Columna CANDELABRUM
Por: Ximena Monroy*

La victoria y el fracaso son dos impostores,

y hay que recibirlos con idéntica serenidad

y con saludable punto de desdén.”

Rudyard Kipling

En estos tiempos de fiebre mundialista acuden a mi mente varias reflexiones, por ejemplo, la unión y la fuerza que el deporte puede otorgar a los pueblos del mundo, la defensa de los ideales, el orgullo de pertenecer a una patria y llevarla a lomos a través de los océanos y las grandes extensiones de tierra, el hecho de representar dignamente a una cultura llamada segunda madre pues como se ha dicho toda la vida: pobre de aquel hombre desarraigado.

Podríamos también notar lo importante que es la competencia para nuestra raza, el desafío, la necesidad de ir más rápido, llegar más alto, ser más fuertes y hacerlo juntos, como lo dice el lema oficial de otra de las grandes justas deportivas, los Juegos Olímpicos, como si hubiera algo difuso y sutil en nuestros genes que nos impulsara a hacer añicos toda clase de barreras. 
Existe también nuestra enorme y casi escalofriante capacidad de pasar de un estado idílico al ultraje, del respeto al odio, del honor a la suciedad y viceversa, existen así mismo los siempre confusos engranes del poder y del dinero que controlan todo hasta no se sabe qué punto.

Sin embargo, en el artículo pasado hablamos de las cosas efímeras, de lo cambiantes que son las circunstancias a lo largo y ancho del universo que habitamos. Entonces, ser conscientes de ello nos lleva a analizar los caprichosos derroteros de la victoria y el fracaso.

Es de suma importancia comprender que en el transcurso de toda nuestra vida estos dos elementos se presentarán en una alternancia inequívoca, como el suave oleaje del mar. Esto significa que en ciertas ocasiones nos sentiremos exultantes, ingobernables por haber conseguido el objetivo deseado con poco o quizá demasiado esfuerzo, satisfechos y con el corazón gozoso. De vez en cuando la vida nos besa en la boca, y a colores se despliega como un atlas como escribió Joan Manuel Serrat en aquella canción titulada De vez en cuando la vida.
Por otro lado, se presentarán puntuales y prestos los momentos de desdicha, de desaliento, seremos también hogar para la desilusión y nos veremos obligados a morder una agria porción de derrota, como un limón.

Es preciso estar preparados para recibir estos trances flacos y desagradables o por lo menos, ser conscientes de que vendrán como bien lo dice el final de la misma canción De vez en cuando la vida nos gasta una broma y nos despertamos sin saber qué pasa, chupando un palo sentados sobre una calabaza.

Así mismo, es menester saber que la victoria y el fracaso son dos mecanismos misteriosos que obedecen a fuerzas sin nombre, y sin posible adivinación. En consecuencia, hacer todo cuanto esté en nuestra mano, esforzarnos al máximo y hasta sentir que dejamos la vida en un empeño, puede no ser suficiente para alcanzar el objetivo deseado. Hay ciertas veces en que uno tiene que asistir, en medio del desconcierto, a la fiesta de la frustración. Y habrá otras en que los hechos se presentarán suavemente y casi sin desearlo, para delicia nuestra.
Nadie podría negar que se trata de dos caras de la misma moneda, como la vida y la muerte, la luz y la oscuridad, el antiguo concepto chino del yin y el yang, un delicado equilibrio que se teje alrededor de todo lo que existe y que debe ser aceptado tal y como se presenta, sin juzgarlo y sin querer cambiarlo pues esto último además de ser imposible para las limitadas capacidades humanas, agrega sacos de sufrimiento innecesario. 
Los conceptos de victoria y fracaso son susceptibles de interpretarse según se cambie de perspectiva, depende de los objetivos que ostenta cada persona que camina sobre este planeta.

Lo cierto es que los antiguos pensadores aportaron múltiples e interesantes visiones acerca de lo que significa la victoria suprema.

Platón por ejemplo, afirmaba que “la primera y mayor victoria es vencerse a uno mismo”. Esto quiere decir que ordenar la propia vida interior es el mayor de los desafíos humanos.

Cicerón advertía acerca de los peligros de una mente embotada por la fiebre de la victoria afirmando que esta es “por naturaleza insolente y arrogante”.

Lo verdaderamente valioso quizá es mantenerse respirando al ritmo de nuestras circunstancias y vivir con los pies empapados por el oleaje cambiante de las ganancias y las pérdidas. 

*CONTACTO FB: https://www.facebook.com/ximena.monroy.9634

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