Columna LA LIBRETA DE JACK
Por Jacobo Gregorio Ruiz Mondragón*
Cada año, el «Día del Abogado» suele acompañarse de discursos y elogios, aunque quizá, el mayor homenaje que puede hacerse, no sea la celebración sino la reflexión, pues con la irrupción de la inteligencia artificial, la abogacía se ha colocado frente a una incómoda pregunta: ¿Qué justifica la intervención humana, cuando un sistema puede realizar tareas jurídicas con mayor rapidez, menor costo y una eficiencia posiblemente difícil de igualar?

Durante generaciones, el conocimiento fue uno de los mayores activos de la profesión y, gran parte de su ejercicio, fue sustentado en actividades que hoy pueden automatizarse, tales como la búsqueda de información, análisis documental, elaboración de escritos, etc. Tareas que antes implicaban horas de trabajo y esfuerzo, ahora pueden resolverse de forma más ágil; y es que, el escenario consuetudinario que conocíamos, cambió con una velocidad inimaginable.

En diversos ámbitos, la inteligencia artificial ya no compite con los abogados; simplemente realiza ciertas funciones de manera más eficiente, porque su algoritmo apunta por naturaleza a la optimización y la simplificación. Negar esa circunstancia, sería como cerrar los ojos ante una realidad evidente. Pero, el Derecho no es solamente un conjunto de normas, pues si así fuera, bastaría con cargar ordenamientos legales a una máquina para resolver cualquier conflicto humano, sin embargo, la experiencia advierte que los problemas jurídicos rara vez son tan simples.

La irrupción de la inteligencia artificial obliga a realizar un ejercicio de honestidad, pues no basta con afirmar que ninguna máquina podrá sustituir a un abogado. El planteamiento, es si los abogados litigantes aportan un valor que justifique su intervención frente a una tecnología cada vez más poderosa. Tal vez, la lección de nuestro tiempo, sea que mientras las máquinas aprenden a entender leyes, los profesionales del derecho, aprendamos que la esencia no sólo es conocer la ley, sino acercarla a la justicia. 

En suma, si por justicia entendemos la aplicación de normas jurídicas a hechos determinados, una inteligencia artificial podría hacerlo igual o incluso mejor que muchos seres humanos. Pero, si entendemos el concepto de justicia como algo más profundo, entonces aparecerían límites importantes. El problema es que la ley y la justicia no siempre convergen en el mismo sendero; a veces, la justicia exige cuestionar a la propia norma. Por ejemplo, en el pasado, la esclavitud fue legal, y si en ese momento, una IA hubiera existido y aplicado una disposición vigente, habría producido decisiones legales, pero no determinaciones justas.

La justicia no se reduce a la mera aplicación de preceptos jurídicos, también a la interpretación de escenarios, contextos, ponderación de intereses, análisis de argumentos además de reconocer que las personas no son datos ni estadísticas. Por ello, el desafío no es o será derrotar a la inteligencia artificial, es y será demostrar que la abogacía sigue siendo necesaria, que su futuro no depende de cuánto se parezca una máquina a un abogado, sino de cuánto logremos distinguirnos de aquello que una máquina puede hacer mejor.

Incluso, la cuestión no sólo es si una inteligencia artificial puede o podrá impartir justicia, sino el hecho de que los seres humanos seamos capaces de definir con claridad qué entendemos por justicia para enseñársela a una máquina, pues mientras sigamos discutiendo qué es lo justo, difícilmente una IA podrá resolver por sí sola una cuestión que ni nosotros hemos logrado responder de forma definitiva. El día en que una máquina comprenda mejor la justicia que quienes la aplican, el problema no será una cuestión de tecnología, sino de naturaleza humana.

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