Columna DESDE LA BANQUETA
Por Gabriel Escalante Fat

«Sin estándares, no puede haber mejora».

 Taiichi Ohno

(creador del Sistema de Producción Toyota)

                El pasado sábado los Estados Unidos de América —nombre que siempre se presta a muchas confusiones— celebraron 250 años de vida independiente.
                Yo era un adolescente cuando en 1976, para conmemorar su bicentenario, el vecino del norte instaló en los jardines aledaños al Museo Nacional de Antropología de la Ciudad de México, una impresionante exposición cuyo propósito era mostrar los impresionantes avances de su nación en sus dos primeros siglos de existencia.

                En ese tiempo, uno de mis mayores anhelos era conocer Estados Unidos. No me habría pasado por la cabeza que en 2016 —al triunfo de Donald Trump— decidiría no volver a viajar a “la tierra de las oportunidades”, quizás el país con más contradicciones en todo el planeta.
                El primer país en América que consiguió independizarse de una potencia imperial europea e implantar un sistema democrático de gobierno fue también —paradójicamente— uno de los últimos en abolir la esclavitud, hecho que no sucedió sino hasta 1865, sólo antes de Paraguay, Puerto Rico, Cuba y Brasil.

                 El país que fue determinante para librar al mundo del dominio Nazi en la Segunda Guerra Mundial gracias a un ejército multiétnico que combatió en Europa, no reconoció los derechos civiles de los negros sino hasta 1964, casi dos décadas después de terminada la conflagración bélica.

                El país que basó su desarrollo económico en la inmigración de prácticamente todo el mundo, hoy tiene una de las políticas anti inmigrantes más injustas y crueles.

               El país que hizo posible la llegada a la Luna “En son de paz y para toda la humanidad”, ahora pretende anexarse nuevos territorios como Groenlandia y “administrar” otros, como Venezuela.

                Pero en 1776, los objetivos de los “Padres Fundadores” de Estados Unidos no tenían nada que ver con el expansionismo y la dominación del mundo a cualquier precio. Washington, Jefferson, Adams, Franklin, Hamilton, Madison y Jay — por mencionar a los siete más relevantes— buscaron emanciparse de Gran Bretaña para instaurar una república basada en los derechos inalienables de los ciudadanos (vida, libertad y búsqueda de la felicidad) y defenderse de la tiranía monárquica ejercida desde el otro lado del océano, reconociendo la verdad evidente de que “todos los hombres son creados iguales”.
                Entre este grupo de notables que conseguirían formar la nueva nación, destaca por su erudición Thomas Jefferson. Además de líder político era horticultor, arquitecto, arqueólogo, paleontólogo, músico e inventor, preocupado también por la educación de los ciudadanos, lo que lo llevó a la fundación de la Universidad de Virginia, considerada por la UNESCO como patrimonio de la humanidad.  Llegaría a ser el tercer presidente de los Estados Unidos, entre 1801 y 1809.

                Hay una anécdota que habla de la eminencia de Jefferson: En 1962, el entonces presidente de Estados Unidos, John F. Kennedy, recibió a 49 Premios Nobel en la Casa Blanca, en una reunión sin precedentes. Dijo Kennedy en su discurso: “creo que esta es la colección más extraordinaria de talento y del saber humano que jamás se haya reunido en la Casa Blanca, con la posible excepción de cuando Thomas Jefferson cenaba solo”.

                Fue Jefferson quien, en 1793, siendo Secretario de Estado, tuvo la idea de adoptar para su país el Sistema Métrico Decimal, que se estaba desarrollando en Francia. La faceta científica de Jefferson entendía la conveniencia de adoptar un sistema práctico y universal; su faceta política iba más allá: intuía que deshacerse del Sistema Imperial de pesos y medidas marcaría un alejamiento con el Imperio Británico.
                En 1794, el científico francés Joseph Dombey fue elegido para encabezar la misión que presentaría a Jefferson y a un comité del Congreso el proyecto que, sin duda, estrecharía los lazos entre Francia y la naciente nación americana. Dombey partió del puerto de El Havre rumbo a Filadelfia, llevando consigo dos objetos que podrían haber cambiado la historia: un cilindro de metal con un kilogramo de masa y una barra de cobre de un metro de longitud.

