Columna TODO TERRENO
Por Octavio Díaz García de León*
Imaginemos que usted olvida pagar a tiempo la mensualidad de su casa; se retrasa en el pago de una tarjeta de crédito; se retrasa con su hipoteca; invade con su automóvil una línea de tránsito que no debía cruzar; rebasa el límite de velocidad en su auto; entrega tarde un proyecto en su trabajo; deja de visitar a sus padres adultos mayores, que requieren cuidados especiales; en un chat de amigos critica a políticos del partido gobernante. Todo ello registrado cuidadosamente por su gobierno en un sistema de puntuación global. De pronto, un día le anuncian su despido del trabajo; lo echan de su casa; le quitan el coche, le prohíben viajar en tren o en avión; le quitan el pasaporte. En su sistema de “afinidad social” (por ponerle nombre), el gobierno detecta que su puntuación negativa rebasa los límites tolerados y por ello se han tomado esas medidas. De inmediato también se ve objeto de ostracismo y se le señala como indeseable. En sistemas tradicionales, cada uno de esos hechos tendría consecuencias distintas y por separado. El riesgo surge cuando todos estos incidentes empiezan a integrarse en un esquema unificado de vigilancia, registro y evaluación. La vida entera de una persona se convierta en una secuencia de datos acumulables, comparables y sancionables, bajo criterios definidos por gobiernos o corporaciones con gran capacidad tecnológica. La reputación como mecanismo de control La ciencia ficción ya ha planteado escenarios parecidos. En el episodio “Nosedive”, de la serie Black Mirror, las personas viven en una sociedad donde cada interacción social se califica con estrellas. Entre más se agrade a otras personas, más estrellas. La puntuación determina el acceso a vivienda, transporte, empleo, servicios y estatus. Quien baja de calificación pierde oportunidades y empieza a ser tratado como una persona indeseable. El episodio critica una sociedad en la que la reputación digital se convierte en una forma de control social. China y el Sistema de Crédito Social Actualmente algo similar empieza a surgir en el mundo. El ejemplo más citado es China, aunque conviene precisarlo. No existe, al menos como sistema nacional unificado, una sola puntuación social que sume todos los comportamientos de una persona y determine automáticamente su destino. Lo que sí existe es algo más complejo: un Sistema de Crédito Social formado por registros públicos, listas negras, mecanismos administrativos, sanciones y restricciones específicas para personas o empresas incumplidas. Una persona que se niega a cumplir una sentencia puede ser incorporada a listas de incumplimiento y enfrentar restricciones para ciertos gastos o actividades, como viajar en avión, usar trenes de alta velocidad o acceder a ciertos servicios. No se trata de una “calificación total” de la persona, pero no está lejano el día en que se convierta en un sistema de control social integral. La acumulación de datos personales El avance de la digitalización facilita este proceso. Dejamos rastros digitales constantemente: trámites en línea, compras electrónicas, uso de redes sociales, pagos con tarjeta, geolocalización del teléfono, cámaras de vigilancia ubicuas, aplicaciones de transporte, plataformas de hospedaje, servicios bancarios, expedientes médicos, historiales laborales y comunicaciones digitales, entre otros. Por separado, muchos de estos registros parecen inofensivos o incluso útiles. El problema surge cuando esos datos se usan con propósitos de control social. Los ejemplos cercanos Pero no hace falta ir hasta China para encontrar mecanismos de calificación. En México, por ejemplo, el buró de crédito califica el comportamiento financiero de las personas y con ello se condiciona el acceso a préstamos, tarjetas o arrendamientos. En la Ciudad de México existe el sistema de Fotocívicas, que asigna puntos a los vehículos locales y los descuenta cuando se cometen infracciones captadas por cámaras o radares. Al traspasar ciertos límites, el propietario debe tomar cursos o realizar trabajo comunitario para recuperar el derecho a verificar. El peligro de una sociedad calificadora El problema no está en toda calificación. Sin ellas, sería difícil otorgar créditos, sancionar infracciones, detectar fraudes o administrar servicios públicos. El problema surge cuando empiezan a invadir la totalidad de la vida social. El riesgo mayor es su uso político. En manos de gobiernos autoritarios, estas tecnologías pueden servir para frenar las protestas, identificar disidentes, castigar opiniones críticas y premiar la obediencia. En lugar de recurrir a formas visibles de represión, el poder puede operar mediante mecanismos más sutiles: negar oportunidades, degradar reputaciones, dificultar trámites, limitar movilidad o aislar socialmente a quien incomoda. Sociedad eficiente o vigilante La pregunta de fondo es ¿qué tipo de sociedad queremos construir? La tecnología puede facilitar la vida, pero también puede convertirse en una infraestructura de vigilancia permanente. La diferencia dependerá de los límites que se impongan desde la ley, la democracia y la cultura cívica. Es tiempo de poner límites.

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