pudieron felicitarnos por ese pequeño gran logro. Con mucho cariño y orgullo, le dije a mi hijo: “Mira, él fue mi maestro en la universidad”. Horas más tarde me informaron sobre su fallecimiento y, hasta hoy, mi corazón todavía no logra creerlo.

Polito tenía un profundo amor por las culturas prehispánicas, especialmente por la cultura maya y todo lo relacionado con ella. Incluso llegó a publicar dos libros: uno sobre la historia y la cultura mesoamericana, y otro de poemas dedicados a los pueblos zapoteca, olmeca y totonaca. También impartió conferencias, seminarios y pláticas con las que fomentaba el amor por nuestras raíces. Él, originario de Nayarit, motivaba a quienes lo escuchaban a conocer y valorar la herencia prehispánica, nuestras raíces y los orígenes de nuestra vasta cultura. Así nació, según él mismo lo explicaba, Visión Maya, una obra creada con el propósito de que, por medio de la poesía, sus lectores apreciaran de manera más profunda la enorme riqueza cultural de nuestro pasado.

Polito, fuiste maestro, amigo, ejemplo, mentor, guía y una de esas personas a las que siempre se admiró. En tus libros y en cada palabra que escribiste con tanto corazón y pasión permanecerás siempre entre nosotros. Hoy, junto con tu poesía, y como escribiste alguna vez: “Te visitó la energía de los dioses, viste volar al quetzal, hijo de la selva, y con él voló tu poesía en la inmensidad de la turquesa”. Hoy tu espíritu trasciende, guiado por Hunab Ku y K’awiil, y la gran persona que fuiste permanecerá por siempre en el corazón de todos aquellos que tuvimos la fortuna de conocerte.

QEPD Leopoldo Hernández Navarro (1954-2026)

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