                Pero ni Dombey ni sus preciados objetos llegaron a su destino.

                Una tormenta en el Atlántico hizo que su barco derivara hacia el sur, hacia el Caribe, donde se dieron de bruces con una embarcación de corsarios ingleses. Dombey intentó camuflarse vistiéndose con el uniforme de uno de los marineros españoles del navío, intentando que sus conocimientos de nuestro idioma fueran suficientes para despistar a los atracadores. Pero éstos pronto descubrieron su verdadera identidad.
                Junto con el resto de los tripulantes, Dombey fue apresado y llevado a la isla de Montserrat, desde donde se pidió un rescate por ellos.  Por desgracia el científico murió mientras se negociaba su rescate y ni él ni sus unidades de medida pudieron llegar a Jefferson.

               Los franceses enviaron una segunda expedición, pero Jefferson ya no era Secretario de Estado, así que ésta ya no encontró una recepción positiva y los Estados Unidos continuaron con el impráctico y obsoleto Sistema Imperial de pesos y medidas, utilizado sólo por otros dos países en el mundo: Myanmar (la antigua Birmania) y Liberia, en el occidente de África.

                El  Sistema Métrico Decimal parte del metro como unidad central, derivándose el resto de éste y sus múltiplos y submúltiplos. Originalmente, un metro se definió como la diezmillonésima parte del cuadrante de un meridiano terrestre (del polo norte al ecuador), aunque desde 1983, para conseguir mayor precisión, se definió como la distancia que recorre la luz en el vacío en un intervalo de 1/299 792 458 segundos.

                En cuanto a medidas de longitud, tenemos al decímetro (una décima de metro), al centímetro (una centésima) y al milímetro (una milésima), seguidas por las que se utilizan para dimensiones microscópicas: micra (una millonésima de metro), nanómetro (una milmillonésima parte de un metro) y en angstrom (una diezmilmillonésima).

                Los múltiplos en longitud son el decámetro (diez metros), el hectómetro (cien) y el kilómetro (mil metros).

                Para medir las superficies pequeñas, utilizamos los centímetros y metros cuadrados, pero tratándose de grandes superficies, se utilizan el área (100 metros cuadrados), la hectárea (10,000 metros cuadrados) y, desde luego, el kilómetro cuadrado.


               La maravilla inicia cuando vemos que las medidas de longitud están relacionadas de manera tan simple como asombrosa con las de volumen. Un litro (unidad de medida de volumen) equivale a un decímetro cúbico, un mililitro es un centímetro cúbico. Por alguna misteriosa razón, los grandes volúmenes de cerveza y vino se miden en hectólitros (cien litros) y el agua en metros cúbicos (mil litros), aunque existe la poco conocida unidad llamada estéreo, que se usa para sólidos y es, igualmente, un metro cúbico.

                Ahora bien, ya tenemos un decímetro cúbico, que es lo mismo que un litro. Si este decímetro cúbico es de agua pura a su máxima densidad (a unos 4°C), el peso resultante es un kilogramo, mismo que multiplicado por mil equivale a una tonelada y dividido por mil, a un gramo, que son las unidades de masa más comunes, además del miligramo (milésima de un gramo) y microgramo (millonésima del mismo), unidades que vemos con frecuencia en los medicamentos que consumimos.

                Siguiendo con esa tendencia, la unidad de temperatura en el SMD es el grado centígrado o grado Celsius, en el que el cero es el punto de congelación del agua pura a nivel del mar y el cien es el punto de ebullición de la misma, en las mismas condiciones.

                Y una vez que tenemos unidades de longitud, área, volumen, masa y temperatura, podemos llegar a la unidad de energía térmica, que en física se denomina caloría. Esta es la cantidad de energía que se requiere para elevar un gramo de agua pura, un grado Celsius, específicamente de 14.5° a 15.5° a presión atmosférica normal.

                Las unidades de presión, torque fuerza y potencia (algo difíciles de entender por quienes no somos especialistas) también se derivan de ese sistema rector que es el métrico decimal.

PARA REÍR UN POCO.

                En los tres países que mencioné líneas arriba (Estados Unidos, Myanmar y Liberia), además de en algunos ámbitos como la aviación, la navegación y la industria petrolera, se siguen usando unidades que poco o nada tienen que ver entre sí y que son difíciles de convertir al moderno y lógico SMD.

