Columna: TURISMO Y TIEMPO LIBRE
Por Rocío Salazar Sánchez
Gran parte de mis artículos suele girar en torno al tiempo libre y a las múltiples alternativas que tenemos para disfrutarlo. Sin embargo, en los últimos tiempos, la vida me ha colocado frente a una realidad distinta, mucho más compleja: la de aquellas personas que, por diversas circunstancias, viven con su libertad restringida.
La experiencia reciente de la pandemia nos permitió vislumbrar, aunque sea de forma parcial, lo que significa no contar con libertad plena. Para muchos, resultó sorprendente enfrentarse a un escenario con opciones limitadas, confinados a espacios reducidos o a entornos que no siempre estaban preparados para satisfacer nuestras necesidades de recreación. La vivencia no fue igual para todos: mientras quienes habitan en zonas rurales quizás encontraron mayor amplitud en su entorno, aquellos que viven en departamentos o en áreas urbanas con escasos espacios verdes sintieron con mayor intensidad el impacto del encierro.
Lo cierto es que, independientemente del contexto, la imposibilidad de movernos libremente o de disponer de nuestro tiempo según nuestros propios deseos representa un desafío significativo. Nos obliga a replantear nuestras rutinas, nuestras prioridades y, sobre todo, nuestra manera de entender el valor del tiempo.
Durante ese periodo, fuimos testigos de cómo muchas personas encontraron en las herramientas digitales una vía para expresarse, crear y compartir la manera en que ocupaban sus horas libres. Al mismo tiempo, tras la pandemia, el trabajo remoto se consolidó como una alternativa que permitió a muchos reorganizar su tiempo, logrando, en algunos casos, un mayor equilibrio entre la vida personal y laboral.
Sin embargo, esta experiencia abre una reflexión más profunda y, en cierto modo, incómoda: ¿cuántas veces pensamos en quienes viven permanentemente con su libertad restringida? Personas privadas de la libertad en centros penitenciarios, adultos mayores en instituciones geriátricas, niños en albergues o individuos que deben refugiarse ante situaciones de crisis extrema. Todas ellas comparten una característica común: no pueden decidir libremente cómo ocupar su tiempo.
Las circunstancias de la vida son impredecibles y, aunque no siempre lo consideramos, cualquiera de nosotros podría, en algún momento, enfrentarse a situaciones que limiten su libertad. A menudo no estamos preparados, ni emocional ni mentalmente, para afrontar ese tipo de escenarios.
Por ello, hoy la invitación es clara y directa. Como lectores, como individuos que gozan de libertad, vale la pena detenernos por un momento y reflexionar sobre ese privilegio. La posibilidad de salir a caminar, disfrutar de un parque, visitar un museo, compartir tiempo con la familia, andar en bicicleta o simplemente elegir cómo ocupar una tarde, son acciones que, en apariencia cotidianas, en realidad representan un enorme valor.
En artículos anteriores he compartido diversas recomendaciones para aprovechar el tiempo libre. Hoy, más que sugerencias, propongo un cambio de perspectiva: aprender a valorar la libertad misma como un bien fundamental. No se trata únicamente de llenar el tiempo, sino de hacerlo con consciencia, reconociendo que la capacidad de elegir es, en sí misma, un acto de plenitud.
Apreciar esa libertad, ejercerla con responsabilidad y disfrutarla de manera consciente puede transformar nuestra forma de vivir. Al final, no se trata solo de tener tiempo, sino de tener la libertad de decidir qué hacer con él y encontrar en esa elección un camino hacia el bienestar.

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