Por Gildo Garza*
No soy futbolero. Lo digo sin pena ni orgullo: el balón me aburre casi todo el año y solo despierto cada cuatro veranos, cuando toca Mundial. Sigo a México, alguna final, y de ahí en fuera me entero por los titulares si Messi o Mbappé hicieron algo digno de repetirse en la sobremesa.
Pero este Mundial es distinto....
Después de Catar —ese funeral con silbatos que todos queremos olvidar— nadie esperaba nada. Y ahí está la primera sorpresa: lo poco que se esperaba ya quedó atrás.
Pero lo que de verdad me hizo escribir esto, yo que jamás escribo de deportes, es otra cosa. Hace más de diez años que no veía a México coincidir en algo. Nos hemos pasado esta década peleados por reformas, por elecciones, por quién traiciona a quién, hasta quedar exhaustos y sin ganas de mirarnos a los ojos. La grieta ya se hizo paisaje. Y de repente, sin que nadie lo convocara, medio país se puso la misma camiseta verde y cantó el mismo Cielito Lindo, del lado que fuera de la trinchera.
No me hago ilusiones: el fútbol no va a bajar la inflación, no aparecerá a los desaparecidos, ni revivirá periodistas, ni va a sentar a nadie a negociar de buena fe. Esto se apaga en cuanto perdamos un partido. Pero durante estas semanas tuvimos algo que ya casi no recordábamos cómo se sentía: estar del mismo lado sin dar explicaciones.
Ya hacía falta, sí. Aunque sea prestado, aunque sea por noventa minutos, hermanarnos de nuevo como mexicanos, sin polarización y sin el pleito de chairos contra derechangos. Porque bajo la misma playera verde ya no hay cuarta transformación ni bloque conservador que valga: solo somos mexicanos gritando el mismo gol.
*CONTACTO X: https://x.com/GildoGarzaMx

Tendencias