Columna: CANDELABRUM
Por: Ximena Monroy*

Es dudoso que los hombres de Occidente logren sobreponerse alguna vez a la impresión que produce en ellos la aparición de un camello cargado y equipado para la travesía del desierto. La costumbre, tan fatal para otras novedades, no influye sino muy levemente en ese sentimiento. Al final de largos viajes con las caravanas, después de años de vivir con los beduinos, el hijo de Occidente, esté donde esté, se parará y contemplará el paso del majestuoso bruto. Su encanto no está en la figura, que ni el amor puede embellecer, ni en el movimiento, o en el silencioso caminar, ni en la ancha carnadura. Como el afecto del mar por un barco, así es el del desierto para su criatura, a la que viste con todos sus misterios, de tal modo que, mientras miramos aquella, pensamos en éstos: y en eso reside la maravilla.”

Ben-Hur, Lewis Wallace

En este anciano mundo hay dos cosas arrebatadoras, gigantescas: el desierto y el mar (o la mar, como muchos gustan de llamarle en un arrebato indudablemente poético). No obstante, en esta ocasión he deseado reflexionar acerca de los desiertos después de haber tenido la oportunidad de leer un par de libros al respecto.

Hay dos tipos de desierto: esos lugares de arenas interminables que aparecen en los cuentos de nuestra infancia y que sin embargo son tan reales, y los desiertos interiores, de índole abstracta, que se asientan en el fondo de cada uno de nosotros, más allá de la conciencia.   

Ambos son desafiantes.

Pocas cosas en este mundo nos preparan para la esterilidad y el silencio, para la absurda y absoluta indiferencia de las arenas. Por eso es que un beduino, aparejado para una larga travesía, con sus holgadas ropas de desierto, montado sobre un camello y engullido lentamente por el polvo rojizo nunca dejará de asombrarnos. 
La mayoría de seres humanos consideramos peligroso el silencio, porque es la entrada a nuestro particular desierto, trae consigo la contemplación y finalmente el buceo en las profundas aguas del ser. Esto puede producir pánico, pero es absolutamente necesario, como nos lo han recordado incesantemente los sabios a través de las eras.

Contrario de lo que pudiera parecer, es tierra fértil.

En la Biblia, por ejemplo, varios de los más importantes pasajes se suscitan teniendo como escenario el desierto (el físico y el interno, pues no debemos olvidar que la Biblia es un libro en esencia simbólico), el cual funge como un puente que conecta los siglos, las experiencias de los personajes, las grandes profecías y por supuesto, los asuntos de Dios.

Las Escrituras nos muestran una y otra vez que la Divinidad suele escoger los desiertos para hacerse presente y manifestar su voluntad. No es casual, pues solamente en la ausencia, en el vacío, es donde hay lugar para la presencia del Todo.
Moisés se encontraba entonces sumido en su desierto interno, en medio de una honda abstracción, rodeado de las lánguidas rocas del Monte Horeb cuando una zarza cercana comenzó a arder, pero sin consumirse (misteriosamente), era un fuego azul y amable, casi cordial. De él surgió una potente voz:

-Quítate las sandalias pues el suelo que pisas, sagrado es.  

Es impactante esta primera indicación que Dios le da, animándolo a reverenciar lo sagrado, a humillarse frente a lo inefable, haciéndole saber que está bien encontrarse en medio de la nada porque es aquí donde florece lo poderoso y lo bello.

De este modo, Moisés, tembloroso e intimidado, totalmente humano, es elegido como el libertador del pueblo hebreo.

No deja de llamarme la atención que, siempre según las Escrituras, este pueblo estuvo errante en el desierto durante 40 años, tiempo de grandes cambios, de adaptarse a la idea de haber sido tomados bajo la protección de un Dios que escuchó sus súplicas, 40 años de la sequía espiritual que esto conlleva.  
Ya en el Nuevo Testamento, aparece un ser especial, mitad hombre y mitad Dios: Jesús. En él, al parecer convergen las grandes profecías del Libro Sagrado, reúne en sí mismo todas las cosas.

La tradición indica que justo después de haber sido bautizado por Juan en el Río Jordán, el Espíritu lo conduce al desierto, donde permanece en ayuno y oración durante 40 días y 40 noches.

Es un retiro físico (o al menos eso se piensa) pero sin dejar de simbolizar algo más contundente, el retiro a las arenas ardientes de su interior.

Era menester entregarse al omnipresente silencio, sabedor de que llevaría en sus hombros el peso de las esperanzas de la humanidad entera.

Y es justamente bajo el inclemente sol desértico que vuelve difusos los límites del horizonte, que siembra por doquier un temblorcillo y una vacilación asfixiante, donde Jesús se ve enfrentado cara a cara con las tentaciones.
Las abismales oscuridades pueden ser también caldo de cultivo para el mal, pero no para dejarlo vencer sino para salir vencedores.

La Biblia da a entender, atinadamente quizá, que a los desiertos se va de cuarentena, como para curarse de una larga y desafiante enfermedad, para aislarse del mundanal ruido. Se va a poner en orden lo que está revuelto o se atraviesan para llegar a un destino. 

Los desiertos son también lugares de peregrinaje, a La Meca, a Jerusalén… y lugares de misterios. Pero la verdad es que difícilmente entendemos las vicisitudes de las personas habituadas a la escasez de agua, a las noches frías y estrelladas.
Lo cierto es que todos hemos sido un poco beduinos alguna vez, habitantes de nuestras propias soledades arenosas.   

CONTACTO FB: https://web.facebook.com/ximena.monroy.9634

Tendencias