                En cuanto a unidades de longitud, las más usuales son: pulgada, pie, yarda, milla terrestre y milla náutica. Es “bien fácil” entenderlas, mire: una pulgada son 25.4 milímetros; por suerte, lo que era una medida antropométrica (el ancho de un dedo pulgar) se logró fijar. Doce de estas pulgadas hacen un pie (304.8 mm) y tres pies son una yarda (914.4 mm). Ahora bien ¿cuántas yardas o cuántos pies son una milla terrestre?, ejem… pues 1,760 yardas o 5,280 pies. No, redondear cifras no vale aquí. Así que para distancias terrestres cortas, se utilizan las fracciones: media milla, un cuarto de milla y un octavo de milla: 880, 440 y 220 yardas. 

                ¡Un momento! ¿Qué diablos es entonces la milla náutica? En metros, equivale a 1,852, lo que no es necesariamente una medida arbitraria, aunque lo parezca. Porque la milla náutica es la sexagésima parte de un grado del cuadrante de un meridiano terrestre. Es decir que, en principio, se calculó con los mismos criterios que el metro, pero dividiendo entre 60 cada uno de los 90 grados de ese cuadrante. Aviones y barcos usan la milla náutica para establecer distancias, y el nudo (una milla náutica por hora) para la velocidad, aunque la altura a la que vuela una aeronave se define en pies (1/6072.12 millas náuticas) y la profundidad de los mares, en brazas, que son nada menos que 6 pies o 183 centímetros.
                Para superficies urbanas, es usual el pie cuadrado y, eventualmente la yarda cuadrada (9 pies cuadrados). Pero tratándose de superficies agrícolas, los gringos pasan al acre, que son 43,560 pies cuadrados o 4,840 yardas cuadradas. ¿Cómo llegaron a esta cifra extraña? ¡Simple!: Un acre es exactamente la superficie de un rectángulo de 66 x 660 pies.

                Las medidas de volumen en Estados Unidos no son más sencillas que las de longitud. La unidad es la onza fluida (29.57 ml). 8 onzas fluidas son una taza (cup) y 16 onzas son una pinta (pint). Dos pintas son un cuarto (quart), que es poquito menos que un litro y cuatro cuartos son un galón, es decir 3.785 litros.
                Para sólidos se utilizan la pulgada cúbica, el pie cúbico y la yarda cúbica. Además del extraño “pie maderero” o “pie tablón” que es de uso común en México para la madera y que es un cuadrado imaginario que mide 1 pie por lado y una pulgada de espesor, es decir, la doceava parte de un pie cúbico o 144 pulgadas cúbicas.
                Otra medida de volumen que, como la milla náutica, trasciende fronteras, es el barril, usado en la industria petrolera. El barril equivale a 42 galones de los Estados Unidos, prácticamente 159 litros.

                Los gringos usan también unas particulares medidas de masa: la libra (unos 454 gramos) que nada tiene que ver con unidades de volumen. La mentada libra se divide en 16 onzas (28.35 gramos) y para cifras más grandes, utilizan la “short ton” o tonelada corta, que son 2,000 libras o 907.18 Kg). Para la ciencia, curiosamente, sí se utilizan gramos, miligramos y microgramos.
                En México vivimos en un ámbito mixto. En muchas industrias (herrería, carpintería, automotriz, por citar algunas) se siguen utilizando predominantemente las medidas en sistema imperial, a veces traducidas en aproximaciones, a veces expresadas en pulgadas y fracciones de éstas, pies y yardas. Esto causa confusión, sobre todo en las generaciones más recientes que llegan a creer que la medida inmediata superior a una broca de “tres dieciséis” es “tres diecisiete”.

                Pero un país que puede soportar el populismo de supuesta izquierda de la Cuatroté y que, por si no bastara, está permanentemente amenazado por el populismo de ultraderecha de Trump y su movimiento MAGA, difícilmente se verá afectado por tener que convertir pesos y medidas cada día.

                En el siglo XVIII, unos corsarios  impidieron la llegada del Sistema Métrico Decimal a los Estados Unidos. Hoy es la terquedad la que secuestra al sentido común y la practicidad que sería el tener un único sistema para medir y comerciar.

Guadalajara, Jalisco, julio 08, 2026.        

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